Sociedad

La vida y la tierra

Clorinda Gualmes tiene 85 años y es la única mujer lonko de la Argentina. Un fallo histórico acaba de entregarle a su comunidad el título de propiedad de los territorios de los que intentaron desalojarlos durante décadas. Historia de una luchadora.

Trypay Antú. Clorinda ejerce el liderazgo político y espiritual de la comunidad. (Gustavo Zaninelli)

Ella sola se plantó frente a los escuadrones del Ejército que venían a desalojarlos y se puso a rezar una novena. Los frenó esa vez, y en otra oportunidad mandó a colocar una bandera argentina, y a pintar todos los postes de la zona de celeste y blanco. Clorinda Gualmes, de 85 años, es la única mujer lonko entre los mapuches del país y ejerce el liderazgo político y espiritual en la comunidad Trypay Antú, ubicada en el cerro Otto. La lonko se define como perseverante, profundamente creyente en la fe católica y mantiene lazos con la Iglesia de Bariloche, un claro caso de sincretismo. «Hay que integrarse, estamos en el siglo XXI, la naturaleza es la madre tierra pero también tengo mucha fe en la Virgen de las Nieves», dice Gualmes sentada bajo la sombra de un coihue. Para poner en evidencia que ella y los suyos llegaron antes que el huinca (hombre blanco invasor) y que, a diferencia de otras recuperaciones territoriales más recientes, nunca se fueron del lugar, cuenta que su abuelo y su hermano participaron del desmonte para hacer las pistas del cerro Catedral.  
Clorinda Gualmes y su familia son protagonistas de un fallo histórico, el primero en el que la Justicia intimó al gobierno a entregarles el título de propiedad de las tierras que nunca abandonaron, pero de las cuales intentaron desalojarlos por la fuerza en tres oportunidades. Están asentados tanto en la cosmovisión mapuche como en la occidental, no solo en lo religioso y espiritual, sino también en la práctica de ambas formas de medicina. Su hijo Luis es un werken (vocero) y encargado de mantener la lengua mapuche, el mapuzungun. «Algunos tienen vergüenza de su propia cultura y eso está mal. El pueblo mapuche no debe perder las raíces de sus ancianos, fueron los que nos dieron la educación bilingüe. Pero nuestro idioma no se escribe, es oral, los diccionarios están mal hechos. Y es como el inglés, se escribe de una manera y se pronuncia de otra. No hay documentos escritos», aclara el hijo de Clorinda.
En la comunidad Trypay Antú viven unas 30 personas, una numerosa familia que asegura habitar esas 170 hectáreas desde fines del siglo XIX, en este paraje de alto tránsito turístico ubicado en la ladera noreste del cerro Otto, al borde de la ruta 82 y cerca del acceso al cerro Catedral y la ruta que va a al lago Gutiérrez. Fabrican dulces con el fruto de los cerezos, saucos, guindos, manzanos, ciruelos y nogales, además siembran verduras y hortalizas, y crían vacas, ovejas, cabras, cerdos, gallinas, pavos, patos y caballos. Sus actividades productivas coexisten con el peregrinar de los fieles locales al santuario de la virgen, y con el paso de los que practican andinismo y escalada en palestra. Esta pacífica convivencia solo se vio alterada por los sucesivos intentos de desalojo que protagonizó el Ejército, con el argumento de que esas tierras fiscales le fueron cedidas por Parques Nacionales en 1937.
«El Ejército quería sacarme para venderle a la confitería giratoria del cerro Otto, pero me defendí sola», explica Clorinda Gualmes con voz pausada. Se emociona y solloza cuando profundiza en las razones de su tozudez. «Antes de morir mi mamá me dijo que nunca abandonara mi campo, y así lo hice, llegaron las patrullas y eran como 50, tres compañías, todas las altas autoridades de Bariloche para que me fuera, y les dije que yo no me iba a ir». Clorinda rezó nueve padrenuestros, y los que se retiraron fueron los soldados. «A los tres días volvieron a ver si me había ido, estaba por allá arriba entre los árboles, pusimos unas lonas, dos meses de nieve soportamos, con todo lo que pasé tuve fuerzas para seguir luchando».

Jefa de familia
«Soy la lonko porque soy la jefe de la familia, dirijo las ideas, el trabajo y la parte espiritual. Dios me dio fuerza y coraje, tenía soldados y gendarmes armados con fusiles por todos lados, y justo uno al lado mío sabía que tenía una escopeta para cazar liebres o para asustar si nos venían a robar, siempre tuve armas, pero nunca me ensucié las manos. Las sé usar, me enseñó mi papá, y el militar me dijo que no se me ocurriera usarla. Le dije que no lo iba a hacer, pero que no les tenía miedo». Clorinda mira su entorno, llegan los sonidos de los animales y el ruido de los tractores.

Cerro Otto. La causa lleva ya dos décadas. (Gustavo Zaninelli)

«No son tierras del Ejército sino del Estado nacional, ellos lo ocupan pero eso no significa nada. Mi abuelo estaba antes que ellos, ayudó a construir el Ejército. Mi papá hizo el muelle más allá de Playa Bonita, junto con mi hermano. Lo mismo las pistas del cerro Catedral, hicieron el desmonte porque ya vivían acá. Nosotros nunca nos fuimos, a diferencia de las recuperaciones que se conocen ahora», describe la anciana mapuche con orgullo. Aquella vez le rompieron todo, las tierras sembradas, la casa nueva que pensaban estrenar en Nochebuena, las patas de los muebles serruchadas, mientras la familia escapaba al cerro para acampar a resguardo. Su hija Elba tenía 16 años y recuerda el invierno que pasaron ahí, con su hermano Luis. El segundo desalojo lo intentaron durante el gobierno de Isabel Perón, en 1973. Y el tercero fue en junio de 1983, pero «como ganó (Raúl) Alfonsín la cosa cambió un poco». En los 90 las crónicas ya daban cuenta de iniciativas de autoridades locales para otorgarles la posesión de sus tierras «que vienen ocupando desde siempre y en forma continua y pacífica».
Cuenta Clorinda que tenía cinco años cuando el teniente coronel Napoleón Argentino Irusta fue embestido por un tren en un cruce de vías. El militar salvó su vida de milagro y en agradecimiento mandó construir el santuario para la Virgen de las Nieves, que es visitado por las beatas de la ciudad y donde realizan ceremonias místicas. «Tenemos muy buena relación con la Iglesia», dice la lonko. Y sus recuerdos van y vienen en el tiempo. «El marido de mi amiga Asunción, el capitán Montenegro, que me había querido desalojar la primera vez, se enfermó de cáncer, y acudió a ver si podía perdonarlo. Y sí, lo perdoné. Y doné el pedazo de tierra para que hagan una iglesia para la Virgen de las Nieves».
La lonko Gualmes nació en la localidad de Comallo y llegó a Bariloche de muy pequeña. «Somos mapuches por parte de mi abuela, fueron corridos por la Campaña del Desierto, a mis abuelos le quitó la tierra la familia Aguirre Zabala». Sobre la convivencia con el resto de las comunidades responde Elba, y destaca que no tienen ninguna relación. Y sobre el nuevo foco puesto sobre ellos a partir de la desaparición y muerte de Santiago Maldonado, prefiere decir que no se involucran. «Para mí lo ahogaron los gendarmes, pero no sabemos bien qué pasó», aventura Luis.