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Adiós al zoológico

En todo el país es cada vez más fuerte el reclamo de activistas y organizaciones que luchan por el cierre definitivo de las «cárceles de animales». Un cambio de paradigma está en marcha.

 

Tras las rejas. Babuino en su jaula del zoológico de Buenos Aires. (Jorge Aloy)

En la Ciudad de Buenos Aires, en Mendoza, en Neuquén, en La Rioja, en Córdoba, en Santiago del Estero, en Bahía Blanca, en Santa Fe, en la ciudad de La Plata, en Luján, el reclamo es el mismo: poner fin a los zoológicos definitivamente. Y es que de a poco, a fuerza de sentido común y mucho trabajo de las organizaciones ambientalistas, las dos grandes falacias que sostienen los zoológicos en pleno siglo XXI se van desmoronando: que tienen fines educativos y conservacionistas. Hay algo seguro por el momento, y es que si estas cárceles de animales desaparecen, lo harán como resultado del clamor de la ciudadanía, que pese a no tener a favor la parafernalia comunicacional sabe utilizar muy bien el recurso de las redes sociales para convocar, por ejemplo, a un abrazo al zoológico porteño, o para juntar firmas y así pedir por el traslado del oso Arturo, que aún permanece en el zoológico de Mendoza.
No obstante, no todo es tan sencillo ya que, según afirman desde estas mismas organizaciones ambientalistas, hay mucho dinero en juego y las iniciativas abolicionistas chocan de frente con uno de los negocios más rentables, más invisibilizado y menos castigado como lo es el tráfico de fauna. Los zoológicos, sostienen, son en muchos casos la pantalla socialmente aceptada para lucrar con los animales víctimas de este delito, con el único fin de entretener a los espectadores.
«Los zoo son parte del acervo cultural de los últimos 200 años. El primer zoo empieza con el primer barco que lleva animales autóctonos de América a España para ser exhibidos junto con los aborígenes ante los reyes. La realidad es que un zoológico no educa, lo que le enseña a un niño es que se puede destrozar un ecosistema, el núcleo familiar de ese animal o la manada, transportando a ese ser como si fuera un mueble durante miles de kilómetros, llevándolo a un lugar y a un clima que no le son propios, encerrándolo de por vida en una jaula, lo que hace que el animal se vaya enfermando física y psicológicamente. Respecto del conservacionismo la pregunta es qué sentido tiene reproducir jirafas africanas en medio de Plaza Italia. Los zoológicos se sostienen en base a esas dos mentiras institucionalizadas, pero además hay muchos intereses económicos detrás, hay mafias de tráfico ilegal, por esto es tan difícil terminar con ese paradigma cultural», sostiene en diálogo con Acción Malala Fontán, activista de la organización SinZoo que busca, entre otras cuestiones, la reconversión del actual zoológico de Palermo en un parque ecológico dedicado a la recuperación y reinserción de la fauna producto del tráfico.
Para el abogado y titular de la cátedra de Derecho Animal de la UBA, Gerardo Biglia, desde hace 40 años el sufrimiento animal se viene discutiendo a nivel académico en las universidades. Muchos países han avanzado en lo legislativo, pero el avance más importante es desde lo ético. «Cuando se toma conciencia de que, en el caso de los zoológicos, ese animal que usamos para nuestro entretenimiento es un igual, algo tiene que cambiar. El cambio está dado porque estamos pasando de tratar a los animales como cosas a tratarlos como un otro. Todos los que pueden sufrir deberían estar alcanzados por las mismas garantías, no es solo una cuestión jurídica sino de qué consideración les damos a los animales en nuestras sociedades», afirma.
En la misma línea, el letrado y activista por el cierre definitivo de los zoológicos,  asegura que «no hay ninguna característica de superioridad del hombre que podamos profesar todos los individuos de nuestra especie, porque no todos los humanos manejan un lenguaje complejo o se conducen en dos patas, es decir, no hay una característica que pueda definir la superioridad, lo cual nos llevaría a excluirnos a nosotros mismos de la comunidad moral. Por otra parte, los derechos no pueden estar condicionados por la biología, de hecho les damos derechos a entidades que ni siquiera son humanas como las sociedades, las asociaciones, las fundaciones o las organizaciones gremiales que para nuestra legislación son personas jurídicas con derechos».

