Voces

«El miedo inmoviliza a los pueblos»

Guillaume Long, ministro de Cultura de Ecuador, reinvidica el rol de la educación como factor de desarrollo autónomo y destaca los avances de la Revolución Ciudadana.

Escándalo: Correa nombra a un chef suizo en el Consejo Académico de Altos Estudios». Antes de ser ministro de Cultura de Ecuador, Guillaume Long ya había probado las amargas mieles por parte de la prensa, culpa de un homónimo cocinero y dibujante europeo, que hasta tiene su misma edad. «Aún hoy intercambiamos por Twitter mensajes que llegan para mí y son para él y viceversa, nos reímos mucho», dice el Long latino. Con 38 años está desde marzo al frente de una cartera creada en 2007 por la que ya pasaron 8 ministros. El funcionario tenía amplia experiencia en el campo educativo y formaba parte del gabinete nacional desde mayo de 2013, al frente del llamado Ministerio de Talento Humano. Su principal objetivo es desarrollar en su país «un sistema nacional de cultura».
–¿Por qué un sistema?
–Nosotros, en el Gobierno de la Revolución Ciudadana, hemos sido bastante sistémicos. Dentro del equipo de Rafael Correa hay mucha gente –y me permito anotarme entre ellos– que es bastante estructuralista en su acercamiento a la política pública. Vengo de una experiencia de casi 5 años de trabajar sobre todo el tema de educación superior, donde había una ausencia absoluta de sistemas, donde cada universidad era básicamente una isla, con un autonomismo fundamentalista, a espaldas de lo público y a espaldas del contrato social, sin rendición de cuentas, sin rol que jugar en el desarrollo nacional. Frente a eso, pensamos desde el inicio que vamos a ir hacia una economía del conocimiento, hacia un cambio de matriz productiva, pensando en el rol importante que tenemos que jugar en la educación, en la educación superior, para alejarme de la materia prima, y una economía mucho más diversificada y rica.
–¿Este reordenamiento se inició hace 8 años?
–Parece mentira, pero recién en 2007 tuvimos un Ministerio de Cultura. Hasta entonces, la cultura en Ecuador se basaba en dos pilares. Uno más conservador, que era el Banco Central, que además era un rol que jugó en muchos países de América Latina. Para hacer fuertes a las monedas locales, los bancos compraban oro. ¿Y el oro qué era? Bueno, eran artesanías, sobre todo en los Andes. Eran objetos arqueológicos. Entonces empezaron a reunir piezas patrimoniales, lo que con el correr de los años significó que empezaran a volverse grandes coleccionistas de arte.
–Algo así como una privatización encubierta…
–Bueno, el Banco Central era y es una institución pública, pero de facto se trataba de un patrimonio que era privatizado, porque los cuadros colgaban de las oficinas de los banqueros; no se veían nunca. Hasta se crearon museos dentro del lugar. Pero no era ese el rol fundamental del Banco Central. El rol fundamental del Banco Central era emitir moneda.
–El Estado, desde el ministerio que usted encabeza, ¿cómo intervino ante esta situación?
–Acabamos de decidir el traspaso de 645.000 bienes culturales que pertenecían al Banco Central del Ecuador. Nuestro ministerio asume la responsabilidad de estos bienes en cumplimiento de una de sus atribuciones y responsabilidades, que es la de la salvaguarda de la memoria social y el patrimonio cultural del país. Estas piezas constituyen un tesoro enorme: se encontraban en 14 museos, 10 fondos documentales y archivos, 13 reservas, entre arqueológicas, artísticas y etnográficas, y 11 bibliotecas.
–Al asumir usted dijo que la cultura debía ser pilar de la raíz productiva de su país. ¿Cómo planea este desarrollo?
