Voces

«Los medios son el nuevo sentido común»

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Comunicación, batallas políticas, el trabajo periodístico, el impacto de Internet y las redes sociales y la manipulación de la información, analizados por Eduardo Blaustein.

 

El tema de Años de rabia es el que sugiere su subtítulo: «El periodismo, los medios y las batallas del kirchnerismo». Antes, Eduardo Blaustein, su autor, había publicado con Martín Zubieta Decíamos ayer (1988), donde, por primera vez, se exponía exhaustivamente el comportamiento de los medios de prensa argentinos durante la última dictadura. Licenciado en Ciencias de la Información en Barcelona, durante su exilio, Blaustein trabajó en Humor, Página/12, El Porteño y Crítica de la Argentina, entre otros medios. En cuanto a la repercusión que está teniendo este nuevo libro, dice no tener información suficiente, pero «en el mundito periodístico “interesante” y en el mundito kirchnerista y su periferia, hubo bastante comentario y una recepción bastante buena. Entre colegas más jóvenes, una cosa muy gratificante es que hay como un agradecimiento. Lo mismo entre blogueros kirchneristas. Muchas entrevistas, aunque nada en Clarín ni La Nación, salvo una referencia cortísima y muy tonta de Pablo Sirvén».
−¿Qué agradecen los colegas jóvenes?
−En el palo periodístico es muy fuerte el tema de que los periodistas somos mucho menos libres de lo que el imaginario social supone, y agradecen entonces que no todo se vea blanco o negro. Te lo puede decir un pibe liberal honesto, te lo pueden decir centroizquierdistas, puede sintonizar perfectamente con Martín Becerra, que es un crítico muy honesto de la ley de Medios habiéndola apoyado, o docentes de facultades que también saben del tema y ven que se puede discutir serenamente y por más calidad. Y por más libertad, sobre todo. Y hay también un agradecimiento de cierto mundo kirchnerista tipo Carta Abierta, que, refiriéndose a los aspectos críticos y a los cuestionamientos, dicen «había que decirlo». Percibo agradecimiento, por reflexionar con autonomía, por añadir cosas, por elevar un poquito el nivel de debate –aunque sea feo que lo diga−, tanto el político como el comunicacional o periodístico.
−Que haya, en el kirchnerismo, quienes te dicen «esto había que decirlo» es un dato interesante.
−Ocurrió incluso cuando fui a 6, 7, 8. Pero, en ese aspecto, me parece que el libro sale un poco tarde. Ahora, por lo que veo que circula en Facebook o en los blogs, están apareciendo cosas bastante parecidas a lo que se dice en el libro: a ese mundo quería llegar. Habría querido llegar antes, pero no tanto a funcionarios o a La Cámpora como a un kirchnerismo más «pensante», por así decirlo. También el libro es bien recibido por gente que por ahí está en un periodismo oficialista un poco menos rico de lo que prefiero, pero nunca alcanzan a plantearse del todo las cosas cuando las discutimos. Siento que pocas veces vamos al núcleo central, político más que comunicacional, del tema de la cerrazón, del ejercicio un poco autoritario del poder hacia afuera y hacia adentro. Siento que, pese a que se avanza, hay un núcleo duro de lo que considero como déficits serios del kirchnerismo que no termina de sincerarse hasta ahora. Aunque tampoco es fácil, ¿no?
−Pienso, en ese sentido, en el título Años de rabia, elegido para un libro que pone sobre el tapete cuestiones tan diversas. ¿No es un poco injusto ese título?
−Es embromado, incomoda. Admito que en buena parte lo puse porque se necesitaba un título atractivo. Pero la rabia mediática es real: llamala rabia o crispación o qué sé yo, la rabia que se está viviendo es real. Más allá de lo más claramente político, culturalmente los medios, sobre todo en este último cuarto de siglo, vienen con una carga de violencia simbólica grande. Una carga de agresividad que en buena medida sintetiza Lanata. Y yo asocio la violencia a los programas de chismes de la tarde, o a la violencia de los programas deportivos: «Está por renunciar el técnico», «Fulano es un bruto». Está clarísimo en la tele: aparece un entrevistado, ponele Binner, que sería lo antitelevisivo, y viene la orden «sacámelo del aire», «hacelo pelear con tal tipo». Esa carga de violencia es absolutamente inherente a lo televisivo: lógica de impacto, lógica de conflicto, lógica de tensión. Eso es previo a este gobierno y es indetenible, porque es muy difícil decirle a un empresario de medios que no se interese por el rating, pero es muy tóxico socialmente.
−Podemos entender que un tipo enojado, furioso, es más manejable. Consume más, a diferencia de un tipo tranquilo que puede elegir mejor qué va a hacer. ¿A eso se debería?
