Voces

«El gobierno tiene la intención de ajustar»

Autor de «Kirchner, el tipo que supo», el periodista reflexiona sobre el proyecto político iniciado en mayo de 2003 y analiza el primer año de gestión de Cambiemos, los vaivenes económicos y las perspectivas electorales del macrismo y del peronismo; aunque, aclara, se abstiene de profecías.


 

Sabés cuántos splits se vendieron en estos años? (…) La cuarta parte la compraron los más pobres, los que ni soñaban con tener uno. Y ahora se refrescan en verano y se abrigan en invierno. ¿Y cuánto paga de luz cada familia? Así que los morochos ahora tienen el split, no pasan calor en verano… están mejor. Por eso andan por ahí un montón que me quieren rajar». La escena sucede en uno de los pasillos de Casa Rosada. La interpelación es de Néstor Kirchner y, aunque el recorte puede parecer un tanto caprichoso –en definitiva, ¿qué elección no lo es?–, condensa bien lo que se propuso Mario Wainfeld con su libro, un ensayo que, pendulando entre la crónica y la biografía, evoca la figura del expresidente, pero entendiéndola como causa y consecuencia de un determinado momento histórico. «Haciendo un inventario de los veinte momentos más impactantes de la historia política de Néstor Kirchner, uno puede señalar que en algunos la voluntad de no ceder fue una virtud. Pero mi impresión es que Kirchner y Cristina extremaron el punto de no ceder en el accionar cotidiano, y eso a veces puede ser un error».
Wainfeld habla con una verborragia efusiva, pero con pragmatismo y ejemplos llanos, que permiten pensar la política ahí donde se juega el minuto a minuto. ¿Fue Kirchner protagonista de sus decisiones? ¿Lo ha sido Cristina? ¿Constituyó su forma de ejercer el poder su principal límite? Son algunas de las preguntas que va desgranando sin perder de vista el contexto actual, marcado por la enorme incertidumbre ante las legislativas de medio término y lo que fue el primer año de gestión de Cambiemos, que culminó con una renuncia clave como la del ministro de Hacienda y Finanzas. Wainfeld, sin embargo, matiza: «No sobreinterpretaría estos cambios. El gobierno claramente tiene la intención de ajustar, más allá del funcionario que esté al frente de Hacienda».
–¿La salida de Alfonso Prat-Gay debe interpretarse más como resultado de diferencias dentro del Gabinete que como una reorientación en las políticas económicas?
–Por lo pronto no centraría el debate en Nicolás Dujovne, si está a la derecha de Prat-Gay o no. Hoy hay dos cuestiones centrales en la agenda económica que son el nivel de asignación del gasto y una virtual reforma laboral. Y esto está planteado desde antes. De hecho, la reforma la planteó (Jorge) Triaca, y no creo que eso vaya a cambiar. Entiendo, además, que las que más hablan son las cifras, los números de la inflación, los niveles de recesión y desempleo. Y, en este sentido, estaría lejos de hablar de fracaso, la mayoría de los objetivos que se planteó el oficialismo los consiguió. En mi opinión, Prat-Gay fue un funcionario consistente, protagonista de acciones determinantes, como una toma colosal de deuda externa, el acuerdo con los fondos buitre y una apertura del llamado «cepo», mezclada con una baja de las retenciones. Medidas que tendieron a una concentración del ingreso y a una redistribución salvaje contra los trabajadores. Y Prat-Gay fue eso, cumplió una etapa inicial marcada por un brutal cambio en el mapa económico del país. No creo que haya sido gradualista, como algunos intentan plantear, y no creo que su salida signifique en sustancia grandes cambios en la política económica, más allá de aquellos que imponga la correlación de fuerzas. En esta dirección, creo que el macrismo se enfrenta con dos cuestiones. Por un lado, su deseo de perduración política, que no veo que puedan llegar a resolver por la naturaleza de su gobierno. Por otro, un Poder Ejecutivo muy fragmentario, y esto sí puede tener que ver con el cambio de ministro.
–¿A qué se refiere?
–Está organizado por numerosas carteras o figuras, que muchas veces incluso superponen sus funciones. Por ejemplo, no hay autoridad económica. Ojo, es una discusión que el kirchnerismo atravesó también. Pero en este caso la economía real no aparece ni siquiera nombrada. «Ministro de Hacienda» es aquel encargado de administrar los recursos.
–¿Y cuál es su balance de este primer año del gobierno de Cambiemos?
–Como decía, el macrismo hizo bien lo que más le interesaba, que es gobernar para los ricos, produciendo una gigante transferencia de ingresos. En realidad, son medidas fáciles de tomar en un sentido: son muy gravosas para ciertos sectores sociales, pero muy sencillas en su gestión. Si uno les quiere pagar a los fondos buitre y tiene plata, lo hace. Endeudarse es sencillo en el mundo actual. Las consecuencias son letales, pero a largo plazo. Por otro lado, seguramente el macrismo quería bajar la inflación. Ninguna fuerza está integrada por sádicos.
–El ministro de Energía, Juan José Aranguren, no parece un buen ejemplo…
–No, pero ojo, es un defensor de intereses. Si pudiera compatibilizar beneficiar a Shell, por ejemplo, y que la gente pague tarifas decorosas, lo haría. Además todos los políticos quieren otra cosa: Macri quiere ganar las elecciones. Ahora, una de las facetas de la actividad económica que el macrismo tenía como promesa, y que yo pensé que iba a hacer y que no hizo, es la obra pública. Porque si vos contraés tal nivel de deuda y adquirís liquidez, con esa liquidez promovés obra pública, dado que genera empleo, y no especialmente bien remunerado y estable, es decir, el tipo de empleo que quiere promover el macrismo. Imagino que ha sido una mezcla de incompetencia de gestión, novatada y ciertos temores respecto del clima de sospecha que ellos mismos acicatearon. Porque, ¿cómo se hace obra pública sin sospechas y sin denuncias de los que perdieron? El que perdió te va a llevar a Tribunales, y hoy los jueces están muy excitados.
–Justamente, ¿el gobierno no le está dando un capital excesivo a la Justicia? Quedar en manos de los jueces federales o de Elisa Carrió prácticamente suena a suicidio.
–El gobierno forma parte de una coalición muy vasta y rara, donde el núcleo duro del oficialismo sacó el 30% y el resto son agregados. Y lo cierto es que ni Carrió ni el Poder Judicial son controlables, por el contrario, son autónomos. El poder de Carrió me parece, eso sí, que es más neutralizable. Es decir, el gobierno y los medios decidieron darle aire, pero creo que, si quieren, la pueden sacar de la pista con relativa facilidad. Y si a Carrió le sacan el micrófono, pierde el 80% de su influencia. Creo, además, que el oficialismo cometería un error si la pone como candidata porque es un personaje que suscita adhesiones y rechazos muy fuertes. En cuanto a los jueces federales, no son animales domesticados ni peones, son un sector con poder propio que administran de manera muy salvaje. Es un aliado difícil, y el oficialismo creo que lo sabe.

