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«El potencial de un país se mide por su ciencia»

Conocer los procesos climáticos de la Antártida permite prever cambios globales. Sebastián Marinsek y su equipo estudian los hielos en la península desafiando el frío.

Todos los veranos un equipo del Instituto Antártico Argentino (IAA) viaja al continente helado con el objetivo de realizar diferentes investigaciones en los majestuosos glaciares que nacen en lo alto de las montañas. El ingeniero Sebastián Marinsek es el encargado de recorrer diversas áreas del sector argentino para colocar dispositivos que ayuden a comprender la dinámica de estos vastos campos de hielo y si existen indicios que apunten a una relación con el cambio climático. Marinsek es especialista en sistemas de radar y procesamiento digital de señales e imágenes digitales y es jefe del departamento de Glaciología del IAA desde 2013; es también un técnico avezado en trabajar en condiciones de clima extremo. En charla con Acción, habla sobre la formación de los glaciares y el desprendimiento de gigantescos témpanos (o icebergs) en la Antártida –un peligro real para la navegación– así como sobre la probable incidencia del calentamiento global en el derretimiento de los hielos polares. «No hay que ser alarmista. Hay que esperar datos certeros», advierte, para poner paños fríos a una cuestión que tiene en vilo a la comunidad científica internacional.
–En diciembre pasado un enorme iceberg se desprendió de la Antártida y anteriormente había sido uno del tamaño de Paraguay, el B-31. ¿Se les hace un seguimiento?
–B-31, por ejemplo, es un  código que se les pone cuando se van separando para poder seguirlos. Después se parte en dos, en tres, en ocho, entonces le ponen un número y letras: B-31AB, ese se partió en dos, 2B-31AB y  así.  Si corresponde se los sigue, como hace el U.S. National Ice Center. De todos modos está bueno que pongan «del tamaño de Paraguay», porque lo buscás en un mapa, comparás y te das cuenta de que Paraguay es bastante grande.
–Se suele alertar sobre un eventual derretimiento de los hielos polares, ¿qué riesgo real hay? ¿Qué ocurriría?
–Solo para darte una idea, si convertís en agua todo el volumen de hielo que está en el continente antártico –en tierra– subiría el nivel del mar unos 50 metros. Si fuera el hielo de Groenlandia serían unos 9 metros.  Pero eso es solamente una aproximación, de la misma manera que se hace esta comparación del tamaño de un témpano con Paraguay.
–¿Dónde se originan estos témpanos?
–En las barreras de hielo y en los glaciares. En la Argentina tenés el Perito Moreno, el Upsala y el Viedma, que son los grandes glaciares de la Patagonia, que están de nuestro lado, porque también hay del lado chileno, del mismo campo de hielo, que tienen muchos desprendimientos que terminan en el agua y se forma un témpano. El glaciar puede terminar en tierra o en agua, ya sea dulce, un lago; o agua salada, en los mares.
–Es decir que las gigantescas barreras de hielo que rodean la Antártida se formarían por los glaciares que están en el continente.
–Exacto. El glaciar es una masa de hielo –de excelente agua potable– que se genera por acumulación de nieve y fluye por gravedad desde el tope de las montañas. Eso ocurre en la parte alta de la montaña, en un lugar que debe tener ciertas condiciones de temperatura, precipitaciones y demás para que la nieve perdure, se compacte y se convierta en hielo y después por el mismo peso una capa de nieve vaya empujando a la otra. Así va fluyendo y termina en el mar.
–¿Qué ocurre una vez que llegó allí?
–El glaciar tiene una dinámica, un aporte de masa de hielo que se transporta de arriba hacia abajo, que es mayor que lo que derrite el agua. Eso hace que el glaciar flote, como el Perito Moreno, el Upsala o el Viedma, por ejemplo. O sea, el glaciar termina en el agua y sigue avanzando y cuando está en contacto con el agua esa parte se derrite más rápido por el intercambio de calor, porque el agua tiene una temperatura y el hielo otra.
–Y el quiebre que lanza semejantes masas de hielo al mar, como los grandes témpanos, ¿por qué se produce?