−Pongamos el ejemplo de Lanata: el satán no es únicamente Lanata. El satán es un sistema en el cual las audiencias le están diciendo a Lanata: «Tirame con violencia que la gozo», «destruila a Cristina que lo disfruto mucho». Aunque de una lamentable manera despectiva, Jaime Durán Barba toca ese tema: él dice algo así como que somos simios con sueños racionales. Pero la creencia previa y lo emocional es absolutamente determinante y por eso a veces no alcanza con poner dato contra dato y decir «Lanata manipuló la información»: hay un pacto de lectura previo, cada domingo con Lanata la gente está pidiendo sangre. Y, aunque no es igual el pedido, también lo hay del público de 6,7,8… La clave de 6,7,8 no es solamente su kirchnerismo duro, sino que es una clave televisiva. Es un programa en un formato que es conservador, probado desde fines de los 80 o los 90: panel, archivo, que sale muy barato, conflicto, lo que implica cierta violencia de los códigos televisivos. Que pueden coincidir o no con hasta qué punto llega a ser plural o flexible el componente ideológico kirchnerista del programa.
−¿Cómo llegan, por ejemplo, a un público masivo, esos discursos de la Presidenta en los que apela a la reflexión, llama a recordar cómo fue el pasado, y en los que tira un montón de datos? ¿Cómo recibe eso el frutero de acá enfrente?
−¿Viste la frase «esta mina habla en difícil»? Una buena porción de la gente, mayoritariamente mujeres, curiosamente, dice «quién es esta pedante», porque en Argentina, por lo menos, el tipo que se expresa con fluidez y con cierta complejidad es asumido como «quién te creés que sos». Y al frutero del que hablás no le llega. Es una situación sin salida. Pero tampoco es del todo así: ¿viste cuando Cristina hace las teleconferencias o visita una fábrica? Propongo solamente echar una mirada a los rostros que la escuchan, las laburantas de fábrica, los obreros: se la escucha con una intensidad que pocas veces recuerdo haber visto. Veo gente humilde, o laburantes –no lo más marginal, posiblemente−, que la miran y escuchan con una intensidad que me hace decir «esto sí». Que no me venga la derecha a decir que esto es pérdida de calidad democrática. Todo lo contrario: la emergencia del kirchnerismo y el discurso de Cristina significan una elevación de la calidad de la discusión. Hay cosas que yo critico del kirchnerismo por su impetuosidad, por su cerrazón, por su cosa medio salvaje e impulsiva, pero esas cosas me encantan en relación con el progresismo que teníamos hace algunos años, porque ese progresismo te trataba bien, era educado, pero no iba a ningún lado y se asustaba por cualquier cosa. Entonces, el ideal sería esa fusión de lo más diverso y pluralista y de buenas formas del progresismo con la virulencia peronista kirchnerista, pero esa síntesis no existe.
−Está también el hecho de que en varios países sudamericanos triunfan con amplias mayorías gobiernos que tienen a los medios en contra: ¿cómo es que se habla tanto, entonces, del poder mediático?
−Lo que digo ahí es que se trata de una ecuación endemoniadamente compleja, eso de la influencia de la comunicación. Los medios, digamos, no construyen. Magnetto opera, sí, pero no es cierto que decide un candidato. En cambio, lo que sí hacen es daño, destruyen. Porque los medios son la Iglesia electrónica, son el nuevo sentido común, son los lenguajes dominantes, son valores culturales. Por eso apelo a la expresión de Jesús Martín Barbero, que dice que los medios son «espacios de mediación». No es el medio en sí mismo, es el medio en su entorno cultural, en su interacción con lo social. Y no es omnipotente: la prueba está en el 54% de Cristina en 2011.
−¿Se equivocaron los que teorizaron tanto sobre el poder mediático?
−Las tesis sobre la omnipotencia de los medios están en crisis hace mucho. Por eso me hincha las pelotas la reducción kirchnerista, de insistir con Magnetto y no ver más allá de Clarín. Por supuesto que hay que discutir contra Clarín, animarse a enfrentarlos y pelear por la ley de Medios, pero no me hagan todo el tiempo una caricatura hastiante, donde todo en la Argentina lo maneja Magnetto: es ridículo, y, aparte, eso interpela a determinados sectores solamente. Una de las críticas básicas del libro es lo que resumió Nora Veiras, periodista de 6,7,8, cuando dijo: «Siento que nos hablamos entre nosotros». Llega un momento en que te irrita, y al Gobierno, en algún momento, le juega en contra: al frutero del que hablabas, ¿qué le importa Cristina o Aníbal Fernández peleándose todos los días? El tipo te va decir: «¿Y los colectivos repletos, la inseguridad, la inflación?»

