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El lado social de la ciencia

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Érika Cuéllar, bióloga boliviana, habla sobre su proyecto para evitar la extinción del guanaco en el Gran Chaco y la necesidad de que las investigaciones incluyan a los pobladores involucrados.

De paso por Buenos Aires –invitada a cerrar un congreso de Mastozoología en el Museo de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia–, esta bióloga boliviana ha sido reconocida internacionalmente por su trabajo por evitar la extinción del guanaco en la zona del Chaco boliviano, paraguayo y argentino. Con una maestría de la Universidad de Kent y doctorada en Oxford, obtuvo para su proyecto científico el financiamiento de la Whitley Fund for Nature y el premio Rolex en la categoría Medio Ambiente. Antes de viajar a la India a recibir el galardón, Érika Cuéllar dialogó con Acción sobre la frágil situación de esta especie característica de Sudamérica y sobre los aspectos sociales que inciden en el trabajo de campo de los investigadores.
–¿Por qué, como bióloga, elegiste trabajar con las poblaciones de los guanacos del Chaco boliviano?
–En Bolivia hay una población muy pequeña de guanacos: 200 más o menos. Entonces, es uno de los mamíferos que tiene más problemas de conservación, es el que está más próximo al peligro de extinción. Trabajé en esta zona a partir del año 1996 y una de las prioridades de conservación era esta especie, por lo que me dediqué a estudiarlos desde 2001 e hice mi tesis doctoral con este tema. Es uno de los dos camellos silvestres que tenemos en Sudamérica; el otro es la vicuña. El guanaco ha estado ampliamente distribuido en Sudamérica, pero en Bolivia, donde era común, por lo menos en los últimos 100 años, no hay más que esa población de 200 individuos. La especie ha sido diezmada en todo el país.
–¿Eso es debido a la caza o a otros factores?
–Son varios: es por la cacería, la competencia con el ganado doméstico y también por el cambio en el hábitat. El Chaco enfrenta un problema ecológico que también está afectando a otras partes del mundo y que es la arborización de las pampas. Esta es una especie que ha evolucionado en espacios abiertos y ahora su hábitat se está transformando en bosque impenetrable y se tiene que adaptar a un ambiente totalmente diferente. La otra causa importante es que en los últimos 40 años ha sido cazado en forma indiscriminada.
–Esto sucede en el Chaco boliviano. ¿Conocés cuál es la situación en el Chaco argentino?
–En marzo de 2008 fuimos invitados como equipo por un grupo de argentinos que ya venían observando y estudiando la población relicto (población sobreviviente de una que fue abundante en determinada área). Así estuvimos trabajando en la zona donde se asienta el guanaco en Argentina, que es muy similar a la del Chaco en Bolivia. Son poblaciones aisladas y al ser muy pequeñas no se pueden reproducir, no pueden migrar. Entonces, es una situación que las aproxima a la extinción. En Paraguay ayudamos a redescubrir la especie en 2004, ya que ellos la consideraban extinta. Trabajamos con un equipo de biólogos de Paraguay y ellos pusieron unas cámaras-trampa y pudieron fotografiarla. Recuerdo que fue un boom en ese país. Hacía como 50 o 100 años que no había sido reportada; pero la especie está ahí.


–¿A qué se debe la arborización de la que hablabas?
–A varios factores. Uno de ellos es el aumento del dióxido de carbono en la atmósfera. En ese caso tiene que ver con el cambio climático, pero no podría decirse «es» por el cambio climático, que sí provoca muchas situaciones en el ambiente. Otra puede ser la mayor precipitación, que hace que los árboles tengan mayor capacidad de recubrirse y los pastos no pueden competir contra eso. Otro factor de incidencia es que la ganadería, por la compactación del suelo de la zona, hace que existan algunas especies vegetales que pueden sobrevivir a esa nueva estructura de suelo, pero no las especies nativas. Otra causa es que cambia la química del suelo. Normalmente las pampas tienen fuegos naturales porque tienen una materia combustible para quemar, pero cuando cambia la vegetación existen especies que no permiten que haya biomasa (materia orgánica utilizada como fuente de energía). O sea, no hay material combustible. Entonces, cuando viene el fuego, hay parches que se queman y otros no.
–¿Esto afecta también la alimentación del guanaco?
