Voces

«El crimen organizado se globalizó»

Radicada en Buenos Aires desde 2002, la periodista mexicana Cecilia González revela los alcances de las redes internacionales del narcotráfico. El fracaso de las políticas represivas.

 

Después de publicar Narcosur: la sombra del narcotráfico mexicano en Argentina (2014) y Todo lo que necesitás saber sobre narcotráfico (2015), y también por el hecho de ser mexicana –en las aproximaciones mediáticas más superficiales–, Cecilia González se ha convertido en una especie de autoridad para hablar sobre temas como organizaciones criminales, despenalización de las drogas y cultura narco. En un marco donde prevalecen, según destaca, los prejuicios y las estigmatizaciones, y donde la violencia hace perder de vista los ejes del negocio, sus investigaciones aportan información, «análisis serio y sereno» y referencias históricas para profundizar el debate e iluminar aspectos tan importantes como poco relevados en la comprensión del fenómeno.
Nacida en la ciudad de México en 1971, Cecilia González vive en Buenos Aires desde 2002. Es corresponsal de la agencia Notimex e integra Periodistas de a pie, una organización que reúne a trabajadores de prensa de distintos medios de su país, «el más peligroso para ejercer el periodismo». En Narcosur expuso una minuciosa investigación sobre las redes de tráfico de efedrina montadas entre México y Argentina; Todo lo que necesitás saber sobre narcotráfico ofrece una guía completa con capítulos sobre historia de las drogas, los orígenes y la actualidad del tráfico, historias de grandes capos y las relaciones con la política, entre otras cuestiones, con las que apunta «la necesidad de diseñar nuevas estrategias en medio de un panorama que, hoy, parece desolador, pero que estamos obligados a teñir de esperanza».
–El problema del narcotráfico suele hacerse visible cuando ocurren  episodios de violencia. ¿Qué subyace a esos estallidos?
–La violencia, en realidad, es lo último. Además, algo que me llama mucho la atención es la estigmatización. Se dice que se pelean paraguayos y peruanos por el control del negocio, extranjeros que vienen a invadirnos. ¿Dónde está la complicidad policial, por ejemplo, o la complicidad aduanera necesaria para que lleguen cargamentos de drogas? A veces, es hasta desesperante que no cambie el enfoque de la información. El tema del narcotráfico se presta al morbo, al amarillismo, y los medios se quedan en la historia tenebrosa. Explicar los antecedentes o por debajo de la punta del iceberg es más complicado, debatir por qué despenalizar el consumo es una alternativa viable implica elevar el debate y otro razonamiento, que nos quiten el chip de «las drogas son malas y los que las consumen son malos».
–Un año electoral como el presente no parece propicio para la reflexión.
–No. Tampoco los candidatos superan ese discurso, son pocos los que entienden la problemática a nivel global. Massa, por ejemplo, hace una propuesta que termina siendo demagógica, porque convoca a una guerra contra el narcotráfico. ¿Qué significa eso, qué políticas van a ponerse en marcha? O se habla de sacar más policías a la calle, cuando está demostrado que no ha servido para nada. O del endurecimiento de las penas, que no obsta prácticamente ningún delito y en particular el narcotráfico. Pero como titulares esas frases quedan muy bien. Me llamó la atención, además, que la presidenta hablara de narcotráfico en la Cumbre de Panamá, porque en el país evade el tema. Cristina Fernández ha hablado pocas veces de narcotráfico, y una vez fue cuando vino el ex presidente de México, Felipe Calderón, para felicitarlo por su guerra.
–Un informe reciente de la organización La Alameda denunció la existencia de varios laboratorios de cocaína en la villa 1-11-14. ¿Hasta qué punto es grave la situación argentina en la producción de drogas?