 


 

–¿Cómo evaluaría al macrismo en materia política?
–Pensando en perspectiva, sacó más ventaja de la disgregación de la oposición de lo que se esperaba. Me parece que los que pensamos que iba a hacerlo de forma distinta fuimos un poco ingenuos. Ojo, tampoco fueron Maquiavelo y Richelieu. Hicieron política bien, trabajaron dentro de las líneas internas de los adversarios y articularon mucho con gobernadores e intendentes… Me parece que ahí había dos cuestiones que en el tablero previo no se tuvieron en cuenta. Primero, era más imaginable que ganara las elecciones nacionales que la provincia de Buenos Aires. Al ganar las dos se generó un desequilibrio territorial. A la vez, si bien lo que pasó dentro del kirchnerismo no ha sido una diáspora más grande que la que sufrieron otras fuerzas cuando perdieron elecciones, el macrismo lo supo explotar bien. Por otro lado, si bien uno esperaba un asedio judicial y la actitud de los grandes medios, sorprende el grado de persecución y virulencia contra Cristina y un hecho que creo que constituye un hito, así como su perduración, que es la prisión de Milagro Sala. En definitiva, el macrismo puso presa a una dirigente social por causas políticas hace un año y la sostiene con un costo simbólico proporcionalmente bajo.

