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Elon Musk, el dueño de todo

El magnate concretó la compra de las acciones de Twitter y quedó como único propietario. Un culebrón tecnológico con final aún abierto.

Adquisición. 44.000 millones de dólares fue el precio por la adquisición de una de las redes más populares.

Foto: Cuenta de Twitter de Elon Musk /AFP

Es difícil llevar un registro exhaustivo de las idas y vueltas de la compra de Twitter por parte de Elon Musk. El empresario sudafricano comenzó a adquirir acciones de la empresa a principios de año hasta acumular un 9,2%, y en abril realizó una oferta por el resto. Pero pese a todas las idas y vueltas, las ofertas y las retractaciones, las amenazas y los pedidos de disculpas, el 27 de octubre se cerró finalmente la adquisición. Musk pagó la cifra ofertada originalmente, cercana a los 44.000 millones de dólares (a razón de 54,20 por acción), un monto que parecía excesivo en su momento, pero más aún con el paso del tiempo, debido a la caída en la cotización de las acciones de las empresas tecnológicas en general.
Así parece terminar la telenovela de enredos en la que se entremezclan comprometidos discursos con la libertad de expresión, negocios, especulaciones, política, demandas legales y también síntomas de una personalidad imprevisible. Vale la pena hacer un repaso por el culebrón que condujo al cambio de manos de una de las redes sociales más grandes del mundo.

Ceros y unos
Las motivaciones de quien suele estar en la cúspide entre los hombres más ricos del mundo (dependiendo de las oscilaciones del valor de las acciones de sus empresas y las de sus competidores) parecieron en un primer momento encomiables: «Garantizar la libertad de expresión de manera irrestricta». El problema es que la libertad de expresión es una cuestión por demás compleja y sus límites han alimentado décadas de debates: hay casos en los que resulta necesario silenciar o limitar las voces de algunos para que se escuchen las de otros. Sin embargo, desde la perspectiva tecnológica las cosas suelen ser más binarias y se resuelven por sí o por no, ceros y unos. Ya Mark Zuckerberg intentó esa aproximación en Facebook con consecuencias que al día de hoy se siguen pagando y estudiando.
En abril, con esta motivación como bandera, Musk hizo una oferta de 54,20 dólares por acción, un número muy por encima de la cotización de ese momento para una empresa que estaba estancada en cantidad de usuarios y había dado ganancias en muy pocas ocasiones. Con 400 millones de usuarios, cerca de un 15% respecto de Facebook, Twitter es, sin embargo, un espacio de comunicación política con peso, algo que también permitió especular con que la compra estuviera puesta en función de apoyar un sector de la política estadounidense.
Luego de los anuncios y una primera subida en las acciones de Twitter, el escepticismo del mercado respecto de la compra se demostró en una cotización muy por debajo de los 54,20 anunciados por Musk. La desconfianza parecía justificada: a principios de mayo, probablemente con más tiempo para reflexionar, Elon Musk aseguró que la compra estaba en «pausa» hasta tanto se comprobara que la red social tenía, tal como aseguraban los informes internos, solo un 5% de cuentas automatizadas e «inauténticas», es decir, creadas no por personas individuales que buscan expresarse si no de manera masiva para incidir en el discurso en la red. 
A principios de junio el índice Nasdaq, que mide la valorización bursátil de las empresas, sobre todo tecnológicas, acumulaba una caída de más del 20% respecto del año anterior. Si la oferta por Twitter ya parecía excesiva dos meses antes, la sensación se profundizó. Para peor, entre las acciones que sufrieron el golpe se contaban las de Tesla, las cuáles debían servir para financiar la compra. 
Tal como estaban las cosas, para Twitter la venta ya era una apuesta a todo o nada. Para Musk, por su parte, retroceder implicaba al menos una multa por 1.000 millones de dólares y, posiblemente, una demanda judicial. De hecho, el magnate ya tenía denuncias en la Securities Exchange Comission, encargada de regular la actividad bursátil, porque sus tuits con anuncios que luego no se concretaban (como la recompra de todas las acciones de Tesla) producía oscilaciones especulativas incompatibles con la actividad.
Lo que sucedió a continuación fue una serie de idas y vueltas, denuncias cruzadas y amenazas que finalmente se cerraron el 27 de octubre cuando se concretó la compra por el monto ofertado originalmente. Pero este final de la telenovela abre nuevas preguntas que hacen pensar en una próxima temporada.

¿Y ahora qué?
El jueves 27 por la noche Musk tuiteó: «El pájaro ha sido liberado». Es una victoria pírrica porque el ahora dueño de Twitter hizo mucho daño a la empresa que terminó comprando, exponiendo sus puntos oscuros y su falta de perspectivas de crecimiento en un mercado tecnológico caracterizado por la importancia de las expectativas incluso por encima del presente concreto. 
Las primeras medidas de Musk al frente de la compañía parecen buscar el «reseteo» de la red social: despidió al CEO Paraga Agrawal, al CFO Ned Segal, al asesor legal Vijaya Gadde y al consejero general Sam Edgett, es decir, toda la cúpula de la empresa con la que se enfrentó en estos últimos meses, cuando no quedaba claro si Twitter sobreviviría en caso de que no se concretara la venta. A la mañana siguiente las acciones de la red social se retiraron de la bolsa y la empresa pasó a ser enteramente privada.
La cantidad de desafíos que enfrentará el sudafricano en los próximos meses es enorme. Desde el aspecto político y comunicacional hablar de «libertad de expresión irrestricta» es de una simpleza inaplicable en la realidad. La cantidad de campañas de desinformación que circulan por las redes distan mucho de poder resolverse con tecnología; no hay inteligencia artificial capaz de lidiar con la complejidad de una problemática social urgente en tiempos de radicalización y tensión creciente. Otro problema nada menor es hacer rentable la empresa, algo que depende sobre todo de incrementar la base de usuarios (actualmente estancada) para mostrar publicidad, pero que va en contra de los planes de «limpiar» la red de cuentas inauténticas.
Por si esto fuera poco, el nuevo dueño deberá enfrentar este enorme desafío, mientras lidia con la gestión de sus otras empresas: Tesla, SpaceX (dentro de la que está también Starlink), Hiperloop, Neuralink, The Boring Company, etcétera. También queda la cuestión nada menor de una personalidad que da pocas certezas.
Por otro lado, Musk cuenta con muchos seguidores fanáticos que creen que fueron sus dotes excepcionales las que le permitieron crear tantas empresas y transformarse en el hombre más rico del mundo. Ellos lo seguirán a todas partes, aunque habrá que ver si esa incondicionalidad no lo aísla de una mirada más amplia de la realidad.
Así las cosas, todo indica que la historia continuará.


Esteban Magnani