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«No se puede perder la esperanza»

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El excombatiente y autor de Iluminados por el fuego critica los acuerdos entre el gobierno de Macri y el Reino Unido sobre las Islas Malvinas y el virtual abandono del reclamo de soberanía. Las secuelas de la guerra y la actual coyuntura del periodismo latinoamericano, otros ejes de su análisis.

La cuestión Malvinas no pertenece a la dictadura, ni a Alfonsín, Menen, De la Rúa, Kirchner o Cristina, es una cuestión de Estado y como tal debería ser superadora, una razón para unir a los argentinos en lo que es una lucha por algo en común», enfatiza en algún tramo de la entrevista el reconocido excombatiente. En una charla distendida en el departamento que comparte con su familia en Palermo, Edgardo Esteban recordó sus inicios en el periodismo y lo que significó para él escribir, y luego ver plasmada en imágenes en la película dirigida por Tristán Bauer, una historia tan conmovedora como la relatada en su libro Iluminados por el fuego. Asimismo, se explaya sobre la situación actual de la gran causa nacional y los acuerdos diplomáticos y económicos que la alianza Cambiemos ha tejido con Gran Bretaña, sin ahorrar críticas a la política exterior del gobierno de Mauricio Macri. Esteban habla también sobre la coyuntura de los medios de comunicación argentinos y el rol de contraofensiva que cumple la cadena latinoamericana TeleSur –de la cual es corresponsal– para enfrentar el discurso único que pretenden instalar los medios hegemónicos de la región.
–¿Qué opinión tenés sobre el acuerdo que en septiembre de 2016 firmó el gobierno de Macri para favorecer el intercambio económico entre Argentina y Gran Bretaña?
–Fue un convenio firmado entre gallos y medianoche por Alan Duncan, un funcionario del Ministerio de Relaciones Exteriores del Reino Unido con el que entonces era vicecanciller de Argentina, Carlos Foradori. Allí se plantean exigencias no solo del gobierno británico sino también de los isleños, que buscan siempre su propio beneficio. Todo es parte de esta campaña mediante la cual se han victimizado continuamente para luego sacar el mayor provecho y mantener su nivel de vida gracias a los riquísimos recursos naturales de las islas. Malvinas es el segundo lugar del planeta –sino el primero– en ingreso per cápita, con 122.000 dólares por año, gracias a las regalías pesqueras y la exploración de yacimientos petrolíferos. Exploración que podría rendir sus frutos ya para el año 2023, debido al petróleo existente en la plataforma marítima argentina. También cerraron otros acuerdos durante el G20.
–Es decir que Gran Bretaña tiene más para ganar que Argentina.
–Sí. Y también lograron otros beneficios, con la excusa de la investigación científica, como alcanzar la posibilidad de que sus barcos vengan a los puertos del continente y buscar recursos hidrocarburíferos sin respetar las leyes de la República Argentina. Y hay que hablar también de la impresionante estructura militar que es la base Mount Pleasant de la OTAN, la mayor que hay en el hemisferio sur. No solamente tiene control del continente, del territorio argentino, sino del mar austral y los pasajes bioceánicos, como el de Drake y el estrecho de Magallanes, o el canal de Beagle. Otro objetivo fundamental que se han impuesto los ingleses, y que lo dicen abiertamente cuando vas a Puerto Argentino, es el dominio de un sector antártico, porque está la discusión que surgirá en 2048 cuando se reabra el Tratado Antártico.
–¿No debería ser un territorio internacional a preservar?
–A pesar de que la Antártida se pensaba mantener como un área del planeta que no se pueda explotar, con un gobierno como el que hoy tiene Estados Unidos –al que le importa muy poco el medio ambiente y solo querer hacer buenos negocios–, ese avance es casi un hecho. Si te fijás en un mapa dónde está ubicada Sudáfrica, dónde Australia y Nueva Zelanda, tenés prácticamente todo el Commonwealth controlando el total de la Antártida.