–En principio, entendiendo que la palabra «economía» no es necesariamente una mala palabra y que, además, no tiene que necesariamente castrar o mermar la creatividad artística. Si bien Ecuador no es una potencia cultural, seguimos siendo buenos consumidores de cultura. Hay que fortalecer el crecimiento de la industria cultural, sobre todo cuando los grandes polos productores de cultura son potencias del norte, el 12% del PIB de Estados Unidos son industrias culturales. Nosotros solo llegamos al 1%. ¿Qué decía Antonio Gramsci sobre el imperialismo cultural, sobre la hegemonía? Mucho más fácil dominar pueblos a través del consenso que a través de la coerción. Y el consenso se crea a través de sueños compartidos culturales, el sueño latinoamericano entre otros.  Para eso es que estamos tomando medidas muy concretas.
–¿Cuáles?
–Estamos empezando a invertir fuertemente en el sector cultura. Acabamos de crear una Universidad de las Artes, que no existía en Ecuador y es muy importante. Es un proyecto en el que he estado personalmente muy involucrado. Destinamos más de un millón y medio de dólares para impulsar 125 proyectos culturales y 48 festivales artísticos, en una convocatoria a Fondos Concursables para ecuatorianos dentro y fuera del país. Vamos a intervenir en el cupo de difusión de producciones independientes en la televisión abierta. La Ley de Comunicación establece que un 10% del espacio debe destinarse a ese tipo de productos, pero no se está  cumpliendo.
–¿Qué pasa con la Ley de Cultura, sancionada hace 7 años?
–Hay que ser muy autocrítico y sincero. Después de nuestro proceso Constituyente, después de nuestra nueva constitución, en 2008, caímos en la vorágine de convertir esa Constitución en leyes orgánicas. Y nos quedaron cosas pendientes. Estábamos haciendo, sí, reglas sobre nuestro contrato social, las reglas del juego con las que íbamos a vivir y se sancionaron muchísimas leyes. Una de ellas es la Ley de Cultura, que por una serie de errores propios, de rivalidades y boicots no se pudo instrumentar. Mi gestión va a tener que lograr el pleno funcionamiento de esa ley.
–Su gestión también propone plantear una contrahegemonía cultural. ¿A qué se refiere?
–Mi antecesora, la ministra Erica Silva, planteaba la descolonización de las artes. Me gusta ese término, pero hablo de una contrahegemonía porque a veces tenemos un rechazo un poco chauvinista a lo eurocéntrico. Esto es muy importante todavía, más en un contexto andino, donde lo indígena y la colonia juegan aún un rol traumático. Cada pueblo tiene traumas distintos, pero creo que el tema de la colonia y del triunfo de la «civilización», entre comillas, europea sobre el genocidio indígena, nos marca mucho. Pero creo que en el siglo XXI, además de la descolonización, tenemos que hablar de contrahegemonía, porque los grandes temas civilizatorios del siglo XXI no oponen los pueblos ancestrales indígenas al Occidente, sino que oponen los pueblos a los grandes retos internacionales globales, como la supremacía del capital sobre el ser humano cuando debe ser absolutamente al revés, la supremacía del ser humano sobre el capital. Todas estas cosas son para mí las que trascienden.
–Son universales.
–Son universales, exactamente, y tenemos que ir hacia lo universal, y para mí lo contrahegemónico es una respuesta universal a los problemas. Ahora, eso no significa que no tengamos que descolonizarnos. Tenemos una suerte de racismo institucionalizado que se expresa en términos comunicacionales y culturales. Tú no vendes un crédito en un banco con un rostro indígena. Tú vendes un crédito en un banco con un rubio con ojos azules. Tú has visto los protagonistas de las telenovelas, no se parecen mucho a la gente que camina por la calle. En ese sentido sí creo que cabe hablar de descolonización pero en el sentido más amplio de luchas políticas prefiero hablar de contrahegemonía.

