Sociedad | POR RICARDO RAGENDORFER

La mudanza que no fue

Un hijo acusado de matar a sus padres y una trama económica que podría ser la causa del hecho. La historia detrás del doble crimen de Vicente López.

Operativo. Luego de que la empleada doméstica pasar casi dos semanas presa, la investigación apuntó al hijo de las víctimas.

TÉLAM

El primer signo sonoro del caso fue de índole telefónica: –Martín, soy Nina, apurate, corré para acá. Tus padres están muertos en el garaje, en el auto. Dale Martín, por favor, apurate…
Nina, de 64 años, era María Ninfa Aquino, la empleada doméstica de los difuntos, José Enrique del Río, de 74, y Mercedes Alonso, de 72, mientras que su interlocutor era Martín Santiago del Río, de 47.
–¡Hola Nina! ¿Qué pasó? Me hablás tan rápido que no te entendí.
Ella entonces repitió la truculenta novedad.
El segundo signo sonoro del caso era una llamada de Martín al 911:
–¿Cómo estás? –fue el saludo que le dispensó al operador, antes de ir al grano–. Mirá, la mucama de mis padres me está diciendo que hay un problema en la casa de ellos…
Tras cortar, volvió a comunicarse con Nina.
–Ahí llamé a la policía. Ahí ya están yendo. Yo estoy yendo a paso de hombre. Pero, bueno, estoy yendo.
¿Acaso esa templanza era la de alguien que, de modo súbito, acababa de convertirse en huérfano?
Corría la tarde del 24 de agosto.
Ya se sabe que el tipo ahora está ahora preso por ello, luego de que la pobre Nina se comiera un «garrón» de casi dos semanas tras las rejas. En ese lapso, el asunto apenas había ocupado un módico lugar en la prensa. Pero su giro en doble parricidio, una carátula entre bíblica y freudiana, supo vigorizar el morbo colectivo. Claro que en las hendijas de semejante hecho se desliza una historia previa que merece ser explorada.

El hijo pródigo
«Entramos y después vemos». ¿Cuándo habría sido la primera vez que Martín escuchó decir esa frase al papá? Lo cierto es que, en boca de don José Enrique, aquellas palabras eran su latiguillo cada vez que estaba ante un negocio atractivo, aunque por encima de su capacidad de inversión. No menos cierto es que su hijo menor –nacido en 1975– las hizo suyas. Y para él, más que una estrategia comercial, fueron su filosofía de vida. Ya a fines de los 80, los Del Río vivían en la casona situada sobre la calle Francisco de Melo, de Vicente López. Un buen lugar para un «self made man». Así solía definirse su progenitor, un abogado que se había costeado los estudios universitarios con su sueldo de cabo en la Policía Federal durante la última dictadura. Sin embargo, no fue el ejercicio del Derecho la fuente de su vertiginosa movilidad económica sino las transacciones inmobiliarias y la compra de garajes y playones para estacionar.
Un día le confió a Martín el secreto de su éxito: «¿Sabés, pibe? Cada vez hay más autos en la calle y la gente va a tener que estacionarlos en algún lado. Los garajes son el negocio del futuro».
El pibe también se apropió de ese concepto. Y ya en su adolescencia lo repetía en los recreos del Colegio Manuel Belgrano, de los curas maristas, donde –junto con Diego, su hermano mayor– recibió una esmerada educación.
«Pato» –como lo llamaban por su manera de caminar– era un estudiante aplicado, muy retraído y entrado en carnes, que ya por entonces calzaba gafas con mucho aumento. Un aspecto –diríase– algo vulnerable. Pero él no tenía ninguna duda sobre su futuro.
«De acá en más me voy a dedicar a manejar los negocios de mi familia», les confió a sus condiscípulos al recibir el diploma de bachiller. Ahora se puede afirmar que se excedió en la práctica de esa vocación. Pero vayamos por partes.
«Papucho», tal como él le decía a José Enrique, lo había cincelado a su imagen y semejanza, como si fuera una réplica en miniatura de su ser. Eso incluía hasta su hobby preferido: coleccionar automóviles Mercedes Benz. Juntos llegaron a tener diez modelos distintos de esa marca en alguno de sus garajes. Doña Mercedes, a pesar de ser muy ahorrativa, veía con beneplácito esa simpática pasión que tanto entusiasmaba al benjamín de la familia. Ella lo consentía en todo. Pero el Edipo de Martín era con el padre. Entre ambos había una comunión desmesurada. Un vínculo que llegó a ser simbiótico. Un lazo sublimado por la compulsión hacia los negocios raros y el amor incondicional por el dinero.
En 2003, Martín contrajo enlace con Cecilia Sánchez. El novio ya tenía 28 años (la misma edad que José Enrique al desposar a Mercedes). La novia, de 26, ya estaba embarazada del primero de los dos hijos que ellos tendrían. El flamante matrimonio fijó residencia en el barrio Barrancas del Lago, de Nordelta. Pero él pasaba gran parte del día con «Papucho», articulando toda clase de negocios, además de dedicarse al manejo de los garajes. Cada nuevo triunfo comercial era festejado por ellos como una hazaña deportiva. Pero no eran socios. Martín era el escudero del papá, administraba sus bienes, lo representaba ante terceros y su opinión influía en las decisiones que debía tomar el anciano.
Sin embargo, José Enrique jamás puso nada a su nombre; ni siquiera un kiosco de golosinas. Notable. En este punto conviene evocar un regalo que Martín recibió del padre al cumplir la mayoría de edad: una pistola Bersa calibre 9 milímetros. En su envoltorio había una tarjeta con la siguiente inscripción: «No me desenfundes sin razón; no me enfundes sin honor».