–Sobre todo al movimiento. Porque son animales grandes que necesitan correr. Además, el guanaco no se reproduce bien. Hemos estado siguiendo parejas y grupos y no reproducen. Los grupos que reproducen son los que están en los parches más abiertos, porque todo es sobrevivencia. Es evolutivo, tienen una copulación muy larga y necesitan hacerla en lugares abiertos porque los depredadores siempre están ahí. O sea, no pueden estar pensando en otra cosa y por lo tanto las parejas no están reproduciendo en esa zona. Hay grupos que sí, y no creo que sea coincidencia que los que están en los lugares más aptos estén en mejor estado. Y no hay mucho más dónde ir. Entonces nuestra propuesta durante estos últimos años fue hacer experimentos utilizando el fuego y diferentes cargas ganaderas para ver cuál era la mejor forma de recuperación del ambiente.
–¿En qué consiste específicamente tu proyecto de protección del guanaco?
–Son varias partes. Tiene un componente social, que es la formación de parabiólogos, porque en esa zona está el pueblo indígena izoceño-guaraní. Ellos son dueños de parte de ese territorio y han sido coadministradores de un área protegida de casi 3,4 millones de hectáreas durante 10 años. Gracias a ellos y a una organización no gubernamental se logró la protección de toda esa superficie de bosques tropicales secos. Es la mayor extensión de este tipo de bosque en el mundo que se encuentra protegida. Este grupo indígena coadministró con el gobierno durante ese lapso esta área protegida y ha sido un ejemplo para Latinoamérica. Es una etnia muy bien constituida; tiene una estructura política y social muy organizada. Los guanacos viven en parte de estos territorios y en parte de la frontera con Paraguay. Lo que hicimos con el equipo fue trabajar con la población mediante una capacitación que duró muchos años y ellos lograron obtener certificados como técnicos reconocidos por el gobierno. Esto era algo que yo quería, porque muchas veces los proyectos científicos se terminan y no tienen ningún reconocimiento de nadie. Este es un tema que particularmente me interesa y que siempre he desarrollado. Digo, la parte social de mi trabajo, porque normalmente, cuando los proyectos de investigación se desarrollan en zonas donde hay gente local viviendo, se contrata a las personas como guías, como ayuda de campo. Y la verdad es que ganan muy poco.
–¿Proyectos de investigación a nivel estatal o privado?
–A nivel general. La gente local, que son los conocedores de la zona, siempre es contratada por poco y nada. Es mano de obra barata. Sin embargo, con la ayuda de estos pobladores los científicos pueden obtener datos increíbles, pueden publicar investigaciones que les sirven de currículum para su carrera y demás. Yo, por ejemplo, soy una de las personas que logró la tesis doctoral con estos datos. Normalmente, la gente local, la gente del campo, la gente indígena, es considerada como que no tiene una mayor capacidad. Y a mí me parece muy injusto esto, cuando en realidad no es así, cuando vos sabés que aprendiste el 99% de ellos y el 1% en la universidad. Obviamente, en la universidad se aprende mucho, pero el conocimiento de estar en el campo y desarrollar la investigación no puede lograrse sin una persona que conozca el monte. Te morís, así de simple. Es increíble la forma en que combinan el conocimiento nato del bosque y un poco de conocimiento de técnicas. Y son jóvenes a los que si les das un trabajo les resulta una alternativa a la migración a las grandes ciudades a emplearse como zafreros, por ejemplo, que es muy común, les pagan muy poco, los tienen 7 meses trabajando a destajo y vuelven con una bicicleta, una radio, vicios y deudas por todas partes, pues se relacionan con situaciones que en sus comunidades no existen. A mí me molestaba mucho que se perdiera ese potencial de recursos humanos que tenemos. Y en Bolivia más del 60% del país tiene sangre indígena. Entonces, lo que pretendo es que toda ONG que tenga un presupuesto para investigación y conservación, destine parte de este a una capacitación real. Quiero que esa gente, cuando se termine el proyecto, pueda obtener algo del mismo para mejorar su vida. Durante la capacitación para ser parabiólogos para mí es obligatorio que aprendan a conducir un vehículo. Porque si no trabajan como parabiólogos, por lo menos podrán hacerlo como choferes.
–¿Es complicado transmitir conocimiento científico a los pobladores?
