Voces

«Quieren derribar más de 70 años de conquista de derechos sociales»

El intelectual brasileño, uno de los máximos referentes de la Teología de la Liberación, reflexiona sobre la crisis política del país, sus consecuencias y el rol del expresidente Lula da Silva. El avance de la derecha en la región y su mirada sobre las reformas que impulsa el papa Francisco.


Con una vasta trayectoria en el campo social y político, el teólogo, sacerdote, filósofo, escritor y activista brasileño, Frei Betto, es una de las más lúcidas voces de la izquierda latinoamericana para analizar los procesos populares, con sus avances, retrocesos y encrucijadas. Particularmente en su país, actualmente inmerso en una grave crisis política tras el golpe institucional contra la presidente, Dilma Rousseff. A poco menos de un año de su llegada al Palacio del Planalto, el actual mandatario se encuentra contra las cuerdas, asediado por denuncias de corrupción y sobornos enmarcados en el caso conocido como Lava Jato, una investigación impulsada por la Justicia que atraviesa a toda la clase política brasileña. «Más allá de lo que ocurra con Temer, hay un hecho que no va a parar: el hilo de la corrupción, que está muy lejos de cesar. Pese a todo, pienso que hay algo positivo en todo esto, dado que es la primera vez en la historia de Brasil que se investiga profundamente la corrupción», señala Frei Betto en la entrevista que mantuvo con Acción durante su paso por Buenos Aires, donde, entre otras actividades visitó el Centro Cultural de la Cooperación y se reunió con el presidente del IMFC, Edgardo Form, el director del CCC, Juan Carlos Junio, dirigentes e investigadores.
Surgida en América Latina a finales de la década del sesenta, después del Concilio Vaticano II y la Conferencia de Medellín, –durante el Papado de Paulo VI–, la llamada Teología de la Liberación define la posición de sacerdotes católicos que consideran como primordial la prédica en favor de los sectores oprimidos en el Evangelio. Esta es la doctrina que viene sosteniendo Betto, autor de más de cincuenta libros y numerosos artículos, muchos de ellos dedicados a indagar las relaciones entre cristianismo y revolución, como en la emblemática obra Fidel y la religión (ver recuadro). Prueba de su firme compromiso político, de su continuo trabajo con las comunidades de base eclesiásticas, el sacerdote fue secuestrado, torturado y encarcelado durante la última dictadura brasileña. Más adelante, Betto cobró mayor notoriedad pública cuando dirigió el programa Hambre cero, durante el primer gobierno de Lula da Silva (entre 2003 y 2004), aunque al poco tiempo decidió dejar el cargo por desacuerdos con la iniciativa. En ese plano, y consultado sobre la posibilidad de un regreso de Lula al gobierno, sostiene: «No creo que este Congreso vaya a cambiar la Constitución y a aprobar las elecciones directas. Puede pasar, pero mi análisis de coyuntura no contempla esa posibilidad. Porque se trata de un Congreso demasiado corrupto, nepotista, oportunista, comprometido con el gran capital».
–En ese marco, ¿cómo analiza las causas que originaron este escenario de crisis y qué perspectivas observa?
–La crisis en Brasil es muy aguda, porque hay una sucesión de equívocos cometidos. Por ejemplo, durante los gobierno de Lula y de Dilma no se hizo una reforma política. Y hoy, el propio Partido de los Trabajadores es víctima de eso. También incide no haber trabajado en promover nuevos cuadros propios. Evo Morales, en Bolivia, tuvo la inteligencia de valorar a líderes populares, impulsarlos políticamente y que luego se convirtieran en diputados o senadores. El PT no ha hecho algo similar; por el contrario, realizó alianzas espurias con partidos de derecha. El único sector que trató de elaborar una estrategia para ocupar lugares en el Parlamento fueron las Iglesias Evangélicas. Creo que eso facilitó el golpe institucional y el arribo al poder de Temer, un hombre que no tiene legitimidad. Sobre la decisión que tome el Tribunal Superior Electoral hay distintas opciones. Pienso que va a haber elecciones indirectas. Claro, yo prefiero directas. Pero no es fácil porque en tal caso habría que cambiar la Constitución. Y este Congreso no quiere elecciones directas porque, como Temer, tiene miedo de que Lula gane. El establishment quiere elegir una persona de su preferencia. El Congreso está consustanciado con las política de Temer, por ejemplo en lo que se refieren a algunas iniciativas como la reforma previsional. O sea, se quieren derribar más de 70 años de conquista de derechos sociales. Una reforma como esa ya no permitiría a la gente sencilla, a la gente del pueblo, jubilarse debido a la expectativa de vida de los sectores más pobres. Según el cambio que proponen habría que trabajar 49 años para tener derecho a jubilarse. Por lo tanto, sería imposible.
–Por lo que señala, las equivocaciones del PT impactaron fuertemente para que pudiera continuar en el gobierno.
–Fueron muchos errores. Uno de ellos, el primero, fue el ético. Algunos dirigentes del Partido estuvieron comprobadamente involucrados en hechos de corrupción. Segundo, no se aprovecharon 13 años de gobierno para construir una contracultura capaz de crear en la gente un protagonismo político, una conciencia crítica. Y tercero, se ha priorizado el acceso a los bienes personales –computadoras, teléfono celular, televisión, heladeras, etcétera– cuando se debió haber priorizado el acceso a los bienes sociales. Esto es, educación, salud, transporte, medidas sanitarias. Entonces, en el caso de Brasil, se creó una nación de consumistas. La gente tiene nostalgia de Lula no porque este sea progresista, sino porque en su gobierno no había inflación, con poco dinero se podía comprar mucho y la gente en las favelas, dentro de las casitas de madera, tenía televisión en color, smartphones e incluso coches. Porque Lula desarrolló un programa de créditos populares mediante el cual se podía comprar un auto en 90 meses. Pero la gente sigue en las favelas. Y ese es un problema.


