Sociedad | HISTORIAS FUTBOLERAS

Tierra de Dios

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Texto: Alejandro Duchini - Fotos: Federico Imas

El recuerdo vivo de Maradona se percibe en murales, en potreros y calles y en un proyecto para las infancias, Las Primeras de Villa Fiorito, que tiene a la pelota como herramienta de transformación.

Barrio de corazón. El Diez en uno de los tantos homenajes en las paredes (foto 1), su casa natal (fotos 2 y 3) y el trabajo a pulmón de Las Primeras (fotos 4,5 y 6).

En las calles de Villa Fiorito, del lado bonaerense del Riachuelo, se respira Maradona. En tiempos de Messi, la figura de Diego es una sombra que permite el orgullo de pertenecer no a un lugar sino a este lugar en particular, a esta parte de Lomas de Zamora. «Yo soy del barrio de Diego», dirá en algún momento cada uno de ellos al hablar con Acción durante una recorrida por sus calles.
Allí, en el más anónimo de los anonimatos, nació hace casi 63 años (el 30 de octubre de 1963) Diego Armando Maradona. En realidad nació en el Hospital Evita, de Lanús, pero su familia vivía en Fiorito, en una casa pobre, con techo de chapa, que a duras penas todavía se mantiene en pie. Barrio de casas bajas, entonces –y ahora– identificado despectivamente como zona villera. No en vano alguna vez el propio Diego dijo esa frase ya clásica: «Crecí en un barrio privado de Buenos Aires…. Privado de agua, de luz, de teléfono».
La calle en la que vivió la familia Maradona hasta que se fue a vivir a La Paternal, a instancias de Argentinos Juniors, no es de tierra sino de asfalto. La casa está en Azamor 523. La vuelve única una pared pintada con una imagen de Diego y un aviso: «La casa de D10S». La habita, cuentan, un sobrino lejano que no siempre está de buen humor. Y a veces ni está. Como este domingo al mediodía en el que con el fotógrafo Federico Imas golpeamos las palmas para preguntarle si nos dejaría entrar. Nadie contesta: «Debe estar durmiendo», nos dice Walter, un vecino que con gran generosidad hace de guía.
De vez en cuando, alguien de la zona o de afuera deja algún recuerdo a manera de ofrenda. Flores, una bandera de Argentinos Juniors, otra de Chacarita, una foto de Maradona con la camiseta de 1981 de aquel Boca al que condujo al título del Metropolitano. Desde las casas vecinas –varias con sus frentes alusivos a Maradona– lo que suena es cumbia.
También se escucha cumbia a unas pocas cuadras, en la Feria Fiorito, de Larrazábal y Chivilcoy, donde una multitud camina en lo que parece un shopping al aire libre. Se venden camisetas de fútbol, medias, algunos electrodomésticos nuevos y usados, toallas, remeras, artículos de bazar, frutas, verduras, carnes, packs de bebidas «a precios mayoristas», ropa interior. Lo que quieran, ahí se ofrece a buen precio en comparación a los comercios tradicionales. Las paredes y los carteles recuerdan, acá también, a Diego.
Algunos vecinos descansan o dejan pasar el mediodía del domingo sentados en las veredas de almacenes que improvisan bares. Es hora del vino tinto, a veces con soda, que le gana en preferencia a la cerveza. «Hace unos veinte años, ponele, esto era zona de nadie. “Había bala” todo el tiempo. Ahora está tranquilo», aclara Walter. Parece un pueblo de provincia, aunque sabemos que es una de las zonas más pobres del Conurbano bonaerense, a metros de la Ciudad de Buenos Aires.