−Parecería que ese «otro» al que se habla –ya que «la Patria es el otro»− es un otro que sólo parcialmente existe en la realidad…
−Me acordé de algo que dijo Alejandro Horowicz, en 6,7,8, justamente. Un poco exagerado, él decía que tenemos una sociedad muy despolitizada. Yo creo que la sociedad argentina, si se la compara con las actuales sociedades europeas, es más politizada. Pero en gran parte Horowicz tiene razón: a quienes integran una sociedad despolitizada y salida del terror de la dictadura, y con toda la pedagogía antipolítica de los medios y demás, la política y el conflicto les angustia, les resulta agresivo, o al menos les resulta indiferente. Este es un choque cultural terrible, y es ahí donde, efectivamente, la comunicación de Macri –el vecino, la buena onda, la alegría, el embellecimiento de la ciudad−, es mucho más interpelante. Es más suave y más digerible que el conflicto y lo ideológico. Tenés dos paradigmas ahí. Pero tampoco es cierto que siempre el kirchnerismo está en el paradigma de lo más duro.
−En cuanto a los efectos concretos de la ley de Servicios de Comunicación Audiovisual, vos también tenés tus reparos…
−La ley de Medios en sí misma es sumamente saludable. Pero hay problemas: carencia de sintonía fina, cuestiones de gestión. Hubo problemas de torpeza: se va Graciana Peñafort, nada menos, que es un cuadrazo… Además de un cierto realismo, que podemos entender, aunque no nos gusten esas lógicas: realismo político en el sentido de que, bueno, si tenemos a Clarín en contra, el Gobierno, por necesidades de supervivencia, se alía primero con Hadad y después con Cristóbal López, aunque tampoco puede decirse exactamente que es una alianza. En cuanto al famoso tercer sector, está medio en veremos. Pero también veamos lo otro: hay mucha producción de nuevos contenidos, productoras federales, INCAA TV, la Televisión Digital Abierta, todo lo cual es muy interesante, pero a mi gusto, falta más lugar para lo autónomo −autonomías sociales, culturales y regionales de verdad− sin tanta centralidad del Estado.
−Algo que hacés notar en el libro es que grandes sectores sociales siguen invisibilizados en los medios, incluidos los del Estado…
−Te voy a dar ejemplos contrapuestos: en el cine, o en la señal Encuentro, o en el documentalismo, aparecen muchísimo esos sectores. Pero los espacios más eminentemente periodísticos son bastante continuadores de una tradición clasemediera. Nos llenamos la boca diciéndonos nacionales y populares y en nuestros medios no se refleja el Interior, no se refleja la villa, no se reflejan los laburantes, no se refleja la morochada. Por ahí, 6,7,8 lleva a alguien de los que hacen La garganta poderosa en una villa, pero depende mucho de la buena voluntad. Depende –ahí reivindico a los colegas− del espíritu de combate y la vocación de exploración social que tengan los periodistas, pero los medios como tales son poco innovadores. Las cosas más ricas, las mejores exploraciones están saliendo por afuera de los grandes espacios mediáticos. Por ejemplo, el lenguaje de la crónica −la crónica como ejercicio de ir a otros mundos sociales, como la posibilidad de un periodismo con más literatura− se perdió en todos lados, salvo en algunas revistas electrónicas. Y esto me hace pensar en otro problema: la profesionalidad. Se habla mucho más desde el piripipí, berreta para colmo, que desde la información. Si están intentando desmontar una denuncia de Lanata, hay mucho más blablablá de café que explicar que esto está mal por tal y tal cuestión. Falta capacidad profesional. No tanto en Página/12, es cierto, pero después a esa información minuciosa de Página/12 el enemigo mediático te la recontrabloquea. Hay una relación de debilidad. Iluminás a los lectores de Página/12 y nada más.
−Decías, también, que, a pesar de todo, Argentina asiste a un experimento social y cultural extraordinario.
−En el sentido de que volvimos a un nivel de debate y de vitalidad cultural, que, por supuesto, no afecta a toda la sociedad, pero, basta pensar en la ley de Medios, su implementación, los debates, y hacer después memoria: parecía que estábamos muertos en los 90. Recuerdo lo solitos que estábamos en las manifestaciones de derechos humanos, en las que nos conocíamos todos las caras, y creo que hoy vivimos un nivel de vitalidad que ni sospechábamos. Lo que ocurrió en gran parte de América Latina, y en particular en Argentina, es la posibilidad de volver a discutir cosas que parecía que ya no íbamos a discutir nunca más. Y yo no creo que el regreso a la militancia juvenil sea tan masivo ni tan extendido, pero ¡es tan lindo! Creo que el pozo de angustia y de desesperación profunda de 2001 es un germen de esto que vivimos ahora, fue como una gran catarsis. Y es horrible la perspectiva de volver a la medianía de los imbéciles conservadores. ¿De qué se habla cuando se habla de una salida del kirchnerismo?

Daniel Freidemberg
Fotos: Juan Quiles