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¿Para qué sirven las emociones?

El miedo, la tristeza, la alegría, la ira y el asco cumplen funciones esenciales para la supervivencia. Represión, sobreadaptación y otros desequilibrios.

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¿Usted se lleva bien con sus emociones? ¿O las vive como una especie de atentado? Por definición, las emociones provocan una alteración (intensa y pasajera, agradable o penosa) del ánimo, que va acompañada de cierta conmoción somática. Se trata de un «manojo de respuestas químicas y neuronales que regulan al organismo para actuar frente a un estímulo determinado». Al mismo tiempo, representan una conexión profunda del propio «yo» con el entorno, ya que indican si algo es inofensivo o, por el contrario, puede resultar dañino. Además, influyen en cómo uno piensa y propician el entendimiento con los demás, a través de las expresiones faciales y la comunicación verbal.
Diego Maximiliano Herrera, psicólogo clínico cognitivo-conductual, neuropsicólogo y director del Equipo Interdisciplinario Cognitivo Comportamental (EICC), dice que le parece «fundamental resaltar su importancia en nuestra vida cotidiana, porque, entre todas las funciones que cumplen, una de ellas es la supervivencia». Por ejemplo: el oído está activo durante el sueño y, llegado el caso, alerta sobre un potencial peligro. «Si una madre o un padre de un recién nacido escuchan un ruido a la noche, la caída de un chupete al piso, se despiertan. Los sistemas se afinan, porque hay una red de doble vía, donde interviene el sistema consciente, que va directo al sistema límbico (ubicado en el centro del cerebro y encargado de procesar las emociones, desde hace unos 300 millones de años) y activa el sistema nervioso autónomo de ansiedad. Esto lo compartimos con todos los mamíferos».
«Las emociones están emparentadas con los afectos y los sentimientos. Podríamos decir que existen emociones negativas y positivas en todos los seres humanos y que experimentarlas en su variedad es un signo de salud. Ahora, lo que determina su cualidad es su intensidad y el uso “adaptativo” que hacemos o no de ellas», complementa la psicóloga María Fernanda Rivas, que es miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA). «El “permiso” del círculo familiar y social para reconocerlas y expresarlas tiene una gran incidencia», agrega.
Según Rivas, entre las emociones más conflictivas se cuentan: la envidia, los celos, la voracidad («celos y posesividad extremos propios de los vínculos “adictivos”»), la tristeza («diferente de la depresión», que conlleva «desgano permanente y pérdida de interés en el mundo exterior») y el odio («potencialmente destructivo y que hasta puede dirigirse hacia uno mismo»). Igualmente, el resentimiento («con injusticias y ofensas que nunca terminan de saldarse»), el remordimiento («dolor por una culpa cuya necesidad de castigo produce “autoboicots”) y la angustia, que «surge frente a situaciones estresantes o traumáticas y puede llevar, incluso, a la parálisis y la confusión».

Zona de riesgo
Curiosamente, la angustia –presente en los ataques de pánico y en las fobias– posee una función de autoconservación. «Frente a una situación de riesgo, la llamada “angustia señal” permite anticiparse y organizar una defensa. En algunas personas, esta función está disminuida o ausente, por lo que se exponen una y otra vez al peligro», detalla Rivas.
Herrera subraya que «cada emoción tiene un para qué». En el caso del miedo o la ansiedad, «nos permiten responder ante escenarios ambiguos o potencialmente peligrosos de una manera adaptativa. Se activan sistemas cerebrales específicos para afrontarlos de una manera más automática, y no tan racional. Los sistemas emocionales son mucho más rápidos, a nivel evolutivo, que los sistemas de procesamiento consciente. De hecho, el sistema del miedo es 300 milisegundos más rápido, no pasa por la corteza cerebral. Y nuestro cerebro está formado justamente para poder juzgar y evaluar riesgos al servicio de la adaptación». Esta idea se refuerza con el actual consenso científico de que «somos seres emocionales que racionalizamos, y no seres racionales».
Las emociones preparan a las personas para algo. «El miedo, ante una potencial amenaza: antes era un león en la selva, ahora podría ser un auto que va a 90 kilómetros por hora, en una calle de ciudad. La bronca moviliza, ayuda a actuar, a manifestar una disconformidad. Muchas veces, de manera desadaptativa, pero es importante experimentarla, en una cultura donde no se nos deja», afirma Herrera.
Aunque mostrar las emociones todavía tienda a censurarse o es visto como una suerte de debilidad, es necesario conectarse con ellas. «Hay que transitarlas, no evitarlas», subraya Herrera. Rivas coincide: «Es muy importante crear vías desde la infancia para la conexión con el mundo interno, el reconocimiento, la decodificación y la expresión de las emociones, así como estimular el conocimiento de los potenciales constructivos y destructivos que contiene la vida emocional».
¿Qué ocurre si uno se guarda lo que siente? «Las emociones se relacionan con la espontaneidad y la fantasía. Dan cuenta de un mundo interior en el cual las personas se “sumergen” y disfrutan de lo que allí encuentran. Un amplio repertorio de emociones ayuda a atravesar los conflictos, traumas y duelos», señala Rivas. La carencia, en cambio, implica desequilibrios. «Se observa en personas con alexitimia, que no pueden conectarse con lo que sienten, no saben distinguir una emoción de otra y llevan una vida “operatoria”». O puede que sean «sobreadapatadas», es decir, presten demasiada atención al mundo externo, y ninguna al interno, y les cueste ser espontáneas.
Para Herrera, una emoción que habría que entrenar para vivir mejor es la tristeza. «Si nos permitiéramos sentir más tristeza, tendríamos menos ataques de pánico (frecuentes en quienes evitan llorar), menos trastornos del sueño, y seríamos más empáticos. Lo ideal es sentir la emoción y luego pasar a otra cosa. Hablar y llorar es importante. Y no somos más débiles por eso», recalca. Además, la tristeza desempeña una función reparadora. Reprimir lo que se siente, en cambio, termina causando daño.


Francia Fernández