–¿Cree que el golpe parlamentario, sumado a las estrategias del establishment por imponer una salida por derecha a la crisis, puede debilitar la reconstrucción de las fuerzas progresistas?
–No absolutamente, porque la derecha no se encuentra firme y Temer es un bandido, como se ha demostrado. Por eso Lula sigue ocupando el primer lugar en las encuestas, tiene la mitad del apoyo de la sociedad y le alcanza para ganar una elección, teniendo en cuenta que no existe una figura brasileña que lo supere a nivel electoral.
–¿No existiría otra figura por izquierda con chances de éxito, al margen de Lula?
–Ahí vamos a entrar en un callejón sin salida porque yo no veo otra figura progresista con posibilidades de ganar las elecciones. Tengo miedo de que un sector de la izquierda quiera apoyar a Ciro Gomes (del Partido Democrático Laboralista). Para mí, él es un hombre de derecha. Por lo tanto, el riesgo es transitar por este fenómeno mesiánico que está de moda, sucede con Trump y el nuevo presidente de Francia, Emmanuel Macron. Existe el peligro de que venga una figura con visibilidad televisiva a asumir la presidencia del país, seguramente una persona que va a hacerle el juego a la derecha.
–¿Cómo analiza la posible restauración conservadora en la región, teniendo en cuenta que se advierte una derecha activa y con capacidad de triunfo en las urnas?
–Creo que la derecha tiene una ventaja sobre nosotros. Son más articulados. Tienen menos dificultades en llegar a puntos en común. Quizá porque se mueven por intereses y no por principios. Y nosotros, teóricamente, deberíamos movernos por principios y no por intereses. Lo cierto es que no hemos hecho una articulación un poco más programática sobre hacia dónde tenemos que conducir a nuestros países, para dónde debe ir América Latina. Hubieron algunas instancias –Foro de San Pablo, Celac, Unasur, la Alianza Bolivariana de los Pueblos–, pero nunca funcionaron, efectivamente, desde mi punto de vista, como un laboratorio de estrategias regionales capaces de orientar, dentro de la legalidad burguesa, a nuestros gobiernos a conquistas de sustentabilidad. O sea, estaba toda la gente surfeando, creyendo que las mejoras iban a durar mucho. Y eso ha provocado, primero, una dependencia externa muy fuerte del capital internacional; y segundo, la desindustrialización de muchos de nuestros países. Por ejemplo, Brasil fue afectado mucho por esto último. Entonces, diría que todavía hay tiempo, pero no veo muchas iniciativas en ese sentido de estar juntos, pensando para dónde vamos, cómo vamos, con quién vamos y de qué modo vamos. No basta tener consignas o creer que porque somos de izquierda o progresistas siempre el pueblo va a votar por nosotros. Sobre todo en el caso de Brasil, debido a la gravedad de la corrupción. Fidel me dijo una vez que un revolucionario puede perder todo, la libertad, la familia, la casa, el trabajo, e incluso la vida, pero no puede perder la moral.
–¿Cómo observa la situación en Venezuela?
–El papa Francisco ha tenido una vocación por el diálogo respecto de lo que ocurre en Venezuela. Es un hombre del diálogo. Pero lo que se advierte es que existe una oposición fuerte, no dispuesta a ese diálogo. Frente a esta crítica situación, espero que la reforma constitucional que viene impulsando el presidente, Nicolás Maduro, sea bien conducida y permita un mínimo de estabilidad, dado que la actual es una situación bastante preocupante.


