Sociedad

Tramas de silencio

El hallazgo de objetos con simbología del régimen de Adolf Hitler en la casa de un anticuario bonaerense volvió a poner en circulación historias de criminales de guerra que se refugiaron en nuestro país tras el fin de la Segunda Guerra Mundial.

Símbolos. Un instrumento para medir cabezas que habría pertenecido a Josef Mengele forma parte de la colección encontrada en Beccar. (David Fernández)

Una lupa que había pertenecido a Adolf Hitler y un instrumento para medir cabezas proveniente del maletín de Josef Mengele, el médico que experimentó con prisioneros en Auschwitz. El publicitado descubrimiento de una colección de objetos nazis en la casa de un anticuario de Beccar resultó menos espectacular de lo esperado, ya que aún no se pudo comprobar que se trate de piezas originales, y menos que tengan relación con criminales de guerra, como especularon voceros policiales. Tampoco quedó claro si el comerciante infringió la ley que penaliza actos discriminatorios. Pero la repercusión del hallazgo y las conjeturas que provocó fueron significativas en otro plano, al revelar la persistencia del fenómeno nazi en la Argentina y el interés que provoca, una cuestión de actualidad más que de historia.
El periodista Uki Goñi asocia las actitudes ante el nazismo con problemas más amplios de la cultura nacional, como el negacionismo de los crímenes de la última dictadura civico-miliar. «Son temas que muestran nuestra dificultad en aceptar las propias responsabilidades en lo que nos ocurre y el intento de desconocer la realidad de ciertas cosas –dice–. La Argentina sigue ocultando el papel primordial, importantísimo, que tuvo en ayudar al escape de los nazis de la Justicia en Europa, de la misma manera que niega la manera en que intentó cerrar las fronteras a los judíos y a los refugiados del Holocausto».
Autor de Perón y los alemanes y La auténtica Odessa, investigaciones sobre la fuga de criminales de guerra a la Argentina que se reeditan en agosto, Goñi sostiene que «el nazismo es fascinante como tema de investigación, pero lo más importante es resolver qué significa para nosotros, qué significa para la Argentina y cuáles son los reflejos y las actitudes enfermizas que nos dejó la convivencia con estos criminales y que aplicamos hoy en día».
Desde el secuestro de Adolf Eichmann (en 1960), capturado por un grupo clandestino de agentes israelíes en Buenos Aires, la presencia de nazis en la Argentina es tema de artículos periodísticos, investigaciones históricas y novelas. La presencia comprobada o imaginada de exjerarcas y colaboradores del III Reich puso en circulación numerosos relatos, donde los acontecimientos confrontan con frecuencia con la ficción y los documentos y testimonios con leyendas y teorías conspirativas.
Una de las historias de mayor impacto giró en torno a una supuesta organización clandestina dedicada a facilitar la fuga de exnazis. La fuente original fue el best seller  Odessa (1972), de Frederick Forsyth, donde se presentaba a un grupo de miembros de las SS confabulados en una logia (Odessa, según sus iniciales en alemán) cuyo objetivo era rescatar a camaradas y fundar un IV Reich. La realidad histórica es más compleja. En La auténtica Odessa, Goñi descarta que haya existido esa especie de sociedad secreta y sostiene que el escape de criminales de guerra fue posible por una conjunción de actores entre los que se destacaron «instituciones vaticanas, servicios de inteligencia aliados y organizaciones secretas argentinas».