–El reclamo de soberanía, que fue muy firme durante el gobierno anterior, ¿se dejó de lado en el de Mauricio Macri?
–Recientemente hubo ejercicios militares en Malvinas con armamento. Hay misiles, con tecnología israelí, que pueden alcanzar y llegar rápidamente al continente. Ante esta situación nuestro canciller, Jorge Faurie, decía «vamos a hacer un reclamo enérgico», el mismo día que se iba a ver una obra de teatro con el embajador británico en Buenos Aires. También viaja con frecuencia al Reino Unido. O lo pudimos ver a Marcos Peña, jefe de Gabinete, que el Día de los Derechos Soberanos sobre las Islas Malvinas e Islas del Atlántico Sur, el 10 de junio, estaba en Londres haciendo un homenaje a los soldados británicos, en lugar de haber organizado acá alguna actividad. No hubo ningún acto oficial. Tuvimos que ir un grupo de excombatientes a cantar el himno y flamear la bandera argentina a la puerta de la embajada británica.
–Se podría decir que hay una clara política de quitar de la agenda pública la cuestión Malvinas.
–Hay una desmalvinización que se trató de disimular organizando algunos desfiles y homenajes a excombatientes, pero que, en realidad, a nivel política exterior, no hubo ningún reclamo serio en ninguna cumbre en la que participara Argentina. En el G20, aprovechando el protagonismo, tendría que haber habido un requerimiento concreto y plantearle al Reino Unido que se respete lo que establece la resolución 2.065 de la ONU, por la cual desde hace 52 años se le está solicitando a ese país que se siente a dialogar con Argentina, simplemente dialogar, el tema de la soberanía. Y el Reino Unido se niega sistemáticamente.


–Como si el propio gobierno renunciase al valor geopolítico y económico de las islas.
–Baste pensar que recaudaron más de 150.000 millones de dólares desde 1983 a 2015 solo en regalías pesqueras. Hay patentes que pagan barcos de todas las nacionalidades. En el último censo había ciudadanos de 62 países distintos, países que pagan un canon para pescar el calamar y todo lo que haya en la supuesta zona de exclusión, porque incluso llegan al límite con Argentina.
–¿Qué te dejó Iluminados por el fuego? Tanto la película como el libro, cuya última edición incluye «Diario del regreso».
–El libro ya cumplió 25 años de la primera edición y en total tuvo diez ediciones. La última es una reedición del libro original con el agregado de lo que fue mi primer viaje de regreso a las islas. Yo fui el primer excombatiente que pudo volver a Malvinas. Iluminados por el fuego fue un libro que no hice con la intención de que se publicase. Era más una necesidad de exorcizar los fantasmas, de expulsar el dolor que tenía, la angustia. Todo respondía a una problemática que no la conocía, en aquellos años de principios de los 90, con la misma intensidad con que la conozco ahora, que es el estrés postraumático, los suicidios. Había un relato único de la gesta de Malvinas, como si hubiésemos ganado la guerra, como si fuesen todos Rambo, pero nos habíamos olvidado de la faceta humana del conflicto, que la gente es de carne y hueso, que tiene sentimientos, que tiene afectos.
–Y el proyecto de la película, ¿cómo surgió?
–León Gieco, en 1997, fue el primero que me tiró la inquietud de que el libro le había gustado mucho y que había que hacer una película. Me acuerdo que le dije: «Si se llega a hacer, vos vas a hacer la música». Y después lo conocí a Tristán Bauer por el documental de Eva Perón y le regalé el libro. Y le dije: «Mirá, esta puede ser tu próxima película». En realidad, él quería hacer un documental sobre Malvinas. Dos años después se acuerda del libro, empieza a recabar información y decide hacer una ficción.
–El suicidio es un tema que a menudo suele evitarse, incluso respecto a la guerra de Malvinas.
