Voces

«En ciencia no hay neutralidad»

El investigador argentino radicado en París reflexiona acerca de la influencia de la tecnología digital en todos los aspectos de la vida humana, al tiempo que promueve la militancia con una visión local que influya sobre lo global. Las máquinas, el pensamiento y los cambios en el cerebro.

Desde que marchó al exilio a finales de la década de los 70, Miguel Benasayag desarrolló una vasta actividad en la capital francesa con proyección hacia toda Europa y sin dejar de lado a su país natal. Filósofo, psicoanalista, investigador y militante, despliega una visión crítica que sirve como motor para un activismo desarrollado tanto en laboratorios sociales como en redes solidarias, trabajos académicos, investigaciones científicas y conferencias, que puede dar en el mítico teatro parisino Olympia o en una cooperativa argentina en el barrio porteño de Congreso. «Mi actividad principal es la investigación en la articulación entre biología y epistemología», explica. «Trabajo sobre la singularidad de lo vivo con respecto a la máquina, indago acerca de cómo las máquinas digitales están modificando el mundo, la cultura, la vida, lo vivo. Y, concretamente, porque es lo que investigo desde hace mucho tiempo, cómo la simple utilización de las máquinas digitales modifica el cerebro. Lo que hago fundamentalmente en Francia y en Italia es, como investigador, estudiar la singularidad de lo vivo. Hoy en día –sostiene Benasayag– hay una asimilación del cerebro, de la vida, de todo, a la máquina digital. Digamos, la tendencia dominante actualmente en el mundo entero es: los modelos digitales son la realidad. Porque ellos modelizan tan bien la realidad que, en definitiva, absorben la realidad».
–Es notable el avance de lo digital en los últimos años. Hasta no hace mucho tiempo decíamos: «Si no está en la tele no existe…», eso está totalmente superado.
–Pero esto ocurre con todo, con la macroeconomía, el mundo, la atmósfera… Junto con el equipo que dirijo en Francia, integrado por biólogos, físicos, matemáticos, etcétera, trabajamos para tratar de mostrar que los mecanismos de la vida no son totalmente absorbibles por los modelos digitales. Esto, por supuesto, también tiene consecuencias políticas, porque la macroeconomía no está dirigida por ninguna persona. La macroeconomía es un programa que decide y dirige solo, mediante el Big Data. Hoy en día, con la economía y las finanzas mundiales, por ejemplo, uno quiere saber qué pasa con el cacao, y las máquinas te brindan miles de millones de datos sobre eso, con los que te dicen si hay que invertir o no. Entonces, en realidad, esos modelos ocuparon el lugar del que toma las decisiones. Es decir, se trasformaron en más verdaderos que la verdad. En biología sucede lo mismo: con la creación y el uso de transgénicos, por ejemplo, se estudia el genoma de la soja, se crea el transgénico y listo. Bueno, no es así de sencillo. Nosotros no somos tecnófobos, no es que no nos guste la tecnología, usamos las mismas tecnologías que ellos pero decimos: «Ojo, porque este modelo de genoma de la soja no tiene en cuenta esto, esto y lo otro», porque no todo es modelizable.
–¿Y cuál es el rol de los Estados en estos temas?
–Las orientaciones estatales van hacia lo digital. O sea, estas modificaciones macroeconómicas, las orientaciones de cultura, todas las orientaciones del neoliberalismo mundial van hacia lo digital. Hay que programar, y para eso la máquina calcula millones de veces más rápido que el cerebro humano. Hay que hacer bolsa a toda educación que no sea «útil», porque se educa para competir. Esto se llama metodología de la competencia. El problema es total.
–En ese marco, ¿cómo desarrollás tu trabajo teniendo en cuenta que te definís como un investigador militante?
–Yo trabajo en ciencia pero a la vez soy absolutamente un militante político. En ciencia no hay neutralidad, lo que sí existe es el ser serio. Con esto quiero decir que no voy a esconder ciertos elementos porque no me gustan. Yo tomo todo, pero mi orientación en ciencia no es neutra, mi orientación es a partir de la hipótesis de que lo vivo no se puede absorber en los modelos, que la cultura no puede ser modelizada en términos de utilitarismo. Por supuesto que todos en mi laboratorio somos de izquierda radical, pero lo que hacemos, nuestro compromiso, está en lo que buscamos. Y como somos comprometidos y serios, somos respetados. No es que si algo no va con nuestro modelo lo dejamos de lado.
–¿Y cómo es el compromiso desde la práctica de la investigación?
–Mi posición y la de los diferentes equipos con los que trabajo es muy concreta: decimos que la técnica está colonizando el mundo, y debe ser al revés, la cultura y la vida tienen que colonizar a la técnica. Por supuesto que la hibridación de la técnica, lo «bio» y la cultura, ya es un hecho. En sí no debería ser ni positivo ni negativo. Aunque, de momento, es súper negativo, es un horror total. Pero lo negativo no es solo por el uso o mal uso que se le da a la técnica, también hay una cuestión de orientación de la investigación. Por ejemplo, si vos gastás millones y millones de dólares para tratar de ver cómo hacés para que un tipo viva 1.000 años, esa es una orientación, porque esos millones de dólares no los estás utilizando para ver cómo se pueden crear planes contra la desertificación en África. Es una técnica también pero se usa para algo totalmente distinto. Y casi todas las técnicas que se están desarrollando ahora son para el proyecto neoliberal, para el proyecto de aplastar la cultura y aplastar la vida.

