Sociedad

Memorias de un pionero

Fue fundador de la Comunidad Homosexual Argentina y forma parte de una generación que creció con miedos y tabúes. Celebra los derechos conquistados pero considera que la homofobia sigue viva. «Fueron muchos años de esconderse», asegura.

(Foto: Nicolás Pousthomis)

Sin dudas, Rafael Freda ha recorrido un largo camino lleno de luchas, personales y colectivas, pero también de conquistas. La más reciente fue la edición de su libro La ciencia del sexo, conceptos fundamentales de la sexología moderna, publicado el año pasado. En los 80, este referente de la defensa de los derechos sexuales fue uno de los fundadores de la Comunidad Homosexual Argentina, que luego presidió, tras la muerte de Carlos Jáuregui. De esos años, cree que el logro más significativo fue haber conseguido la personería jurídica. «Después me echaron de la CHA junto con otras 20 personas que me defendieron. Me acusaron de haberla obtenido haciéndole el juego a Carlos Menem. En política la dinámica de minorías funciona de esa manera, las pasiones se exacerban», explica. Más tarde, separado de la CHA, creó SIGLA (Sociedad de Integración Gay Lésbica de Argentina). También participó en la redacción de las leyes de Educación Sexual Integral de la Ciudad de Buenos Aires y la Nación. Fue él quien escribió el artículo 1° de la ley que afirma que todos los alumnos, tanto de los establecimientos públicos como privados, tienen derecho a recibir educación sexual que contemple los aspectos biológicos, psicológicos, sociales, afectivos y éticos. «El artículo se escribió solo porque yo ya había aprendido que lo primero era reafirmar el derecho. Esa es mi plumita de pavo real y estoy muy orgulloso por ello», dice.
Freda está jubilado como profesor de Literatura de la escuela media, donde recibió el cariño y respeto de varias generaciones de alumnos. Sin embargo, sigue haciendo docencia. Con financiación de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), dirigió proyectos de capacitación y dictó cursos de educación sexual, sexo y género, VIH Sida, teoría del amor y prevención de la homofobia. Además, da una conferencia llamada Sexo, género, diversidad y enfermedades de transmisión sexual, otra mirada en salud, en las universidades de Rosario y Luján. «Hay millones de homosexuales pero que alguien que dicta clases en Medicina diga que es homosexual, me pone supercontento». Al respecto, asegura que no se trata de hipocresía sino de miedo. «Fueron muchos años, por lo menos fueron 1.300 años de esconderse. Y la gente todavía tiene muchas dificultades para hablar. A pesar de que estamos en un país tolerante, esto va a seguir siendo así». ¿Pero por cuánto tiempo? Eso va a depender, según Freda, de la movilización de los más jóvenes. Ellos, dice, son quienes deben darse cuenta de que ya no hay leyes civiles que conseguir, «así que ahora, lo que viene es la parte más difícil que es hablar con los padres, los hermanos, el barrio». El poder de la negación por parte de la familia, agrega, «es enorme e increíble. Mi papá nunca pudo pronunciar la palabra homosexual. Se murió sin haberlo hecho. Vos sos así, me decía. Y eso que me había visto en televisión con Mirtha Legrand diciendo “Yo soy el presidente de la CHA”».
De su niñez durante la década del 50 en su porteña casa de Boedo y Chiclana surgen otros recuerdos. La marcada timidez y el refugio en la lectura y en las clases de piano, a las que su padre se oponía, ya que en esa época eran las niñas las que tenían permitido tocar ese instrumento. Para los varones era el violín. Y si no, nada. «A mí de chico me corrían en el barrio. Que la patota corriera al vecinito más “delicado” era natural. Y yo me resistía. No era fácil».
Pero eran otros tiempos. «Comparado con mi infancia, lo que estamos viviendo hoy es Disneylandia. Pero a los que crecen no los consuela mucho que yo les diga que antes era peor. La tortura interna sigue siendo fuerte. Si bien la homofobia de esta sociedad ya no es tan grande, sigue estando y hay que tratar de desgastarla».

Del amor y el cuidado
El sistema de salud ayudó a cambiar algunas mentalidades. Freda asegura que hace 30 años, los varones gays tuvieron que organizarse para enfrentar la emergencia del SIDA.
«Los médicos heterosexuales que nos veían atender a los nuestros hasta que se morían, entendieron que éramos personas que lo que queríamos no era tener sexo sino querernos». Y esos médicos pasaron de las guardias a las cátedras y de ahí a las jefaturas de los hospitales y a los congresos.
Cuando se empezó a pelear por la Ley de Matrimonio Igualitario, Freda no creía posible que llegara a sancionarse porque, dice, pertenece a una generación que vio «cómo la Iglesia volteaba a Juan Domingo Perón». A medida que el proyecto avanzaba, estaba cada vez más asombrado. Los jóvenes lo defendían con pasión, y él trataba de ser moderado. «Estaba esperando a ver de dónde venía el lanzazo. Y cuando salió bien no lo podía creer. Después, la Ley de Identidad de Género fue muy importante. Venía cantado que si la Iglesia no había podido frenar la Ley de Matrimonio Igualitario, tampoco lo iba a hacer con esta».
Hace unos pocos meses, Rafael y Aníbal, su pareja, hicieron propio el derecho que los asistía y formalizaron su relación de más de 6 años. Ante la jueza y los amigos presentes, Freda afirmó que la Ley de Matrimonio Igualitario les abría una puerta a la felicidad que antes estaba cerrada. «Aníbal es un hombre excepcional y lo quiero como nunca he querido a nadie», dijo entonces.
Este militante hace hincapié en la importancia de las agrupaciones donde las minorías sexuales pueden acudir para lograr una red de defensa institucional. Está demostrado que los grupos son curativos, asegura. En cuanto al VIH, en SIGLA funciona el único grupo de seropositivos para seropositivos de Argentina. Pero además existen otras cuestiones a las que hacer frente, como situaciones de «soledad, angustia, incertidumbre, de no saber actuar con la gente. Muchos se han pasado la infancia y la adolescencia callados en la escuela. No saben cómo uno se pelea, cómo uno se amiga, cómo se buscan amigos. Entonces, todo eso lo tienen que aprender a los 30 o a los 40 años, lo cual es difícil. Una vez que llegan a SIGLA o a una institución similar, el remedio ya está porque la soledad ha desaparecido», explica.
Rafael Freda dice que lo que quiere es seguir avanzando tranquilo, tratando de envejecer bien. Claro que proyectos no le faltan. Mientras prepara la publicación de un libro sobre homosexualidad y homofobia, pasa sus días con sus clases, sus lecturas, su música, el piano, sus dos perros rescatados de la calle y su amor.