–Muchos no saben leer ni escribir, pero eso no fue un impedimento. Lo que más costó al principio fue el hecho de ser mujer. Es una sociedad donde las mujeres no van al campo, no trabajan con cazadores en las noches ni están en el monte 20 días. Entonces al inicio fue muy difícil que me aceptaran. Especialmente por parte de las mujeres, porque yo trabajaba con sus maridos.  Era muy complicado y eso no te lo enseñan en la universidad. Y también para ellos, por el hecho de tener una jefa mujer. Hubo veces en que he tenido a 30 hombres en mi campamento a 300 kilómetros de la ciudad, casi en la frontera. Considero que he tenido mucha suerte de encontrar gente así, que es muy especial, muy humilde, muy humana. Entonces, una vez que entienden por qué estás ahí, te aceptan, porque están cansados también de los proyectos que llegan, recaban datos, se van y nunca más aparecen.
–Y los pobladores que vos formás, ¿están capacitados para transmitir sus conocimientos a su propia gente?
–Ese es el tema. Los parabiólogos que hemos formado tienen la obligación de transmitir su trabajo a las comunidades. Sólo que son ellas las que los eligen. Eso también es importante. No se trata de cualquier persona que viene y se emplea con nosotros sino que es la comunidad la que los elige y los apoya, porque los guaraníes tienen una dinámica social muy interesante. Cuando se terminó el proyecto presenté una propuesta al Whitley Fund for Nature en Inglaterra en el año 2007, la cual gané. Y de lo que se trataba era de formalizar la capacitación técnica a los pobladores con un curso homologado por el Ministerio de Educación de Bolivia. Lo que yo quería era que ellos obtuvieran un certificado y que fueran reconocidos. Entonces, me asocié con un instituto que era aceptado por el gobierno y ellos monitorearon el curso. Fueron 8 meses intensivos, 20 días al mes en el campo, 11 módulos, desde matemática básica a biología y demás. Aprendieron a usar los microscopios porque también quería que apreciaran qué es ser un biólogo. Hicieron un curso intensivo de primeros auxilios dado que es bueno para la vida de ellos, porque muchos niños se mueren por accidentes y nadie puede ayudarlos. Y después todo lo concerniente al estudio de las aves, todas las técnicas, el manejo del GPS, computadoras y demás. Pasaron por todos estos cursos. Hicimos una evaluación pre-curso y otra post-curso. Fue teórico y práctico. Tenían que estudiar en español y dar exámenes. Y fue súper duro para ellos, porque no son chicos que han estudiado.
–¿Creés que un proyecto como el tuyo es suficiente para salvar la especie?
–La idea de desarrollar este proyecto –tanto en la parte social como en la ecológica– es mostrar un poco la situación de una especie en un estado de conservación crítico y lo que se está haciendo para mejorarlo. No pienso que trabajando yo sola en Bolivia se pueda ayudar a la especie como tal porque las poblaciones no conocen divisiones políticas. Entonces, si nosotros trabajamos con tres países porque hay tres poblaciones aisladas, creo que va a ser de mayor beneficio para la especie. Por ejemplo, entre Paraguay y Bolivia no hay mucha distancia. Y si logramos crear un corredor biológico hay potencial y oportunidad para ellos de expandir las poblaciones. Creo que tengo bastante apoyo con organizaciones de Paraguay y acá en Argentina también, por eso voy a Córdoba y a La Rioja, que es donde está el guanaco, para intentar encontrar aliados.
–¿Hubo mejoras en Bolivia en lo que respecta a ciencia con la administración de Evo Morales?
–Sí, claro. En los últimos 15 años ha habido un boom en el conocimiento de lo que tenemos. Bolivia es un país muy rico en cuanto a recursos naturales. Y relativamente muy bien conservado todavía, porque es poca la gente, la población humana en relación con la extensión del territorio. Pienso que todavía no se ha potenciado el recurso humano que tiene el país. Mi propuesta para el gobierno de Bolivia es que intentemos crear una estructura como tiene Argentina de apoyo a la ciencia. En octubre me dieron un premio a la mujer de la ciencia de la Academia Nacional de Ciencias de Bolivia, lo que para mí es increíblemente importante porque viene de mi propio país. Eso demuestra que existe un aprecio por el trabajo y por la mujer. Creo que estoy en una etapa muy importante de mi carrera profesional. Hay mucha gente interesada. Y eso demuestra que lo que estoy haciendo es algo que es importante desarrollar.

Marcelo Torres
Fotos: Horacio Paone