El falsario
Luego de su detención, Martín Santiago del Río soltó en su indagatoria: –Mi padre no era muy ético en los negocios. No dijo nada más al respecto.
La ambición sin límites que supo inyectarle a Martín ya se vislumbraba en su paso por el Colegio Manuel Belgrano. Lo prueba un fragmento del texto que figura, debajo de su fotografía, en el anuario de 1993: «Consigue todo lo que quiere por derecha o por izquierda (generalmente por izquierda)». Y el remate, en perspectiva, es escalofriante: «Pato es el niño perfecto que todas madres desearían tener». Gran ambigüedad para este falsario polimorfo. Durante casi tres décadas, su existencia fue una impostura tapizada con toda clase de estafas y defraudaciones.
Más allá del impacto extremo e inconmensurable que causó en el seno familiar el asesinato de sus padres, las revelaciones sobre su doble vida –los embustes, los adulterios, las deudas y las trapisondas– se desplomaron sobre el hermano, la esposa y los hijos con el mismo peso que una gigantesca roca sobre el océano. El tipo había llevado hasta las últimas consecuencias eso de «entramos y después vemos». Así se metió en un laberinto sin salida.
Su última gesta fue la inexistente compra de un departamento en el exclusivo Chateau Libertador, de Núñez, por un millón setecientos mil dólares. Sus padres querían mudarse allí de inmediato. Pero Martín, para postergar el asunto, esgrimía una excusa tras otra. Y José Enrique había empezado a desconfiar. Ya el 10 de agosto –según un mensaje de WhatsApp–, Martín adujo un retraso de la mudadora.
José Enrique, ya muy impaciente, respondió: «Bue, ¿qué vas a hacer? Esperemos que terminen mañana. Porque si no, parece el cuento de Caperucita esto».
Martín, día por día, y luego hora por hora, logró retrasar la mudanza con otras tantas fantasías argumentales. Así se llegó al 24 de agosto. Para Martín, el tiempo ya se había agotado. Ese día sus padres esperaban al camión de mudanzas. En cambio, fue Martín el que llegó a la casona de Vicente López. Al rato, la pistola Bersa pronunció las últimas palabras de esta trama.


Ricardo Ragendorfer