Sociedad

Las huellas perdidas

Gracias al aporte de especialistas en distintas disciplinas, la ciencia forense ha cobrado un gran desarrollo en la Argentina, colaborando con investigaciones históricas y el esclarecimiento de crímenes de lesa humanidad y casos de violencia institucional.


Tucumán. El Equipo de Antropología Forense trabajando en el ex arsenal «Miguel de Azcuénaga». Experiencia con reconocimiento internacional. (Télam)

 

Ernesto Martínez y Rodolfo Pregliasco llevaban un buen tiempo de investigación ya, cuando tuvieron una idea. Recordaron que el papel es como una tela, con fibras más superficiales y otras más profundas. De esta forma, cuando se borra algo escrito, se elimina la fibra de arriba pero siempre quedan restos abajo. Lo que debían hacer entonces, pensaron, era simple: eliminar por contraste la tinta de la capa superior. Fue así que con una linterna, un papel celofán rojo y uno azul lograron recuperar el apellido de Miguel Bru de los registros policiales que les había entregado el juez. La huella se volvió en una prueba fundamental contra la policía en la causa que investiga la desaparición del joven universitario en 1993, dado que corroboraba su paso por la comisaría. Pero además sirvió para cambiar el destino de Rodolfo, doctor en Física, que eligió pasarse de la óptica a la ciencia forense, un campo que ha venido creciendo durante los últimos años gracias al aporte de especialistas que, como muestra su experiencia, dan un giro sorpresivo y original a sus carreras.
La criminalística, en realidad, no se trata de una disciplina joven ni mucho menos. Su nombre, de hecho, proviene del latín. En la Antigua Roma, la imputación de un crimen debía ser tratada públicamente ante un grupo de personas que se denominaba foro. En consonancia con esta definición, Pregliasco remarca: «La ciencia está construida en base al debate y la sana crítica. Es una forma de razonamiento colectivo, democrático y antijerárquico. Creo que introducir el pensamiento científico en un juzgado es la forma más profunda e ideológica de contribuir a una democratización de la justicia». Tal vez por este mismo motivo fue que cuando Martínez lo convocó para trabajar en el caso Bru, no lo dudó. Desde entonces ha intervenido en numerosas investigaciones judiciales, contribuyendo con sus conclusiones en algunas de las causas más relevantes de los últimos años. Entre ellas, el asesinato de María Teresa Rodríguez durante la represión que en 1997 sufrieron los primeros piquetes en Cutral-Có. Allí, descubrió que los tiros no provenían de donde estaba parado el principal imputado, sino que la bala que le quitó la vida a la dirigente había salido desde atrás de un grupo de policías. ¿Cómo lo logró? Estudiando el eco de los disparos gracias a las grabaciones que se tomaron ese día.
«La ciencia forense introduce un punto de vista que es poco habitual en los juzgados. Requiere una flexibilidad muy grande de los científicos y de los abogados y magistrados para hacer un intercambio. Y eso es muy interesante y útil para tomar buenas decisiones. El objetivo debe ser contribuir a que las sentencias sean razonables, razonadas y fundamentadas», asegura el especialista, cuyo trabajo también sirvió de aporte en una causa histórica como la de la Masacre de Trelew. Sin embargo, su camino no siempre resultó fácil. Al comienzo tuvo que lidiar con algunas resistencias de la corporación científica, para la cual su trabajo distaba de la investigación física. Incluso en el caso de Bru, los propios policías imputados se les plantaron en el laboratorio: «Una mañana llego y en la puerta había un colectivo de la Penitenciaría, policías y unos señores de traje. Resulta que los imputados tienen derecho a estar presentes en las pruebas periciales que los involucran, y el subcomisario, que estaba preso, vino a ver lo que hacíamos. Nos pusimos a trabajar y a hacer las pruebas. Es muy distinto el trabajo, y sobre todo la discusión entre colegas cuando se monta un experimento, que cuando estás rodeado de gente con uniforme. Estábamos obligados a hablar en un lenguaje muy técnico y a no expresar nuestras conjeturas, para mostrar completa imparcialidad. Fue muy incómodo».

 

Marcas de identidad
Quienes también han tenido que lidiar con enormes obstáculos en sus búsquedas han sido los miembros del Equipo de Antropología Forense (EAAF). Reconocido en todo el mundo, su trabajo significó la posibilidad de resolver innumerables causas de derechos humanos en nuestro país y en el exterior. Su participación más reciente ha sido en la investigación sobre la desaparición de los 43 normalistas de Ayotzinapa, en México, donde con un informe de 350 páginas desbarataron las hipótesis oficiales sobre la fosa colectiva. En este camino, su experiencia también ha servido para el desarrollo y la promoción de esta ciencia que, valiéndose de diversas herramientas, pudo ir en contra de las verdades que los sectores ligados a la dictadura argentina buscaban imponer, alumbrando aquella historia que corría el riesgo de ser enterrada.
«Gracias a ese trabajo, se logran restaurar vidas destruidas por la dictadura». Emilce Moler tenía tan solo 17 años cuando el 17 de setiembre de 1976 irrumpió en su casa una patota de hombres que se presentaron como miembros del Ejército. Tras el operativo, que formó parte de lo que luego se bautizará como «La noche de los lápices», Moler pasó casi tres años detenida, primero en condición de desaparecida, y luego a disposición del Poder Ejecutivo en la cárcel de Devoto. Su caso es estremecedor. Cuarenta años después, la profesión la volvió a poner frente a ese pasado. Doctora en Bioingeniería, Moler encabezó desde la Universidad de Mar del Plata un proyecto que aplicando la matemática, la física y la informática colaboró con la identificación de personas desaparecidas. «Fijate cómo son las cosas. Lo que menos quería era pensar en la realidad, por eso había puesto mi cabeza en ecuaciones. Mi participación fue entonces casi de casualidad. La gente del EAAF me conocía pero como testigo. En un momento se encontraron con un montón de huellas digitales de personas no identificadas y necesitaban procesarlas, y entonces alguien les recomendó que se pusieran en contacto conmigo», cuenta Moler sobre esta iniciativa que permitió restaurar, a través de técnicas de procesamiento digital de imágenes, huellas dactilares perdidas en expedientes judiciales. El caso más emblemático fue el del nieto recuperado Manuel Gonçalvez, a quien pudieron llegar partiendo de la identificación de su madre gracias a esta técnica, lo que sin dudas se ha transformado en uno de los resultados más enriquecedores de su carrera, condensando el principal correlato que tiene esta ciencia a través de la cual, como bien señala Moler, «huellas perdidas, marcas de las burocracias, terminan recuperando vidas».