1 de enero de 2026
Señales de crisis encienden alarmas en profesionales, escuelas y familias. El uso del celular, el rol del Estado y la necesidad de nuevas políticas públicas en el centro del debate.

Consecuencias. El uso excesivo de las redes sociales les puede producir ansiedad, aislamiento, conductas autolesivas, depresión y alteración del sueño.
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En un presente de pantallas encendidas y notificaciones infinitas, la salud mental de niños, adolescentes y jóvenes empieza a ocupar un lugar central en el debate público. Si bien no afecta a todos por igual, docentes, especialistas y familias coinciden en que se vuelven más frecuentes los casos de ansiedad, depresión, aislamiento, autolesiones y dificultades para proyectar el futuro. A diferencia de otras generaciones, esta realidad se construye online, donde la identidad se moldea a fuerza de seguidores, la felicidad al instante de dopamina que producen los likes y la imagen distorsionada en capas y capas de filtros.
Lucía Fainboim es Licenciada en Ciencias de la Comunicación (UBA), diplomada en «Educación, imágenes y medios en la cultura popular» (Flacso). Como especialista en ciudadanía y crianza digital plantea: «Los chicos no son nativos digitales, porque no nacen con habilidades innatas. Lo que estamos viendo es que, si desde la escuela o las familias no se motiva a un uso digital un poco más desafiante, hay chicos que terminan la secundaria sin saber mandar un mail. Verlos todo el tiempo con un celular no implica que desarrollen un pensamiento crítico y reflexivo sobre lo que están haciendo. Necesitan la compañía de adultos para que fomenten una mirada reflexiva sobre esos usos que están tan naturalizados, y por otro lado motivarlos a usos más desafiantes».
Fainboim, autora del libro Cuidar las infancias en la era digital: Uso de pantallas. Pornografía. Apuestas. Acosos. Prevención desde la familia y la escuela, alerta sobre los peligros a los que están expuestos los menores: el grooming, problemas de convivencia, hostigamiento, discriminación, exclusión, discursos de odio, violencias de género digital, que la sufren en mayor medida mujeres y diversidades. «Esto lleva a la autoexclusión, a la censura, a la dificultad para expresarse y tener representación en estas plataformas por miedo a ataques, acosos, abusos. También, debemos prestarle atención a la dependencia digital; desde muy temprana edad los menores se están acostumbrando a lógicas de hiperestimulación. El uso excesivo de las redes sociales incide en la salud mental de algunos niños, adolescentes y jóvenes; les pueden producir ansiedad, aislamiento, conductas autolesivas, depresión, alteración del sueño y de alimentación».
Victoria Bein es doctora en Psicología (UBA) y magíster en Neurociencias y Educación por la Universidad de Columbia, Nueva York. Trabaja en la Universidad Austral como docente e investigadora; junto con su colega Rocío González analizaron las Estadísticas Vitales del Ministerio de Salud de Nación, donde se incluyen datos sobre nacimientos y defunciones. En base a los resultados de todo el país realizaron un informe titulado «Un llamado a la prevención en salud mental de adolescentes y jóvenes». El estudio fue publicado por el Observatorio del Desarrollo Humano y la Vulnerabilidad de la Universidad Austral: «Vimos, por primera vez en la historia, un dato estremecedor: en Argentina el suicidio se convirtió en la primera causa de muerte, por encima de tumores y accidentes, entre niñas y adolescentes de 10 a 19 años. Ese número nos devastó. No es una intuición ni una percepción clínica: son datos oficiales, registros sistematizados de 2024 que confirman una crisis silenciosa que venimos palpando en nuestros consultorios desde hace años. Lo que encontramos fue incluso más duro de lo que imaginábamos. Son necesarias y urgentes la implementación de políticas públicas», dice Bein.
Para Bein, especialista en parentalidad y psicoterapia infanto-juvenil, la exposición excesiva a pantallas también afecta el desarrollo neurológico. La corteza prefrontal no está completamente desarrollada hasta los 25 años. Sin embargo, los niños y adolescentes pasan horas frente a dispositivos diseñados para ser adictivos, con mecanismos similares a los de un casino: gratificación inmediata, recompensas impredecibles. Sacarlos de ahí suele desencadenar conductas propias de la abstinencia: irritabilidad, impulsividad, explosiones emocionales. A largo plazo, dice Bein, esto deteriora la atención sostenida y la capacidad de concentración: «Creemos que hacer visible este problema es el primer paso para enfrentarlo: necesitamos que las familias, las escuelas, los Estados y la sociedad tomemos conciencia de que estamos a tiempo, pero solo si actuamos ahora».