–¿Cómo juegan los grandes medios de comunicación en ese contexto? Leímos en la prensa ecuatoriana que usted se proponía «expropiar» la libertad.
–Fue una frase que no solo se sacó de contexto, sino que se presentó a los lectores fraccionada, sin mi argumentación. Era un ejercicio de comparación con la famosa imagen weberiana (por Max Weber, filósofo alemán) del monopolio del uso legítimo de la fuerza por parte del Estado. Era una reflexión académica. En Ecuador hay un monopolio de la palabra «libertad». La ultraderecha liberal se ha arrogado el derecho de monopolizarla. Con esa perspectiva decía yo que desde la izquierda tenemos que dotar de contenido a esa palabra liberal, y no podemos dejar que solamente la oposición se luzca con esa apropiación.
–Lo de la «falta de libertad» es algo que también escuchamos mucho en la Argentina.
–Sí, por supuesto, nosotros también. Y además es una libertad mal entendida porque es una libertad negativa, la libertad de «hago lo que me da la gana», libertad de no pago impuestos, libertad de me paso el semáforo en rojo, libertad de que no me regulen. El anticontrato social. El mundo no de los comunes sino de los anticomunes. Y nosotros por supuesto pensamos que no existe libertad sin igualdad de oportunidades. Esa idea de competir en libertad cuando el uno empieza en la terraza y el otro está en el subsuelo es una falacia, que también se basa en esta noción de libertad. Y finalmente creemos que la libertad por supuesto es fundamental, pero tiene que basarse en un concepto fundamental de justicia. La justicia es el primer paso para alcanzar la verdadera libertad. Se construye sobre la igualdad y sobre la justicia. Muchas veces la derecha quiere hacernos caer en la trampa de la dicotomía entre igualdad y libertad, y nosotros pensamos que se tienen que configurar las dos cosas. Si vivimos entre iguales vamos a poder realmente ser verdaderamente libres.
–¿Cómo acompaña la cultura ese camino, el camino hacia la vida entre iguales?
–Creo que la emancipación de los pueblos pasa por muchos caminos. El miedo es un enemigo fundamental. Lo decía hasta Franklin Delano Roosevelt (4 veces presidente de Estados Unidos, entre 1933 y 1945): «Hay que tenerle miedo al miedo». El miedo inmoviliza a los pueblos y es además una herramienta, ahí sí un arma cultural que usan muchísimo los medios de prensa. Entonces agitan el temor sobre lo que pasa en Venezuela, se refieren al miedo a la «cubanización», el miedo al populismo. Cada vez que el presidente Correa señala a algunos medios como irresponsables por no informar bien, cada vez que los apunta por ser medios de propaganda para la oligarquía, los diarios lo presentan como autoritario.
–Parece difícil avanzar frente a este tipo de obstáculos.
–Difícil, sí. Pero creo que uno de los mayores problemas de la región en general y de nuestro país en particular es que no tuvimos proyecto de Estado nación durante muchos años. En Ecuador ese proyecto no existió hasta que llegó la Revolución Ciudadana, que es un momento refundacional de la patria. Creímos mucho más en el sueño americano, en verdad, el sueño norteamericano, que en la patria grande, que en el sueño latinoamericano. Nuestras elites, ya no solamente nuestras elites sino incluso nuestros pueblos, es triste de decirlo, consumían mucha más cultura y noticias de Estados Unidos que de Colombia o Perú, sus países vecinos. Creo que la integración latinoamericana también significa dar esa batalla cultural. O sea, empezar a pensar las institucionalidades de nuestro hemisferio desde América Latina, pensar el derecho internacional desde América Latina, pensar el flujo comercial desde América Latina, es un cambio cultural muy fuerte. Y no es solamente ensalzar a Bolívar, San Martín y Sucre. Eso es importante porque es parte de la memoria social de los pueblos pero eso es un punto de partida para entender que si nos dividen, reinarán. Y uno puede tomar ejemplos puntuales. Dos plantaciones de banana, una en Colombia y una en Ecuador, compiten. La que más bajos sueldos pague va a ser más competitiva en el mercado internacional. Entonces una cosa muy simple para resolver este tema es llegar a un acuerdo entre las dos plantaciones para que paguen los mismos sueldos.
–Ya no globalizar sino regionalizar y asociar.
–Claro. Y puedes elevar esa discusión a niveles más sofisticados sobre temas de propiedad intelectual, sobre patrimonio biogenético de la Amazonia. Si protejo mi patrimonio biogenético en la Amazonia pero Colombia, que tiene muchas especies muy parecidas a las nuestras, abre la zona para que se dé el mayor abuso de biopiratería, seguiremos con esta misma lógica de la carrera hacia abajo. Yo me abro, entonces tú te abres más. Y como tú te abriste más, yo me abro más, y nos estamos prostituyendo ad infinitum. Y eso significa un cambio cultural que incluso afecta a los técnicos economistas negociadores de los tratados comerciales, todo eso, realmente significa una cosa muy profunda, ¿no? No solamente sobre los valores, el sueño latinoamericano, sino sobre cómo pensar en pactos que, en este caso, tendrían que ser con Colombia y no con una potencia extranjera.
–En una de sus primeras fotos como ministro lo observamos apoyando a pintores callejeros de graffitis. Si al finalizar su mandato su gestión pudiera escribirse una despedida en una pared cualquiera. ¿qué frase preferiría?
–(Piensa) Bueno. Si yo te digo: «Dejó establecido un sistema nacional de cultura» suena tecnocrático y no entra en la pared. (Risas) Así que no te voy a decir eso. Si digo: «Permitió el despertar cultural del Ecuador», es demasiado lírico. (Sigue pensando) «Prendió la dinamita cultural», esa me gusta.

Diego Pietrafesa
Fotos: Jorge Aloy