Sociedad

Una edad difícil

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La falta de oportunidades educativas y laborales y la debilidad de las redes familiares y sociales colocan a los adultos mayores LGBT en una situación más vulnerable que la de sus pares heterosexuales. Historias de vida y prejuicios sociales.

(Guido Piotrkowski)

Envejecer hoy ya no es excepcional. Los datos de la Organización Mundial de la Salud indican que entre 2000 y 2050 la proporción de los habitantes del planeta mayores de 60 años se duplicará, pasando del 11% al 22%. En números absolutos, este grupo de edad pasará de 605 millones a 2.000 millones en el transcurso de medio siglo. La misma organización asegura que la cantidad de personas de 80 años o más aumentará casi cuatro veces hasta alcanzar los 395 millones para el 2050. Sin dudas, el objetivo actual es llegar a la vejez con la mayor calidad de vida posible, aunque hay grupos poblacionales que todavía ven impactada su vida actual y futura por la falta de oportunidades educativas, laborales y también por la carencia de redes sociales, en el sentido más amplio del término, que los contenga en una edad en la que son altamente vulnerables.
Envejecer siendo gay o transexual ya de por sí constituye un logro. A mediados de 2014, la Fundación Huésped y la Asociación de Travestis, Transexuales y Transgéneros de la Argentina (ATTTA) dieron a conocer un estudio que revelaba que la expectativa de vida de las personas trans es de 35 años y que 6 de cada 10 viven alguna situación de discriminación social. En la misma línea, el informe nacional sobre la situación de las travestis, transexuales y transgéneros, de la Asociación de la lucha por la Identidad Travesti, Transexual (ALITT), llamado «Cumbia, copeteo y lágrimas» aseguraba en 2007 que solo el 5% de las travestis supera los 41 años de vida y que el 80% sobrevive con la prostitución.
Así las cosas, las personas trans o gays que llegan a la vejez, en muchos casos lo hacen en soledad, enfermos y padeciendo las consecuencias de la desigualdad educativa, laboral y social.
«Las personas mayores gay o transexuales han vivido en mucha soledad, bien porque no pudieron tener hijos, porque no se los reconocían, porque no podían ser del matrimonio gay, sino de otros matrimonios heterosexuales o porque tenían que ocultarse incluso ante sus hijos, entonces en la actualidad tienen pocas redes de contención y esto es un problema porque son fundamentales en la vejez», afirma Mónica Roqué, directora del Centro de Estudios sobre Derechos Humanos de las Personas Mayores, quien estuvo a cargo, hasta 2015, de la Dirección Nacional de Adultos Mayores del Ministerio de Desarrollo Social.

El tío soltero
«Mi mamá siempre cuenta la historia de su hermano Tito, en los años 70, porque cuando nadie hablaba de ser gay con la naturalidad de hoy, él vivía con un hombre al que presentaba como su amigo en las reuniones de Navidad o de fin de año. En la familia nunca se blanqueó la situación y, lamentablemente, tampoco hizo falta, porque Tito se suicidó antes de cumplir los 40 años, yo creo que por vergüenza, por sentirse discriminado e incomprendido», relata Fabián V., profesor universitario.
Seguramente las historias se multiplican, con distintos matices, en el interior de cada familia. Para Enrique Rozitchner, psiquiatra, psicoanalista, excoordinador del Departamento de Adultos Mayores de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA), los mayores criados en modelos culturales de sexualidad victorianos y extremadamente represivos han mantenido sus elecciones ocultas y hasta las han vivido culposamente; en muchos casos han llevado una doble vida. «El modelo de la sexualidad heterosexual, monógama, machista y falocéntrica se manifiesta con sus consecuencias represivas sobre la sexualidad de los viejos. Recién hace pocos años la sociedad ha reconocido la sexualidad como un derecho humano y también la libertad de elección en sus distintas modalidades, dejando de clasificar la homosexualidad como una enfermedad y admitiendo las diferencias de géneros y transgéneros», aseguró en diálogo con Acción.
Según Roqué, «los adultos mayores conforman un grupo etario que ha visto censurada su elección sexual cuando fueron adolescentes, jóvenes y también mayores, son pocos los que han llegado, luchando, a ser un adulto mayor. Afortunadamente, las leyes de Matrimonio Igualitario y de Identidad de Género pusieron el tema en agenda. No obstante, todavía en los diccionarios de la Psiquiatría ser gay o transexual es visto como una perversión, como una enfermedad psiquiátrica».