–Porque por lo general es una lengua de hielo que sale del valle y entra al agua. Allí está apoyando en la tierra y puede ser que se extienda por kilómetros mar adentro y entre en flotación, entonces el glaciar avanza, avanza, y el agua no lo derrite. Así tenés una lengua de glaciar de 50 kilómetros de largo con la punta oscilando hacia arriba y hacia abajo por las mareas. Si no tiene ningún punto de apoyo en el fondo marino, se parte, porque es algo rígido. Tiene cierta viscosidad, unas propiedades físicas que hacen que se deforme pero llega un punto en que se parte. De ahí las grietas que provocan después esos desprendimientos.
–Es decir que a medida que el hielo va fluyendo al mar puede llegar a apoyarse en el fondo.
–Si se deforma lo suficientemente lento el glaciar no se parte; ahora, si de repente va copiando la topografía del lugar y llega a un valle o encuentra una loma en el fondo marino se producen en la superficie unos cambios longitudinales enormes y allí aparecen las grietas. Puede ocurrir también que después se vuelva a unir en otro punto, se vuelva a apretar, nieva otra vez, se congela y se soluciona la grieta. Hay muchos procesos que están  involucrados en la dinámica de los glaciares.
–Estos témpanos tan grandes, cuando se parten y quedan a la deriva, ¿no se tornan un peligro para la navegación?
–Depende, a veces sí; otras, no. Este B-31 está metido en un lugar donde no hay rutas marítimas, en la zona occidental de la Antártida, y ahí no va ningún barco.  A la Antártida no va nadie. Los que van son los que hacen la logística para las bases de investigación y algunos cruceros, que van a llevar turistas y ganar dinero…
–Digamos entonces que no hay peligro de que un crucero choque con este gigantesco bloque.
–No, un crucero no, porque seguramente no llegue hasta allí. Sí puede hallar témpanos en otras zonas. Cuando nosotros tenemos que ir con el rompehielos el Servicio de Hidrografía Naval hace un análisis con imágenes satelitales de la cobertura de hielo marino y icebergs para las rutas de todos los días. A veces tenés que apelar a algún avión que esté en Marambio. Se da una vuelta, saca alguna foto, se fija en tal canal abierto entre una isla y otra, etcétera. Pero si vos vas con un buque polar tenés que tener más cuidado, un rompehielos es un poco más duro y podés romper hielo de espesor, pero el buque polar no, y corrés el riesgo de llevarte por delante un témpano, no como el del Titanic, pero igual es peligroso. De todos modos los pilotos hacen cursos especializados en navegación en zona de témpanos porque tampoco es muy lindo pasar entre bloques enormes de hielo, porque desde la cubierta los ves chicos pero por debajo del agua pueden ser muy grandes y tener salientes de varios metros.

–Esas grandes superficies de hielo que flotan en las barreras de la Antártida  parecen tener gran altura.
–En general, por una cuestión de su propia dinámica, las que estaban acá en Larsen B, donde se desintegraron una buena cantidad de kilómetros cuadrados –más de 10.000 en poco tiempo, allá por 2002–, tienen unos 50 metros de altura aproximadamente. Se extienden mucho en el mar y son grandes extensiones tanto longitudinales como transversales. Y lo que gana y lo que pierde es lo que hace que el glaciar se achique o se agrande.  En la barrera de hielo lo que pasa es que –como se metió en el mar y es una superficie muy grande y extensa– resulta que también puede acumularse nieve en la parte superior al tiempo que se derrite en la inferior por el agua. Entonces, además de ser alimentada por el flujo del glaciar que viene desde lo alto, también tiene su propia alimentación en la superficie y su propia pérdida por estar en contacto con el agua. Son grandes extensiones, estamos hablando de 5.000, 10.000 kilómetros cuadrados, entonces como sale al mar y llega hasta al lecho marino, donde está apoyada, si esto tiene 50 metros de alto, por debajo del agua tenés otros 300 metros más.
–¿Creés que el calentamiento global tiene que ver con el desprendimiento de estas grandes masas de hielo en la Antártida?
