Sociedad

Marx, vigencia bicentenaria

Las ideas y el pensamiento del filósofo, economista, sociólogo, politólogo y crítico cultural nacido en Tréveris, Alemania, en 1818, marcaron a fuego las luchas políticas desde el siglo XX.

A 200 años del nacimiento de Karl Marx, sintetizar en unos pocos párrafos su trascendencia como pensador y como profeta es imposible. Tal es la dimensión de su persona y de su obra que aun un acérrimo enemigo del marxismo y el socialismo como el economista Ludwig von Mises, fundador de la Escuela Austríaca de economía, observó que «el socialismo, ampliamente definido, es el más potente movimiento de reforma jamás conocido en la historia, la primera tendencia ideológica no limitada a un segmento de la humanidad, sino que es apoyada por gentes de todas las razas, naciones, religiones y civilizaciones». Si el socialismo llegó a ser lo que señala von Mises se debe en gran medida a la obra de Marx y Friedrich Engels, pero especialmente del primero. Ambos escribieron el Manifiesto del Partido Comunista, uno de los textos más publicados en la historia de la humanidad, leído por millones de personas en todo el mundo y traducido a una infinidad de idiomas. No solo eso: fue la fuente principal de inspiración y lucha de casi todos los movimientos contestatarios que brotaron en el planeta desde mediados del siglo XIX. Las luchas por la justicia social en cada país y contra el colonialismo en el Tercer Mundo siempre lo tuvieron como indispensable «guía para la acción». Ese pequeño panfleto que escribieron dos jóvenes brillantes alemanes sigue movilizando a millones que en todo el mundo, y cada vez con más frecuencia, descubren en el capitalismo el origen de la crisis integral de un modelo civilizatorio que pone en cuestión la sobrevivencia de la especie humana en la Tierra.
Pocas dudas caben acerca de que Marx es uno de los autores más citados en el mundo, «recargado» luego de la crisis capitalista que estalló en 2008 y que todavía sigue su curso. Pese a sus logros y a su valoración, compartida por partidarios y por muchísimos críticos que, sin embargo, no dudaban en reconocer la excepcional potencia del pensamiento marxista, su figura ha sido demonizada como pocas en la historia del pensamiento occidental. Al filósofo, economista, sociólogo, politólogo y crítico cultural nacido en Tréveris el 5 de mayo de 1818 se le han achacado todas las calamidades que asolaron al mundo desde finales del siglo XIX: despotismo político de regímenes instaurados en su nombre, fanatismo ideológico, catástrofes económicas, hambrunas, asesinatos en masa, gulags y feroces dictaduras. ¿Qué tiene esto que ver con Marx? Nada. No exageraríamos un ápice si dijéramos que es la misma relación que existe entre Jesucristo y el Sermón de la Montaña y la instauración de los muy «cristianos» regímenes del nazismo en Alemania, del fascismo en Italia, o de las dictaduras genocidas que asolaron América del Sur en los años 70 del siglo pasado. Pero la propaganda de la burguesía no se arredra y sigue condenándolo, día a día, por todas las infamias cometidas en su nombre o que sus adversarios le atribuyeron con calculada malicia. No es casual que el pensamiento dominante se haya ensañado con Marx.

El capital
Si la izquierda se equivoca a menudo a la hora de identificar a sus enemigos, la derecha tiene un instinto infalible, ataca a quien debe atacar y no pierde tiempo en hostilizar a críticos superficiales y fácilmente asimilables a su hegemonía política y cultural. Y Marx, por eso, es por lejos el principal y más profundo crítico de la sociedad capitalista. El año pasado se cumplieron 150 años de la publicación de su principal obra, El capital, y sus tesis fundamentales son más acertadas hoy de lo que lo fueron en su tiempo. Su famosa teoría de la plusvalía explica el modo en que el capitalista se apropia de la diferencia entre el valor total de la mercancía –también de los servicios en el capitalismo actual– producida por el trabajador y el valor de la fuerza de trabajo expresada en el salario con que se recompensa su esfuerzo. En México, una investigación reciente demuestra la dimensión colosal de este desfalco: un jornalero, sin calificación alguna, produce lo necesario para que su patrón le pague su salario en 9 minutos de trabajo; todo aquello que produzca en las siete horas y cincuenta y un minutos restantes de su jornada quedarán en manos del empleador. Fue este mecanismo, descubierto por Marx y que había pasado inadvertido para sus dos grandes predecesores, Adam Smith y David Ricardo, lo que explica el carácter incorregible, irresoluble, de la explotación capitalista. Marx reveló un secreto que jamás tendría que haber sido expuesto ante los ojos de la sociedad. Demostró, con un argumento científico, que la propiedad privada de los medios de producción es un robo fundado en la explotación de quienes carecen de ellos. Ya antes lo había dicho, desde una perspectiva ética, Tomás Moro. Pero con Marx la crítica social adquiere un espesor argumentativo y empírico que la convierte en irrebatible.