«Acá jugó Diego»
El Potrero de D10S, una de las canchas en las que jugó el Diego pibito en los 60 y 70, es el otro ícono barrial. Hay dibujos suyos de chico, otros de él campeón en México 86. Está junto a la feria y se ingresa a través de un buffet bastante grande que nos recuerda en cada rincón que este es el barrio de Maradona. Lo administra Pancho Torres, a quien, si uno le pide «con respeto», como exige, pasar, pasa. Pancho no se anda con vueltas. Es directo en su forma de hablar. Y nos dice que jugaba a la pelota con Diego mientras pasamos y sacamos fotos a uno de los partidos que se juegan en ese momento. Uno no puede dejar de pensar que ahí, aunque ya casi no quede más que ese simbolismo, jugó Maradona. Y si se es maradoniano, se pianta un lagrimón. Desde allí se ve, alta, como lejana, pero ahí no más, la emblemática torre del Parque de la Ciudad, que alguna vez fue un parque de diversiones llamado Interama. Esta pobreza barrial está a un paso del capitalino Villa Lugano.
Durante el domingo habrá más partidos, con camisetas formales de un lado y otro y con vecinos que se juntan a mirar o esperar su turno. Acá siguen la cumbia, el vino y la cerveza. «En esa casa de alto vive Goyo», nos indican. Goyo es Goyo Carrizo, compañero y amigo de Diego en los años de Los Cebollitas. Cuenta la leyenda que Goyo nunca quiso salir del barrio y que hasta jugaba mejor que Diego. Cierto o no, el mito suma. Otro nos cuenta que cada tanto se asoma al balcón de su casa a mirar los partidos mientras se manda un asado.
Pegado a la cancha hay edificios en alto. Fueron construidos sobre los terrenos de otra cancha en la que también jugaban Diego y sus amigos. Primero los tomaron y después hicieron las construcciones. Cuando quisieron hacer lo mismo en el único potrero que quedó «se armó el bardo». «Los sacamos a los tiros», se jacta uno. «La cancha no se toca», sonríe otro.
Olvidados por todo tipo de Estado, los vecinos de Fiorito se saben a su suerte. Por más que veamos algún que otro patrullero, sabemos que acá todo depende de la buena voluntad. Si alguien se acordara de ellos, si se pusieran en sus zapatos, no habría, como hay, pibes de menos de diez años revolviendo bolsas de basura a la vera del Riachuelo. En contraste, otros vecinos aprovechan el sol del día para limpiar sus coches, algunos de modelos más o menos nuevos.

Fútbol para todas y todos
La ayuda sale de quienes se meten en el barro porque, saben, las infancias no esperan. Y el fútbol es una herramienta, sobre todo en este barrio. En el club Las primeras de Fiorito funciona un merendero que les permite a los chicos y chicas comer, al menos, una vez al día. Este domingo, por ejemplo, se agrega fiesta con música, choripan, pizza, gaseosas y partidos. Vecinos y vecinas inflan globos, escuchan música (a la cumbia se le suma el rap) y comen junto a los pibitos que van detrás de la pelota.
«Acá los chicos y las chicas juegan juntos. Es fútbol mixto, porque hasta hace un tiempo todo era machismo», nos dice Ramona Lencina, presidenta del club en el que se juntan casi 200 pibes y pibas. «Cuando nos conocemos, de lo primero que hablamos es de fútbol», resume la idiosincrasia local. Lencina armó esta convocatoria hace dos años, todavía en pandemia. Se quedó sin trabajo, apeló a changas y sigue.
Las manos que colaboran son pocas, pero hacen muchísimo. Saben que el deporte es la excusa para juntar a chicos cuyos padres suelen dejarlos solos en sus casas porque tienen que irse a trabajar, en el caso de los más afortunados. Porque otros padres directamente no tienen empleo y se van a juntar cartones mientras los pibes quedan en manos de nadie. «Hay mucho consumo de paco, nenas y nenes en situación de calle, embarazos prematuros, pibes celíacos, otros que vienen a jugar descalzos», nos cuenta Lencina. «A veces les prestamos los botines, se los llevan y cuando vuelven nos dicen que sus padres los cambiaron por algo», dice.
Mirta Paz, Mara Ramos y la exjugadora de Boca, River y de la selección, María Robles, trabajan con Lencina. También hay varones que se involucran. A veces apelan a empresas que hacen donaciones y otras veces se organizan partidos a beneficio. En tiempos electorales, puede que algún caza votos se interese por lo que pasa. Cuando se puede, arman tours para que los chicos y chicas vean partidos en canchas «de las de verdad». «Ya fueron a la de Boca. Ojalá que otros clubes nos abran sus puertas», sueña Robles.
Y después: «Acá, el día más triste fue el de la muerte de Diego. Nos sentimos muy solos ese día. De Diego pueden decir lo que quieran, pero hay que estar acá para entender lo que él significa para el barrio».

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