–En setiembre pasado estuve en un congreso de la Asociación Física Argentina, en Tandil. Allí un meteorólogo –Pablo Canziani, muy conocido– contó algo de lo que está ocurriendo en la península antártica: el océano se está enfriando localmente. Y es bueno saber estas cosas. Ahora vemos que el calentamiento se revirtió. En los glaciares que estamos estudiando vimos que hay acumulaciones, lo que se estaba perdiendo, ahora se está ganando. Si mirás los 15 años de datos que hemos recogido ves que la pérdida sigue, no se recuperó, pero perdió durante 10 años y después lo demás fue casi cero. Es verdad que tiene menos volumen de lo que tenía hace 20 años, pero en los últimos 4 o 5, esta regresión se detuvo.
–Sin embargo, según el Panel Internacional de Cambio Climático el calentamiento global está en aumento.
–Lo que sí encontramos es que en los últimos 5 años los veranos en la Antártida se enfriaron.  Sí, están menos fríos que decenios atrás, pero depende desde dónde arrancás. Si te muestro los datos de los últimos 10 años, se está enfriando, pero en los últimos 2 la temperatura media está bajando más rápido de lo que subió en 100 años. Es solo un ejemplo. Son cosas que hay que seguir estudiando. Suponé que hubo un punto de inflexión hace 4 o 5 años. Recién nos vamos a dar cuenta dentro de 10, 15 años, cuando la temperatura siga bajando, bajando y se estabilice. De un año para otro no se puede decir nada…
–Entonces para hacer un diagnóstico hay que esperar mucho tiempo.
–Hay que esperar datos certeros. No hay que ser alarmista. Un trabajo que se publicó recientemente  dice que si se derritiera equis cantidad de hielo equivaldría a subir un metro el nivel del mar en todo el mundo. Sí equivale a un metro de agua, pero si se derritiera, cosa que no pasó. Si derretís todo el hielo de la Antártida serían 50 a 54 metros que subiría el nivel del mar, pero ¡tenés que venir con un soplete del tamaño del Aconcagua para que pase algo así! Esos números que aparecen en los medios son solo para dar un equivalente. No te dan ninguna idea de la realidad.
–Contame sobre tu trabajo específico, el de ir a colocar sensores sobre los glaciares de la Antártida.
–Nosotros estudiamos los glaciares de la península antártica de varias formas, porque algunos son glaciares chicos y otros grandes. Los grandes no se pueden caminar –además de la extensión tienen muchas grietas–, y se monitorean de una manera y los chicos de otra. Por ejemplo, en el glaciar de Bahía del Diablo estamos haciendo un balance de masa, que es ir todos los años y medir el estado que tiene a fin del verano. Es como si sacaras una foto, decís, bueno está en tal posición, tal altura, tal volumen. Registramos las  mediciones y las comparamos con las anteriores y vemos si en el último año en una zona ganó tanto de hielo, o en otra perdió otro tanto.
–¿Y qué estudios se llevan a cabo?
–El glaciar acumula nieve durante el invierno y gana masa y la pierde en verano al derretirse el hielo. Se pueden hacer dos tipos de estudios, lo que es el balance de masa de invierno, que es la masa que entró en esa época, que siempre es positivo porque se mide desde que empezó hasta que terminó de nevar. Y después en el verano, a partir de que empieza el calor, vas y medís cuánto va perdiendo. Tenés cuánto ganó en invierno, cuánto perdió en el verano, sumás y te dice cuánto ganó o perdió durante todo el año. En el glaciar que estamos trabajando nosotros que tiene casi 13 kilómetros cuadrados –más grande que los que están acá en el continente, pero chico para las dimensiones de la Antártida–, lo caminamos y lo recorremos a pie o en moto durante dos o tres semanas del verano.
–Y todos esos datos, ¿qué aplicación inmediata tienen?
–Bueno, lo que hablábamos antes. Qué puede pasar con el cambio del nivel del mar, con el cambio climático. Si representantes del gobierno argentino tienen que ir a una reunión donde se juntan para ver qué pasa con el cambio climático. Si cada país lleva lo suyo, se juntan todos los expertos y dicen bueno, hay que hacer tal cosa; y si es inminente, si se está derritiendo, hay que tomar una decisión y entonces se toma en base a datos científicos, veraces, que tienen algún asidero matemático, que están medidos. Además, el potencial de un país se mide por lo que investiga su ciencia.

Marcelo Torres
Fotos: Jorge Aloy