 

El que supo
–Al comienzo de su libro se pregunta si Néstor Kirchner tenía que pasar en el 2003. Invierto el planteo, ¿podría haber existido, por ejemplo, en 1999?
–Creo que algunas de las grandes y graves decisiones que tomó Fernando De la Rúa posiblemente no las hubiera tomado. Hay algo que en ese momento tenía que ocurrir, que era la explosión de la convertibilidad. La salida era difícil. ¿Cómo la hubiera hecho Kirchner? No lo sé, pero creo que lo hubiera pensado distinto. Es cierto que ya cuando asume, si bien tenía algunos factores en contra  –la crisis aún era honda y habían pasado 4 años terribles–, a la vez había algunos elementos de oportunidad. Básicamente, un aumento del valor de las materias primas y una salida ya concretada de la convertibilidad, es decir que una parte de los costos ya se habían pagado.
–La pregunta inevitable entonces es si un líder es o lo hacen determinadas condiciones históricas. Según la reconstrucción que hace de cuando conoce a Kirchner, lo recuerda como un dirigente parco y con cierta torpeza…
–Lo que recuerdo es que Kirchner, en la primera entrevista que hicimos, formuló anuncios muy interesantes, sobre todo referidos al canje de deuda. No diría que no le creí… Lo que no vi tal vez era esa posibilidad que él sí entreveía. Y en esto me parece que sí está la capacidad del dirigente político, del gobernante, de ver por lo menos una punta, un ápice de posibilidad donde el otro no lo ve. Yo creo que Kirchner tenía algunas ideas de lo que quería hacer, de cómo quería gobernar.
–Según su opinión, una de las características centrales en el ejercicio de poder de los Kirchner es la de no (con)ceder. ¿Ese se volvió su principal límite?
–Haciendo un inventario de los veinte momentos más impactantes de la historia política de Néstor Kirchner, uno puede señalar que en algunos esa voluntad de no ceder fue una virtud, que le permitió resultados totalmente inesperados. Otras veces se constituyó en una traba. Ahí también hay una idea de liderazgo y conducción política muy presente en el peronismo. Pero mi impresión es que Kirchner y Cristina extremaron el punto de no ceder en el accionar cotidiano, y eso a veces puede ser un error. Es curioso, porque Kirchner decía, como decía Perón, que ninguna figura controlaba todas las variables.
–Ya que lo menciona, la relación del kirchnerismo con el peronismo ha sido oscilante. Usted dice que Néstor buscó superar al PJ. ¿El error de Cristina fue querer confrontarlo?
–Kirchner lo confrontó también en un momento, en la interna en la provincia de Buenos Aires contra Chiche Duhalde. Fue una confrontación directa que iba mucho más allá de las candidaturas provinciales, era prácticamente por el liderazgo del peronismo. Para mí lo que es criticable casi desde el comienzo del tercer gobierno kirchnerista, es decir del segundo mandato de Cristina, fue haberse cerrado mucho en los límites de la propia fuerza. Perdió aliados, en muchos casos de forma deliberada, y no se amplió para otros lados. Creo que se confió mucho en la capacidad aglutinante de la nueva conformación y ahí hubo un cálculo flojo. De hecho, estas pérdidas, vistas electoralmente, en cierta medida quedaron chicas.
–¿A qué se refiere?
–A que el resultado electoral de 2015, en relación con los aliados que se perdieron, podría parecer hasta bueno. Lo que demuestra la adhesión que el kirchnerismo todavía podía concitar. Ahora bien, estas pérdidas también se pagan luego de la derrota electoral.
–Bueno, uno de los grandes problemas que señala dentro del kirchnerismo es su incapacidad por generar nuevos cuadros. ¿Esto se vio reflejado en las últimas presidenciales?
