Sociedad

Final de fiesta

La extraordinaria capacidad de convocatoria de Solari, graves fallas en la organización y una cultura que exalta la intoxicación y el aguante confluyeron en un desenlace que estaba en parte anunciado. Debates, binarismos y chivos expiatorios.

Despedida. 350.000 personas asistieron al que quizá sea el último concierto del Indio. (Abdala/AFP/Dachary)

Genio o farsante, millonario o héroe del rock, icono generacional o manipulador de masas: si hay un aspecto que volvió a traer a la palestra el debate posterior al desbordado concierto del Indio Solari en Olavarría fue la puesta en escena de una pasión argentina: la discusión bipolar, la inclinación nacional a abolir los matices de lo que se debate –más que debate, griterío–, como si el mundo o las personas no fueran seres complejos compuestos por nervios y paradojas en similares proporciones.
Esa obsesión por envilecer o santificar recayó en el músico nacido en Entre Ríos, claro, quien reúne las condiciones ideales para ser abrazado por uno y otro dogma. Según como se lo mire, Solari será un artista cuya supuesta sensibilidad social, manifestada de un modo impreciso en una presunta prédica por los desfavorecidos, se da de bruces con el hecho de no cuidar a su gente o de cobrar caro las entradas; como también será, para las decenas de miles de sus seguidores, un hombre ilustrado de convicciones profundas que supo transmitirles como nadie la emoción en formato rock.
Ese maniqueísmo se trasladó, claro, a las interpretaciones posteriores al caótico show, con una diferencia clave: además de que en un comienzo informaron mal y exageraron el número de víctimas, los medios, casi en bloque, se apresuraron a relacionar las dos lamentables muertes que hubo durante el recital con la mala organización o el exceso de gente (había más de 350.000 personas cuando se esperaban la mitad), cuando en realidad se trató de dos jóvenes que fallecieron luego de haberse intoxicado con alcohol y drogas.

Paradojas
La posibilidad de encontrar un chivo expiatorio «perfecto» como Solari –de nuevo: millonario, paradojal, con algunos rasgos de soberbia– o la obsesión por espectacularizar la noticia desvió el foco de atención hacia la figura de los organizadores y, por ende, de Solari, relegando el sonido de otros mensajes que dejó Olavarría, que resultan más incómodos, pero que son igual o más relevantes.
Los que estuvimos allí fuimos testigos de las malas condiciones de señalización y de servicio dispuestas por los organizadores y la municipalidad, aspectos que resultan llamativos tratándose de un artista tan convocante y que, a la luz de lo que había ocurrido en el último concierto de Solari en Tandil, donde la logística había sido impecable, supusieron un incomprensible retroceso en ese rubro. ¿Por qué sucedió eso? Una posible respuesta tiene que ver con el hecho de que los propietarios de la empresa que se encarga de armar los shows de Solari son oriundos y viven en Tandil, lo cual implica un conocimiento exhaustivo de todos los resortes y los secretos del lugar. Olavarría, para todos, era una especie de bautismo, un bautismo que resultó amargo.  
Ahora bien, el hecho de que haya habido fallas en la infraestructura del show o el hecho de que se hayan abierto las puertas del predio para evitar desmanes no debería desviar la atención de al menos dos elementos cuya profundidad exceden al episodio Olavarría. En primer lugar, la extraordinaria –de dimensiones épicas– capacidad de convocatoria de Solari, un magnetismo colosal que es insuficiente explicar desde lo musical. Sus grandes canciones, su mística ligada a la honestidad artística, su capacidad para transmitir en su lírica el dolor de la vida –de un modo hermético y difuso– o su vigencia conmovedora a pesar de estar enfermo son, o pueden ser, algunas de esas características.
El otro aspecto que no resulta tan gratificante que nos deja como legado es la compulsión de al menos dos generaciones de jóvenes, y no tan jóvenes, por hacer de la intoxicación casi un modus vivendi, como si en la fresca oscuridad de la obra de Solari palpitara una invitación inapelable a convertir la experiencia vital del concierto en una apropiación física de la agonía.