Para Fainboim, el uso excesivo de pantallas está cada vez más asociado a la baja tolerancia al estrés y la frustración, a una constante validación externa a partir de likes e interacciones. «Estamos observando mucho consumo de pornografía desde muy corta edad también, a los más chiquitos les genera muchas veces un trauma porque no entienden lo que ven, hasta los adolescentes que empiecen a impactar en sus primeros vínculos sexoafectivos por las exigencias que este tipo de material sexual explícito genera», dice.
Desde hace doce años, Celeste Luque es educadora. Ahora, en su rol de directora de escuela pública nivel secundario de la ciudad de La Plata está en contacto directo con adolescentes de entre 12 a 18 años. Dice que, en los últimos tres años, el cambio fue vertiginoso: «El uso del celular se naturalizó por completo. No solo entre los chicos, también en las familias. Es el primer regalo cuando pasan de primaria a secundaria: el símbolo del crecimiento parece ser el teléfono».
El celular se convirtió en el centro de la vida escolar, el impacto no se limita a la distracción. Notan consecuencias pedagógicas y de salud mental profundas. «Algunos chicos ya no leen, y tampoco escriben. Tenemos cada vez más alumnos recursantes. Y una sensación general de que algo se está rompiendo en el sistema escolar. Las escuelas somos el refugio y el contenedor de todo lo que se desarma afuera».
La crisis en la salud mental es un tema con el que las y los docentes deben convivir a diario. Celeste cuenta que hay chicos con ataques de pánico, ansiedad, depresión, con déficit de atención y concentración. Algunos están medicados o incluso internados en clínicas psiquiátricas. «La angustia explota en las aulas. Vemos chicos que ya no pueden concentrarse. Están sobreestimulados, frustrados, infantilizados. Les cuesta resolver, crear, pensar. Intentamos acompañarlos con proyectos, ferias, talleres, pero a veces parece que nada alcanza. Tenemos más problemas vinculares que pedagógicos», dice.
Pero los problemas de salud mental son multifactoriales. Bruno Kliger es médico psiquiatra de adultos. Trabaja en la sala de internación del Servicio de Toxicología del Hospital Fernández de la Ciudad de Buenos Aires. Atiende y está en contacto con jóvenes y adolescentes devastados por el consumo de sustancias, la pobreza y la desesperanza. «A veces siento que intentamos apagar un incendio con un vaso de agua. Cada vez llegan más chicos de 15, 16, incluso de 12 o 13 años, consumiendo cocaína, alcohol, pastillas, marihuana. Y lo hacen desde muy temprano. El deterioro que vemos es brutal, no solo físico, también neurológico y emocional», dice.
Según datos del Ministerio de Salud de la Nación, en Argentina solo hay 454 psiquiatras infanto-juveniles en actividad; sumado a la crisis social y económica que atraviesa el país, acceder a terapias se convirtió en un privilegio al que pocos pueden acceder.
El drama de la salud mental es transversal y recorre todas las clases sociales. Para Bruno, Argentina no está preparada para eso: «Hay muy pocos psiquiatras infantiles y juveniles, provincias enteras que no tienen ninguno. Son un recurso escaso, y eso se traduce en que la salud mental de los adolescentes quede prácticamente desatendida. Además, muchos profesionales están agotados, sin capacitación, mal pagos, intentando sostener con las manos un sistema que se cae a pedazos».
Kliger dice que el futuro para esos jóvenes dejó de ser un lugar posible, eso explica el aumento de suicidios, autolesiones, crisis de ansiedad, depresiones: «La desesperanza es total. El futuro se convirtió en una amenaza. Y eso, en los jóvenes, es devastador. El aislamiento digital agrava todo. Las redes fragmentan la comunicación, distorsionan la realidad y alimentan una cultura de la inmediatez. En ese contexto, los pibes pierden capacidad de vínculo, de empatía, de registro del otro. Si el futuro deja de ser un horizonte posible, la vida también empieza a perder sentido. Y cuando eso pasa, ya no alcanza solo con lo asistencial, lo que hay que reconstruir es el lazo: la idea de que todavía hay un nosotros», dice.
Recomponer los vínculos sin pantallas ni notificaciones que se interpongan puede ser un camino posible para recuperar la esperanza de un futuro más promisorio. Sin demonizar a la tecnología ni idealizar el pasado.