–La discusión sobre si Argentina es o no un país productor de drogas es estéril y solo sirve para una confrontación entre oficialistas y opositores. No va al fondo del problema. Las categorías de países consumidores o productores las establecen organismos internacionales como la DEA. En los informes internacionales la Argentina sigue siendo considerada fundamentalmente un país de tránsito de drogas. Por otro lado, los informes están superados por la realidad, ya no hay solo países productores o consumidores. El ejemplo más claro es EE.UU., que actualmente es líder en producción de marihuana y de metanfetaminas o drogas de diseño, al igual que los países de Europa, que también era una región consumidora. Debatir esas categorías es perder de vista el foco del problema que es entender que el narcotráfico ha avanzado de tal manera que eliminó esas fronteras. Los niveles de producción locales, si los comparamos con el impacto del mercado global, son mínimos. Todo esto no le quita importancia al problema, sino que lo ajusta a sus propias dimensiones. Vengo insistiendo en que Argentina no podría ser un caso como el de México. Primero debería ser un país fronterizo con el que tiene el mayor número de consumidores en el mundo. Y además debería tener docenas de cárteles peleándose el territorio y miles de hectáreas sembradas de marihuana y de amapola, en lo que México es un país productor líder. Hay mucha relación entre nuestros países, pero de la buena; y que hay que rescatar. Una parte de la sociedad mexicana está denunciando las violaciones a los derechos humanos producto de la guerra contra el narcotráfico, tomando a Argentina como un ejemplo de esperanza. La tragedia de México es actual  y Argentina es un ejemplo de que pueden pasar décadas, pero las luchas no están necesariamente perdidas.
–Otro aspecto que recién comienza a difundirse es el lavado de dinero proveniente del narcotráfico. ¿Cómo se plantea la relación entre las economías delictivas y el sistema económico?
–Con el lavado de dinero tenemos también un gran problema de estigmatización. ¿De quién sabemos, a nivel global? De Pablo Escobar, del Chapo Guzmán, del Señor de los cielos (Amado Carrillo Fuentes). Hasta se hacen novelas sobre ellos. Dime el nombre de algún banquero que haya lavado dinero de la droga. Incluso los bancos de EE.UU. y Gran Bretaña de los que se ha comprobado que lavaron dinero del crimen organizado quedan en la nebulosa. Ni siquiera se sabe bien que el HSBC pagó una multa multimillonaria en EE.UU., y sigue operando. El foco de la información está en otro lado: la violencia, los personajes específicos, pero la parte de los bancos que lavan dinero queda desdibujada. Hago énfasis en esto porque en las estigmatizaciones y en las frases como «en un país normal esto no ocurre» suele haber una adoración hacia el sistema judicial estadounidense, haciendo creer que allá las cosas funcionan y es mentira. La impunidad está lograda en términos de que las ganancias del narcotráfico se quedan en los países ricos, y es donde menos se los castiga. En América Latina se podrá detener a decenas o a cientos de narcos, pero el problema no se va a terminar porque el negocio sigue siendo muy lucrativo. Si habláramos más de las ganancias del narcotráfico y menos de los tiroteos en las villas, nos quedaría más claro el problema y tendríamos otras preocupaciones. También porque ya no podemos hablar solo de narcotráfico, es crimen organizado. Las organizaciones delictivas funcionan como empresas multinacionales, tienen diferentes rubros. En primer lugar, está el narcotráfico por las ganancias, pero después viene la trata de personas. Te diría que me preocupa más como ciudadana la trata de personas, por la invisibilidad que tiene el problema.