–Hoy hay más muertes por suicidio entre exsoldados que los que murieron en combate. Esa problemática se quiso rescatar en la película y muchos no lo entendieron. Fue bien recibida por el público no solo porque se hable del hambre, los estaqueos, sino porque justamente se marcó ese abandono, esa situación de soledad post-Malvinas que tuvimos los excombatientes.
–Hablemos de periodismo. ¿Cómo surgió esta vocación tuya?
–Yo quería ser agrimensor y de pronto todo cambió. Pasó así: nosotros fuimos una de las últimas unidades que se retiró de Malvinas. Nos llevaron al puerto y al otro lado de la bahía vi un crucero blanco muy grande y la primera lancha que veo dice «Canberra» y le digo a un sargento ayudante: «Ese barco dice “Canberra”, ¿pero no era que el Canberra lo habíamos hundido?», y me responde: «Claro, deje de decir boludeces que el Canberra está hundido». Era lo que habíamos leído todos en los diarios que llegaban a las islas durante el conflicto. Y cuando abordamos ese barco enorme decía bien grande… «Canberra». La verdad que fue una gran decepción.
–Lo que hoy serían noticias falsas.
–Me sentí muy mal cuando me di cuenta de la hipocresía, de la mentira que nos habían vendido los medios. Ahí ya decidí que no iba a ser más agrimensor sino periodista. Empecé a trabajar en Radio del Plata, una radio que amaba. Con el tiempo, un día vino Santo Biasatti, me dio un grabador a casete y me dijo: «Deje de hacer boludeces y salga a la calle». Y así me hice cronista. Hace 35 años que hago lo mismo. Contar historias en unos minutos, antes por radio, ahora por televisión. Avanza la tecnología, cambian las generaciones, pero yo sigo haciendo exactamente el mismo periodismo con mi relato.
–¿Cómo es tu experiencia en un medio tan particular como TeleSur?
–Lo que tiene TeleSur es que es un proyecto panregional. El primero de siete países de la región marcando una presencia, un color, una construcción que la da voz a aquellos sectores que son silenciados, ocultados por los grandes medios. Es el contrasistema a esta estructura hegemónica de control que hoy existe. No es casual que lo primero que hace Mauricio Macri cuando asume es sacar los artículos de la Ley de Medios de Comunicación Audiovisual que le molestaban al grupo Clarín. Lo segundo fue sacar de la grilla a TeleSur para darle ese espacio en la Televisión Digital Abierta al canal del diario La Nación.
–Todo lo contrario a los valores republicanos que dicen defender.
–En lugar de respetar la pluralidad de voces –que tanto proclamaban desde FOPEA y todas esas tribunas del «periodismo independiente», cuando decían que el gobierno kirchnerista los quería censurar y nunca se cerró ningún canal–, están destruyendo los medios públicos. Sacaron a TeleSur y al retirar las pautas publicitarias están atacando a los medios opositores, ahogándolos cuando se debería respetar el disenso y las otras voces. Hay una persecución desde estas políticas neoliberales que marca también esta nueva penetración, porque que aparezcan embajadas como la de Estados Unidos o Gran Bretaña auspiciando eventos de entidades periodísticas como la recién nombrada, es parte del proyecto que tiene este gobierno de volver a avanzar de forma salvaje y sin ningún tipo de prurito sobre las voces críticas
–¿Te parece que incluso con los grandes medios a su favor hay un desgaste de la derecha en la región?
–Hay hechos que marcan un nuevo tiempo en el que uno espera que, como dice García Linera, la ola que hubo en los comienzos de la primera década en algún momento vuelva a aparecer y se comience a construir una nueva alternativa a estos gobiernos saqueadores. La asunción de López Obrador puede señalar un poco el camino de esa perspectiva y también ver qué pasa en 2019 con las elecciones en Argentina. Lo que no se puede es abandonar la esperanza. De esa construcción también se va a desprender la pertenencia a la causa Malvinas que hoy con este gobierno está en cierta medida perdida, porque no les interesa.

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