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Una hoja en blanco

La educación está en el centro de la discusión pública desde los inicios de la pandemia. Evidencia científica, medidas de prevención y razones políticas.

Estatales y privadas. Más de tres millones de chicos y adolescentes de 40 municipios bonaereneses volvieron a las aulas el 16 de junio. (Télam)

No son pocas las estadísticas que relacionan a la actividad escolar con un incremento en la curva de contagios. Si bien hay protocolos que disminuyen el riesgo, en determinados contextos parecen no ser suficientes.
El confinamiento estricto por nueve días en el mes de mayo que tuvo como objetivo frenar la escalada de casos les permitió a las autoridades nacionales repensar la agenda educativa. Mientras la prioridad sigue siendo mantener una circulación reducida que contribuya a mitigar la propagación del coronavirus Sars-Cov2, los estudiantes volvieron a las aulas con una metodología bimodal, que imparte conocimientos virtuales y presenciales según el mapa epidemiológico de cada jurisdicción.

Zona de riesgo
Un informe del Instituto de Cálculo –UBA-CONICET– y un grupo de investigadores del Instituto de Ciencias de la Computación de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales analizó el impacto de la presencialidad escolar sobre la pandemia en el ámbito del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA) cuando en abril se decretó la suspensión de las clases presenciales. Una de las conclusiones revela que, «en un contexto de alta cantidad de casos, la suspensión temporal de la educación presencial en el Conurbano a partir del DNU presidencial disminuyó la circulación viral comunitaria y produjo una disminución más veloz y pronunciada de la cantidad de casos confirmados en el Conurbano en comparación con CABA y el resto de la provincia de Buenos Aires, donde se mantuvieron las clases presenciales». El estudio recoge evidencia científica y concluye que el cierre de instituciones educativas «es la segunda medida más efectiva para reducir la circulación viral, luego de la cancelación de reuniones sociales».
El médico cordobés y magíster en Salud Pública Oscar Atienza tiene una postura contundente: «Las escuelas en pandemia nunca son seguras». En diálogo con Acción argumenta que «van a ser seguras cuando mayoritariamente los argentinos hayamos llegado a la inmunidad de rebaño, y aun así hay que abrirlas con muchísimo cuidado, de lo contrario pasará como en otros países, que tenían controlada la pandemia, abrieron las escuelas y volvió a subir la cantidad de casos».
Atienza, que viene analizando desde febrero la dinámica y los números de la presencialidad escolar, sostiene que las clases presenciales en pandemia, teniendo en cuenta las burbujas, suponen la circulación de 12 millones de alumnos, a los que se deben sumar «otros actores» como madres y padres, docentes, auxiliares, personal administrativo, entre otros, que convergen en 62.000 puntos de encuentro en todo el país. «Es la variable con la dinámica más peligrosa de todas las detectadas. Es mucho más grande que la dinámica de un bar y que de una fiesta clandestina, que tampoco deberían existir», enfatiza.
A la hora de abrir las escuelas, Atienza pide ser «prudentes» y piensa que en el mejor de los casos lo ideal sería en el mes de septiembre, «con una cantidad importante de personas vacunadas; pero aun así podríamos llegar a tener un rebrote porque el vacunado también se infecta».

Ensayo en marcha
Con opiniones a favor y en contra, los alumnos y alumnas retomaron la presencialidad en las distintas jurisdicciones del país que responden a dos criterios: una tasa de incidencia menor a 500 –indica la cantidad de contagios cada 100.000 habitantes, en un período de 14 días– y una ocupación de camas de terapia intensiva que no supere el 80%.
El monitoreo de la situación de las escuelas de todo el país se lleva adelante mediante la plataforma Cuidar Escuelas, un desarrollo conjunto entre la Secretaría de Innovación Pública, el Ministerio de Salud y el Ministerio de Educación de la Nación, cuya implementación está a cargo de los Ministerios de Educación Jurisdiccionales y los establecimientos educativos.
La provincia de Buenos Aires retomó lo que denomina el «proceso de presencialidad cuidada», con suspensiones temporales y focalizadas según las fases de cada distrito.
La novedad es que para reforzar las medidas de prevención lleva adelante la iniciativa «Buenos Aires en las escuelas», que distribuye 33.000 dispositivos medidores de dióxido de carbono ﹙CO2) a las escuelas de gestión estatal para monitorear y regular el nivel de apertura de puertas y ventanas para una ventilación adecuada.
«El monitoreo es importante porque va a ayudar a que las escuelas mantengan la ventilación que ya tenían a principio de año, de puertas y ventanas abiertas, más difícil de sostener cuando hace mucho frío. Controlar para saber si hay riesgo y ventilar lo necesario y no de más colabora para que no se cierre todo, olvidando el riesgo que se corre», sintetiza el físico e investigador del CONICET Jorge Aliaga, impulsor de la iniciativa.
La incógnita sobre si es acertada la decisión de abrir las escuelas y si alcanzarán las medidas para garantizar una presencialidad segura sigue abierta. «Los casos después de los nueve días de control estricto no subieron y lo cierto es que bajó la incidencia y se está generando una especie de equilibrio que hace que la curva no suba demasiado», explica Aliaga, y sospecha que la decisión fue un tema de oportunidad: «Era el momento, si los números vuelven a subir se cerrará con la idea de que llegan las vacaciones de invierno y al finalizar ya serán más las personas vacunadas». Y concluye: «La presión sobre la provincia de Buenos Aires era enorme porque la Ciudad de Buenos Aires incumple completamente las medidas del Gobierno nacional. Era difícil de sostener esa medida y se aprovecharon los números que están dando un alivio en el AMBA».


María José Ralli