–¿Cómo se estructuran las redes criminales internacionales?
–Ya no son organizaciones verticales. No hay un gran capo que dirige y con cuya muerte o captura desaparece el cártel. En México, a veces, los supuestos capos más peligrosos en realidad ya perdieron el control, porque al ser tan conocidos pusieron en riesgo a la organización. Entonces, mientras la policía trata de capturarlos, la organización se reestructura y se fortalece con otros mandos. A mí me sorprendió saber que los personajes más visibles son los más despreciados dentro de la organización y solo son piezas codiciadas para la opinión pública y el gobierno. Incluso suelen ser el chivo expiatorio, porque cuando los detienen las organizaciones tienen un respiro en cuanto a la persecución estatal. En Colombia, primero; y en México, ahora; el período de liderazgo en los cárteles, por otro lado, es cada vez más corto. Pablo Escobar estuvo 15 años al frente del cartel de Medellín; ahora el máximo período es de 2 años.
–En la causa por el tráfico de efedrina entre México y Argentina está procesado el extitular de la Sedronar, José Ramón Granero. ¿Qué implica esta circunstancia?
–Es el primer funcionario de alto nivel que va a ser juzgado por narcotráfico en Argentina. Para mí tiene dos lecturas. Por un lado, cómo creció el problema que ya el máximo jefe de la lucha antidroga termina siendo juzgado. Por otro, derriba el mito de la impunidad total, otra estigmatización que los medios argentinos generan sobre el propio país. Es cierto que si revisamos el caso de Amira Yoma en los 90 el del lavado de dinero del Cártel de Juárez en 2007, no hubo detenidos ni condenados. Pero en este caso hay un funcionario detenido; me parece importante destacarlo, aunque no sea suficiente. A principios de mayo detuvieron en Buenos Aires a 2 presuntos sicarios mexicanos y toda la información habla de narcotraficantes colombianos coludidos con mexicanos y con apoyo local. Todo esto muestra que el negocio sigue y la complicidad va a continuar. El crimen organizado se globalizó. Por eso no me sorprende cuando me entero de que hay narcos de otras nacionalidades operando con criminales locales; lo que están buscando son nuevos negocios.
–¿Cómo ve la evolución del problema en el país?
–Argentina se narcotizó. El tema era ocasional hasta que a fines de fines de 2013 la conferencia del Episcopado dijo en un documento que el narcotráfico es el problema más grave en el país. Ya entonces con Bergoglio como papa, lo cual es también un detalle importante, porque la Iglesia Católica adquiere otro nivel en la discusión política en la Argentina. A partir de ese momento, el tema se instaló en la agenda pública como no había estado antes, y aparece la ciudad de Rosario como emblema también estigmatizado. Empezó a haber un afán amarillista mediático de construir nuestro propio mercado de narcotráfico. Aquí principalmente actúan bandas, no organizaciones del crimen trasnacional, todavía. La característica propia de Argentina es que el negocio está operado principalmente por los cuerpos policiales, ya sea por liderazgo o por complicidad, como quedó demostrado en Rosario, en Córdoba, en Buenos Aires.
–Además del documento que dio a conocer el Episcopado, el papa se pronunció contra la despenalización del consumo de marihuana.
–Es una contradicción. Siempre se bate igual la estigmatización, se habla solo de «los pobres chicos de la villa que se drogan», «los narcos de la villa». ¿Y las bandas vip, como les dicen, que han capturado en Las Cañitas y en Belgrano? Además llamarlas bandas vip parece una cuestión clasista, hasta tienen glamur. El narcotráfico está en todos lados y cada quien consume las drogas que puede pagar. Claro que los chicos que consumen paco son las víctimas más visibles porque además los chicos ricos que consumen cocaína pueden ir a clínicas de desintoxicación, pero también hay tráfico ahí, y lavado de dinero a través de la venta de propiedades, como en Nordelta, que se está convirtiendo en un emblema, o en Rosario. Si la iglesia Católica o algunos políticos se limitan a manejar de manera miserable a los consumidores, no se está entendiendo el problema. Lo principal es dejar de considerarlos como delincuentes. Para eso no se necesita en principio más policía. Hay que reformar a la policía, que en la Argentina es un gran factor no ya de encubrimiento, sino de dirigencia del narcotráfico. Y poner en marcha nuevas políticas. Si se despenaliza el consumo, como se tergiversa luego la discusión, no significa que van a poner la tienda de marihuana en la esquina. Despenalizar el consumo es dejar de considerar al adicto como criminal. Es un tema de salud pública, no penal.
–¿Qué temas deberían priorizarse en la investigación del narcotráfico?
–El lavado de dinero es fundamental. Es lo mismo que la corrupción. La ruta del dinero es lo más importante para empezar a hablar de lo que provoca, los tiroteos y las muertes en las villas. Sobre todo porque está invisibilizada, y la lentitud de la Justicia y la falta de información por parte del gobierno complican para investigar. Además, hablar de las víctimas con respeto, porque se estigmatiza a las personas que viven en las villas, y estar atentos, porque en Rosario ya hubo un periodista amenazado. A veces es difícil lograr ese equilibrio de alertar sin caer en el amarillismo y con respeto hacia todas las partes involucradas. Estudiando el tema es hasta imposible no tener una posición y, además, en mi caso, siendo mexicana sufro las secuelas de una guerra inútil. Cuando digo «guerra inútil» no hago una mera apreciación. Si EE.UU. puso en marcha hace 40 años una guerra contra las drogas que solo logró que se fortaleciera el crimen organizado, que hubiera más producción y más consumo, y nuevas y más poderosas drogas, decir que esa guerra ha fracasado es una conclusión. Se tienen que fijar nuevas políticas, y expresar el tema seriamente.
–¿Por qué EE.UU. sostiene su política de drogas pese a los malos resultados?
–Primero, porque son los primeros beneficiarios económicamente; y segundo, porque hay un gran sector de la sociedad estadounidense que es radicalmente conservador respecto del consumo de drogas. Está comprobado que los bancos que más dinero lavan del narcotráfico son estadounidenses y funcionarios de la ONU reconocieron que el sistema no se derrumbó por completo en el crack bancario de 2008 gracias al dinero líquido de los carteles. La guerra contra las drogas es funcional al capitalismo, porque mantiene guerras de clase y permite señalar, entre otras cosas, quiénes son los buenos y quiénes son los malos en su esquema maquiavélico de dominación.

Osvaldo Aguirre
Fotos: Jorge Aloy