–A propósito del papa Francisco, ¿qué piensa de las reformas que viene llevando adelante en la Iglesia Católica y de qué modo influyen en los sectores que se resisten a sus iniciativas?
–No es fácil para Francisco cambiar las estructuras de la Iglesia. En principio, por su carácter de hombre democrático. Francisco podría, como máxima autoridad de la institución en Occidente, hacer reformas de forma directa, pero no quiere utilizar esos medios. De ahí que consulte mucho. Hay en este momento una verdadera guerra en los bastidores de la Iglesia Católica, entre la gente que está de acuerdo con las reformas de Francisco y la que se opone. Digo, se oponen porque saben que van a perder funciones y privilegios. Y Francisco soporta eso con mucha paciencia. Porque hay algunos cardenales que incluso lo critican públicamente. Y él tiene autoridad, en nombre de la unidad de la Iglesia, de mandar a esos hombres a mantenerse callados. Y no lo hace.
–¿La Teología de la Liberación tiene puntos en común con las propuestas del papa?
–Francisco tiene una opción muy nítida por los pobres, por los refugiados, por vincularse con los líderes de los movimientos sociales del mundo. Así se expresa en su bandera de «las tres T» (tierra, techo y trabajo) y en sus documentos extremamente importantes en los que critica al sistema capitalista sin hablar del capitalismo. Uno de ellos, la encíclica Laudato si’. No hay ningún documento tan importante como este. Porque todos los demás hablan de los efectos de la degradación ambiental. En cambio, en la Laudato no solo señala los efectos, sino, sobre todo, las causas. Por eso provocó mucha reacción en contra de Francisco en los Estados Unidos. Sus enemigos hoy claramente dicen que Francisco es un hombre de la Teología de la Liberación, que está influido por el marxismo y todo eso. Acabo de leer un documento de un grupo venezolano que vive en los Estados Unidos hablando de la coyuntura mundial y dice claramente que no se puede contar con Francisco porque es un hombre que está en los brazos de la Teología de la Liberación, como latinoamericano que es. Sin embargo él no necesita enarbolar consignas. Importan su coherencia, sus propuestas, sus posiciones en defensa de los pobres. Esto hizo que muchos cardenales lo acusen de desviar la doctrina católica y de ser un militante de la Teología de la Liberación. Lo que es bueno para nosotros: hoy no estamos tan solos como en algún tiempo atrás.