–¿Cuál es el eje de tu proyecto de trabajo científico?
–Mis investigaciones se refieren a cómo por la simple utilización de aparatos digitales, por la simple atmósfera digital, el cerebro se va hibridando, entonces ciertas capacidades de pensar, ciertas capacidades de reflexión van siendo delegadas en la máquina en una hibridación permanente. Lo que está pasando es que por una serie de mecanismos absolutamente banales, y sin que haya ningún «big brother» detrás, ni la CIA, ni nada precido, la gente se está hibridando. Y lo que estudio son esas consecuencias, cómo el cerebro está cambiando, con modificaciones que no son genéticas, por supuesto, son anatómicas y fisiológicas. Estamos viviendo una mutación donde el hombre ya no va a ser autónomo para pensar y va a pensar con máquinas. El problema es saber cómo las funciones «nobles» (pensamiento complejo, ético, intuitivo, artístico) del pensamiento no van a estar perdidas con esta hibridación. Si la hibridación con la máquina es inevitable, nosotros decimos cómo tiene que ser orientada para que estas funciones «nobles» no se pierdan. Porque, por ahora, todo va en sentido de la pérdida de estas funciones.
–Hasta se habla de la predictibilidad de las personas a través del uso de Internet.
–Sí, a través de Big Data, que posee millones de millones de informaciones que permiten prever el comportamiento de las personas. Hoy en día, en una metrópoli lo que se puede ver es cómo la gente por su funcionamiento con Facebook y otras redes se transforman en predictibles. Incluso Google hizo un modelo en el que ellos se fijan cómo utilizaste tu tarjeta de crédito durante un año, o sea vos, una persona en particular, no un porcentaje, y con esos datos pueden asegurar, por ejemplo, que tenés un 80% de probabilidades de divorciarte de acá a tres años. Se habla de predictibilidad y transparencia, pero no es porque ellos tengan modelos digitales archicomplejos, sino porque la gente, en su comportamiento, se va volviendo predictible. El habitante de una ciudad que vive su vida de forma disciplinada, que mira todo el tiempo su celular, que cuenta por Facebook la mínima cosa que hizo, que ya no calcula nada más, que ya no lee más libros porque no hace más que mirar pantallas, todas estas prácticas transforman a las personas en seres predictibles. Y al ser predictibles son manejables, porque detrás de todo esto está el neoliberalismo.

–¿Cómo se puede usar de manera efectiva esa gran cantidad de información que circula a nivel global?
–Hoy en día, la verdad es que el desorden mundial, la cantidad de información y la manipulación de esta es tal que yo no creo que uno pueda definirse totalmente con respecto a situaciones que no son las propias. La información es demasiada e incomprobable. A mí me parece que la única manera de militar, sabiendo aunque sea un poco sobre lo que estás haciendo, pasa por la posibilidad concretísima de trabajar en tu barrio, en tu provincia, en tu lugar de trabajo. Siempre tiene que ser local. Uno tiene que tener en cuenta las informaciones del mundo pero la decisión de militar tiene que ser sobre lo local y concreto. Por lo menos en este momento histórico es lo que se debería hacer, una militancia local, no virtual y bien concreta, donde uno sabe fehacientemente lo que está pasando y qué se debe hacer con eso. Creo que hay que descolgarse de las consideraciones geopolíticas para decidir tu situación. Me parece que es al contrario, que hay que influir en lo geopolítico a partir de asumir las situaciones. La complejidad es eso, por eso hay que trabajar sobre lo que uno ve. Por ejemplo, lo que pasa en Siria es algo muy complejo. Lo que yo hago es militar muy activamente en las redes de solidaridad con los inmigrantes que los facistas quieren echar. Porque de lo que no tengo la más mínima duda es de que llegan los inmigrantes sirios escapándose y que yo quiero que sean recibidos, punto.
–¿Esto tiene algo que ver con tu concepto de situación?
–Lo que parece haber mostrado el siglo XX de luchas es que toda globalidad, todo pensamiento en términos de macrogeopolítica, está invariablemente engrampado en la reacción, en las posiciones de tiranía, de opresión, de dominación. Entonces la resistencia no tiene que pensar en términos de globalidad. Tiene que ver a la globalidad como una ficción, el mundo unificado es una ficción creada por el capitalismo.