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Industria del engaño

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Pablo Tassart

Cada día las góndolas se llenan de productos que no son lo que el consumidor cree que son. Denominación inadecuada y bajo precio, indicadores de alerta.

De compras. Lácteos bebibles que no son leche; quesos rallados mezclados con sémola. En los comercios hay toda clase de denominaciones falsas.

JUAN JOSE GARCÍA

Miel que no es miel, bebidas lácteas que no son leche ni yogur y aceites de oliva anunciados como «extra virgen» pero que son rebajados con aceite de girasol. Esas y muchas más son las estrategias de las empresas alimentarias para sortear la crisis: reducir costos mediante variadas formas de engaño.
Ante el alza sostenida del precio de los alimentos, la necesidad de ofertas atractivas se hizo primordial para la industria. Así fue como, por ejemplo, en el último tiempo surgieron los «bebibles lácteos». Estos productos llaman la atención no solo por sus variados sabores frutales, sino por su bajo precio: entre un 40% y un 72% menos que las leches, según con cuál marca se comparen. Sin embargo, de «lácteo» tienen poco, ya que están compuestos mayormente por suero y diversos saborizantes y colorantes.
Estos productos, además, poseen un 40% menos de calorías y la mitad de proteínas que una leche, lo que resulta en perjuicio de las personas de menores recursos que, ante la necesidad y la confusión, terminan sustituyendo las leches por estas bebidas. La aprobación de los bebibles lácteos se logró a partir de una modificación del Código Alimentario Argentino en 2018, por presiones de las corporaciones de la industria láctea con el objetivo de maximizar sus ganancias.
De todas maneras, que se modifiquen normas a medida de las grandes empresas no fue algo exclusivo del macrismo, «viene de años», asegura Andrea Graciano, nutricionista e integrante de la Cátedra de Soberanía Alimentaria de la Facultad de Medicina de la UBA. «Nuestro marco normativo tiene el foco puesto más que nada en lo bromatológico. Entonces encontramos que previene males como la salmonelosis, pero no la mal nutrición», y agrega: «Así hay constantes modificaciones a pedido de la industria que le abren la puerta a muchos de esos productos, con la leyenda que dice “hecho en base a tal cosa”».
En la mencionada modificación se aclara que todo alimento que no llegue al 51% de contenido lácteo deberá especificar que no es sustituto de la leche, sin embargo, los envases llamativos y ser exhibidos junto a leches y yogures, atentan casi siempre contra la correcta identificación del producto: «El packaging tiene un montón de información que incide en nuestras representaciones. Cuando hablamos de estos bebibles lácteos, en su leyenda dice, con letra muy chica: “Alimento en base a…” y la palabra “leche” aparece bien grande. Incluso en la ilustración puede haber una vaquita pastando, con el color verde que nos remite a lo saludable y aclaraciones sobre vitaminas», explica la especialista.
Graciano deja bien claro el objetivo de estas estrategias de marketing: «Tienen que ver con una lógica en la que los alimentos son concebidos como mercancías. Se trata todo el tiempo de reemplazar ciertos ingredientes por otros más económicos para maximizar las ganancias».

Denominaciones de fantasía
Así es como en las góndolas se puede encontrar miel que en realidad en su mayor parte es jarabe de alta fructosa; quesos rallados que en realidad tienen almidón, sémola y esencias; hamburguesas con agregados de 10% de soja y espesantes; o hasta supuestas milanesas envasadas, que poco tienen de carne, pollo o cerdo, aún así el actual Código Alimentario autoriza a que lleven ese nombre: «El producto podrá recibir una denominación de fantasía que sea descriptiva de su forma». Así es como, más allá de su contenido, pueden llevar el rótulo de patitas, estrellas o supremas.
Según Héctor Polino, de Consumidores Libres, la tendencia de las empresas a querer obtener mayor rentabilidad en tiempos de crisis, con algún tipo de engaño, viene de larga data. Ya en 2001 habían detectado casos de aumentos indirectos de precio a partir del achicamiento de los envases. Estrategia que hoy también se aplica: «Hay un conjunto de costos fijos que son iguales o similares, por más que cambie el tamaño. Tanto la logística, los envases, su impresión y tapas, tienen los mismos costos. Así, al mantenerse el precio final, el consumidor termina pagando mucho más por gramo». Y cierra con una reflexión que apunta al problema de la concentración: «Hoy en Argentina nadie sabe cuál es el precio justo debido al accionar de los grandes grupos económicos. Ellos son los formadores y deformadores de precios».
Según la Segunda Encuesta Nacional de Nutrición y Salud, en nuestro país solo el 26% de la población lee la información nutricional y menos de la mitad la comprende.
«Cuando aparecen las propuestas de leyes de etiquetado frontal surge la discusión en la agenda pública y se empieza a problematizar la alimentación», explica Graciano, y da como ejemplo lo que sucede con los supuestos alimentos saludables: «Una gaseosa se sabe que no tiene nada de sano, pero qué pasa cuando en un supuesto jugo de frutas hay exceso en azúcares o la presencia de edulcorantes. ¿O cuando figura como “light”, pero tiene exceso de sodio?».
Sin embargo, la industria se resiste a las etiquetas conocidas como octógonos informativos, ya presentes en países como Chile o México. Una vez más Daniel Funes de Rioja –titular de la Coordinadora de las Industrias de Productos Alimenticios (COPAL)–, al acercarse agosto, que es la fecha límite para la implementación del etiquetado en los grandes supermercados, amenazó con que varias empresas abandonarían el país, aduciendo un supuesto incremento en la impresión del empaquetado. 
Al respecto, Graciano concluye: «Son muy pocas las empresas que terminan decidiendo qué es lo que nos llevamos a la boca y, una vez que sale una ley como la de la promoción de alimentación saludable, nos extorsionan de la manera más falaz». 

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