Revelaciones y sacrilegios
Marx también estableció, inspirándose en una creativa lectura de Hegel, la provisoriedad de toda forma social existente. Si en la versión hegeliana esta tesis se limitaba al universo de las ideas y los valores y a la insanable fugacidad de las ideas dominantes, en la síntesis marxiana esta condición se extiende al conjunto de las instituciones económicas, políticas y sociales. No son solo las ideas las que se encuentran sujetas a permanente transformación, sino también los modos de producción, las formas de la propiedad, las clases sociales, las instituciones políticas, como la monarquía o el Estado, y toda la inmensa superestructura que reposa sobre ellas. Si Charles Darwin (a quien Marx dedica el primer tomo de El capital) escandalizó a la sociedad inglesa al descubrir el ancestro simiesco del orgulloso homo sapiens, no fue menor el escándalo y la abominación desatada por la elemental revelación de que toda forma social es transitoria y, por lo tanto, está ineluctablemente condenada a desaparecer una vez que sus propias contradicciones provoquen su obsolescencia histórica. Esto, tanto para el capitalismo triunfante de la segunda mitad del siglo XIX como para el actual, constituye un imperdonable sacrilegio, pues acaba con la idea de que el capitalismo y, más específicamente, la sociedad americana, son el último peldaño de una serie que arranca en el paleolítico y que culmina con la «sociedad abierta» de progreso indefinido, como señaló Friedrich von Hayek al promediar los años 40 del siglo pasado.
Se comprende así la violencia de la reacción antimarxista y la frustrada tentativa de ocultar sus tesis fundamentales, porque al desbaratar la santidad y la intangibilidad del orden capitalista abría las puertas al vendaval de la revolución. Vendaval que si bien no se produjo donde debía, en los capitalismos avanzados, logró transformar radicalmente al mundo contemporáneo con sus experimentos en la periferia. El siglo XX fue testigo de reiterados ataques a la ciudadela del capitalismo, y si bien en la mayoría de los casos estos fueron rechazados por las fuerzas del orden, el pánico instalado en las clases dominantes fue en aumento con el paso del tiempo.
 Esto es así porque los pronósticos a largo plazo que Marx formuló sobre la creciente desigualdad dentro y entre los países se vieron plenamente confirmados por los acontecimientos. Mientras que la economía neoclásica pronosticaba el surgimiento de sociedades más justas e igualitarias porque la riqueza se derramaría hacia abajo elevando la condición de los pobres, Marx aseguró lo contrario: que la acumulación capitalista no haría sino agigantar la desigualdad dentro de las naciones y entre ellas en el sistema internacional.
Hace unos años, el economista no marxista Thomas Piketty escribió un grueso volumen donde, con un minucioso examen de las tendencias relativas a la desigualdad económica y social en los últimos dos siglos, confirmó sin atenuantes las tesis de Marx. Por si ello no fuera suficiente, los datos aportados por OXFAM en la última sesión del Foro Económico Mundial de Davos demuestran que el 1% más rico de la población mundial dispone de más riquezas que el 99% restante. Ante la brutal contundencia de estos datos, el aguijón del tábano marxista se convierte en algo intolerable, y las clases dominantes se vuelcan a combatir sus ideas en una batalla sin cuartel, apelando a todos los recursos posibles e imaginables, lícitos e ilícitos, morales e inmorales. En un mundo así de injusto y opresivo, las ideas de Marx constituyen un aporte imprescindible para conocer al capitalismo, desnudar sus inequidades e injusticias y, sobre todo, para superarlo instaurando una formación social superior.