–Me parece que Scioli en el momento en que se eligió no era menos pertinente que la mayoría de los candidatos que andaban dando vueltas por ahí. El problema es previo y es más general. Por lo pronto hay una limitación que atañe a los movimientos en general, y es que es muy difícil legar el carisma. El kirchnerismo enfrentó en estas presidenciales un problema que había enfrentado en todas las parlamentarias: no tener figuras atractivas propias. De hecho, la saga de Scioli con el kirchnerismo empezó en el 2003. Algunos dicen que fue Duhalde quien se lo puso a Kirchner, otros que Kirchner lo empujó para frenar a Lavagna. Pero si fue decisión de Kirchner, lo hizo porque quería sumar votos, no porque apreciara al personaje.
–Visto de otra manera, también podría afirmarse que la condena de Scioli ha sido el propio kirchnerismo.
–No me explayaría mucho en Scioli. Perdió una elección nacional siendo candidato del peronismo. Eso no es gratis, y quien la perdió nunca consiguió volver.
–Lo que conduce a preguntarse qué va a pasar entonces con Cristina.
–Pero Cristina no fue la candidata. De cualquier forma, el Frente para la Victoria sufrió una derrota grave y de eso es difícil volver. Y no es que Cristina no esté pagando los costos. Hoy no se piensa que podría ganar una elección nacional. Aunque también es cierto que en realidad no se sabe quién podría ganarla. No obstante, a diferencia de otros presidentes, conservó cierto capital. Si miramos para atrás, todos los presidentes que perdieron elecciones quedaron muy mellados en sus posibilidades de convocatoria. Tomemos el caso de Alfonsín y Menem, para no citar aquellos que terminaron de manera catastrófica. Menem conservó algún potencial, sacó el 25% en 2003, pero estaba lejos. Y Alfonsín, siendo una figura con mucho prestigio, nunca recuperó su capacidad electoral. Cristina en este sentido está mejor posicionada.
–Bueno, ningún presidente en estos últimos 30 años dejó el poder con una Plaza de Mayo llena como la que protagonizó Cristina Kirchner. Ahí podía verse un capital acumulado que, sin embargo, hoy parece diluido. ¿Cuáles cree que son las razones?
–Es que yo creo que esa masa la acompaña todavía. Incluso han dado muestras como cuando hicieron un acto impactante en Comodoro Py, bajo una circunstancia poco feliz. Sin embargo, no dejan de ser sólo una fracción. Acá lo que no hay que perder de vista es que el kirchnerismo siempre ha tenido una capacidad de movilización alta. Ahora lo que hay que ver es cómo se da eso en relación con su capacidad electoral, donde vota mucha gente que no se moviliza.
–¿Es posible pensar hoy un acuerdo electoral entre el kirchnerismo y el PJ?
–De profecías me abstengo… (se ríe).
–Por lo pronto, divididos le dejan demasiado terreno a Sergio Massa.
–No, no creo eso. No me parece clavado que Massa los pase por encima. Me parece que hay que tomar mucho en cuenta el diseño de las elecciones, porque en realidad la elección de senadores y diputados es una sumatoria de elecciones provinciales. En este contexto, si me preguntás si es factible que haya una coalición Frente para la Victoria con el PJ para los 24 distritos, me parece muy difícil. Cada distrito tiene su lógica y eso no va a suceder. El gran núcleo, claro, es la provincia de Buenos Aires, que es el lugar donde además el kirchnerismo puede apostar fuerte. Esto sería que vaya Cristina como candidata. A mí me parece que Cristina con un mínimo armado político es una gran candidata y puede ganar en una elección reñida. Y si no va Sergio Massa de candidato, tendría un potencial altísimo.