Fugitivos
La Comisión para el Esclarecimiento de las Actividades Nazis en la Argentina (Ceana), creada en 1996 y coordinada por el historiador Ignacio Klich, constató que 46 miembros del partido nazi fueron contratados en la posguerra por la Dirección General de Fabricaciones Militares y elaboró una lista de 180 fugitivos que llegaron a la Argentina entre 1946 y 1952 y recibieron trabajo –incluso como  funcionarios en la primera presidencia de Perón– y, a menudo, nuevas identidades. Al margen de que el cómputo era limitado y el anuncio de revelar documentación secreta no se concretó –Goñi identifica a unos 300 criminales de guerra en la Argentina y dice que aún falta conocer información–, la comisión fue cuestionada por desvincular el ingreso de nazis del gobierno de la época.
«No hay una costumbre de investigar en serio estos temas –dice Goñi–. En parte es responsabilidad de los gobiernos, que no le dan importancia, y en parte de los académicos argentinos. La fuga nazi es una gran falla en la historia nacional y también un tabú, porque roza a las figuras de Perón y Evita». El autor de La auténtica Odessa aclara que el fenómeno excede al peronismo: «Si Perón no hubiera ganado las elecciones de 1946, el escape hubiera ocurrido igual, porque los acuerdos secretos con los nazis precedían a la presidencia de Edelmiro Farrell. Ya en 1943 había acuerdos entre el servicio secreto argentino y el alemán. Después de la guerra continuó esa política».
A falta de investigaciones académicas, surgieron las periodísticas. Además de los libros de Goñi, otras contribuciones importantes fueron Eichmann en Argentina, de Alvaro Abós, la biografía de uno de los principales responsables del genocidio nazi, y entre los trabajos del periodista Jorge Camarasa, Mengele. El ángel de la muerte, sobre el médico que vivió en Buenos Aires entre 1949 y 1960, y América nazi (con Carlos Basso Prieto), libro que desarrolla la idea de la Argentina del peronismo como «un puerto seguro», donde «la mayoría de los fugitivos llegaban con nombres falsos y documentos que les habían ayudado a conseguir, y se mimetizaban enseguida en las colonias alemanas instaladas desde principios de siglo».
No obstante, la bibliografía también incluye libros que reprocesan antiguos mitos, desde la fuga de Martin Bormann –sobreviviente a su muerte en 1945– hasta el descubrimiento de la fórmula de la juventud –una leyenda que parece verosímil en el imaginario de los experimentos científicos atribuidos al nazismo por la literatura y el cine clase B–. La llegada de dos submarinos al puerto de Mar del Plata el 10 de julio y el 17 de agosto de 1945 fue asimismo el punto de partida de versiones que imaginan otros desembarcos –algunos con el propio Hitler en la tripulación– y que se mantienen pese a que los investigadores las desmientan.
Para Goñi esas historias dicen más de quienes las cuentan que de aquello que pretenden explicar. «Son mitos autocomplacientes que creamos para consumo propio. Si Hitler vivió de incógnito en la Patagonia y los nazis llegaron de noche en submarinos que nadie vio, eximen de responsabilidad a la Argentina. La realidad es que el gobierno de la época envió misiones especiales a Europa para traer a nazis».

Secreto revelado
En la primera edición de La auténtica Odessa, Goñi dio a conocer la circular 11, una orden secreta dictada en 1938 por el canciller José María Cantilo para que los cónsules negaran visas «a toda persona que fundadamente se considere que abandona su país como indeseable o expulsado, cualquiera sea el motivo de su expulsión». La norma, que afectó sobre todo a la comunidad judía y a los perseguidos por el nazismo, fue anulada en 2005 por el presidente Néstor Kirchner.
Goñi conoció el secreto de una fuente de primera mano. «Mi abuelo, mi padre, mi tío y mi hermano fueron diplomáticos –cuenta–. Nací en Estados Unidos y recién vine a la Argentina a los 21 años. Mi padre me contaba que había existido una orden para impedir el ingreso de judíos a la Argentina y que mi abuelo la había aplicado».
El viaje de aquellos inmigrantes fue sinuoso y complicado. «Cruzaban en barco el Atlántico, pasaban el canal de Panamá y bajaban hasta Arica, en Chile, desde donde viajaban en tren hasta La Paz, en Bolivia. Después ingresaban clandestinamente a la Argentina. Miles de judíos llegaron de esa manera, escondidos, de noche, diciendo ser católicos o pagando sobornos a diplomáticos argentinos», destaca Goñi. La comparación es reveladora: «Todo lo contrario de lo que ocurrió con los criminales de guerra nazis».