Pionera. Malva Solís falleció a los 90 años en un hogar de ancianos.

«Envejecer siendo trans tiene otras particularidades, en principio es poco común porque la mayoría de las personas trans muere entre los 35 y los 40 años. Fuimos perseguidas, apresadas, maltratadas. La vida de las mujeres trans es muy difícil. Durante muchos años solo se podía trabajar de prostituta, pero una vez que el cuerpo ya no es valorado, quedamos solas, sin familias y en la calle», contaba Malva Solís, una mujer trans de 90 años que falleció en 2015 en el sector de mujeres de un hogar de ancianos de Buenos Aires, durante un acto de reconocimiento organizado poco antes de su muerte por la Dirección Nacional de Adultos Mayores de la secretaría de Desarrollo Social.
De acuerdo con un informe realizado por la Red de Personas Trans de Latinoamérica denominado «La Transfobia en América Latina y el Caribe», entre las principales causas de muerte en la comunidad trans se encuentran el VIH, los homicidios transfóbicos, los abusos policiales, la mala atención en hospitales y centros de salud, las nulas oportunidades laborales, el mal uso de silicona industrial, el contexto de pobreza y la violencia social y política.
El informe también señala que las trabajadoras sexuales trans mayores, cuando la actividad va menguando, no tienen otras opciones que continuar ejerciendo el trabajo sexual; sostenerse económicamente con actividades como la venta ambulante; trabajar en las organizaciones sociales, y otras posiciones más extremas como mendigar o incluso decidir un cambio radical de mujer a varón por necesidad económica.
«La expectativa de vida se ha extendido en general para todas las personas, pero no así para el colectivo trans. Mientras que la esperanza de vida para una mujer heterosexual en la Argentina es de 80 años, para una mujer trans es de 35 a 40», sostuvo Roqué.
El tema del acceso a la salud y al trabajo no es menor, sobre todo si se toma en cuenta que, de acuerdo con el último censo poblacional realizado por el INDEC en 2010, de un total de 7.304.489 de parejas censadas en el total del país, 24.228 son del mismo sexo, lo que representa un 0,33% del total de las parejas argentinas. De estas, un 21% tienen hijos a cargo y la mayoría son parejas de mujeres. La Argentina sancionó en 2010 la Ley Nº 26.618, que modifica el Código Civil para permitir el matrimonio entre personas del mismo sexo. Con esta norma, los cónyuges convivientes no casados también son acreedores del cobro de una pensión por fallecimiento.
Con todo, todavía falta el acompañamiento de la sociedad en su conjunto. «El gran cambio cultural no ha sido asimilado por la gran mayoría de la población y seguramente será necesario continuar trabajando sobre las raíces de la discriminación. La sociedad rechaza la sexualidad en la vejez y esto hace que se vea más expuesta a los maltratos y al abandono en la atención y la prevención en todos sus aspectos; en los casos de diversidad sexual el problema es mayor y la carencia y el abandono social se intensifican», aseguró Rozitchner.
Por su parte, Roqué sostiene que «la ley se antepuso al cambio social, que viene más lento. Aun así me imagino un futuro muchísimo mejor para las personas gay y trans, el presente ya es mucho mejor. Me imagino un futuro donde todos seamos iguales y tengamos las mismas posibilidades sin censura».

 

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