Un parque ecológico
La iniciativa de la organización SinZoo, que fue presentada recientemente en la Legislatura porteña por el legislador Adrián Camps (Partido Socialista Auténtico), y que se halla en tratamiento en la Comisión de Ambiente, propone que el Jardín Zoológico porteño deje de ser un centro de encierro y hacinamiento de animales para convertirse en un jardín enfocado en el rescate, atención, reinserción de fauna y salvaguarda de los ecosistemas. En igual medida, de no tratarse de fauna autóctona, este jardín ecológico podría derivar, por medio de instituciones públicas o privadas, los ejemplares de fauna foránea a reservas del exterior acordes con el hábitat de cada individuo.

Palacio de los elefantes. El zoo porteño tiene 2.500 animales de distintas especies. (Jorge Aloy)

«Por ahora el proyecto solo pasó por la Comisión de Ambiente, fue tratado solo dos veces y la impresión es que está cajoneado. Queremos que con los 350 empleados que hay en el zoo, el caudal científico y el trabajo de las fundaciones se pueda hacer un centro de rescate, rehabilitación y reinserción de fauna autóctona. En este momento hay un tráfico de fauna autóctona en la Argentina altísimo, hay cientos de miles de aves que vienen de las provincias hacinadas en botellas de gaseosas, cajas, también hay lagartos y monos carayá que se venden en las ferias de Pompeya y de Villa Domínico. Cuando Fauna Nacional interviene y decomisa a los animales no tiene dónde meterlos, van a un zoo o los matan, se necesita un centro de rehabilitación de esos animales, a eso apunta el jardín ecológico», explica Fontán.
Desde SinZoo reconocen que el cierre de los zoológicos debe ser gradual, de hecho la iniciativa hace hincapié en este sentido. Uno de los proyectos hermanos de este, que ya se encuentra en marcha en la provincia de Mendoza, prevé el cierre progresivo y su transformación en un parque ecológico. Su actual directora, recientemente asumida, la ambientalista Mariana Caram, señaló que el objetivo es convertir el zoo mendocino en un ecoparque y que «en lugar de mostrar animales en cautiverio como entretenimiento, se haga foco realmente en la protección de las especies silvestres y sobre todo de lo autóctono, flora y fauna».

De Bengala. Tigre blanco, ejemplar exótico de una institución en crisis. (Jorge Aloy)

No es la única propuesta en este sentido existente en el país ya que son numerosas las provincias que plantean esta necesidad. A nivel mundial, a su vez, existe la toma de conciencia de que las jaulas no son un buen lugar para nadie, ni siquiera aunque dupliquen su tamaño. «Hay quienes ponen como ejemplo a los zoológicos del Primer Mundo diciendo que se dedican a la conservación de especies, que si bien continúan exhibiendo animales estos están en mejores condiciones, en jaulas más grandes y con mejor alimentación. Nosotros somos un grupo abolicionista, es decir, no pretendemos agrandar las jaulas de los animales sino liberarlos dentro de lo posible y que no continúen exhibidos y sufriendo, porque para los animales silvestres el encierro es una fuente de estrés muy importante», sostiene Andrei Chtcherbine, guardaparques y creador del proyecto de ley porteño.
Donde también se ha tomado la decisión de cerrar los zoológicos es en Costa Rica, donde se optó por no renovar la concesión de los mismos y de forma gradual reubicar a los animales en santuarios. Por su parte, Uruguay se encuentra desde hace un tiempo, por pedido y presión de las organizaciones ambientalistas, enviando ejemplares de osos y leones a santuarios de Estados Unidos.

El caso de Sandra
En octubre de este año, las organizaciones que trabajan por el fin de los zoológicos creyeron haber ganado una batalla cuando la jueza Elena Liberatori hizo lugar a una acción de amparo presentada por la Asociación de Funcionarios y Abogados por los Derechos de los Animales (Afada) y reconoció a la orangutana Sandra, que se encuentra en el zoo porteño desde hace 21 años, como «sujeto de derecho» ordenando que se le garantizaran «condiciones adecuadas de hábitat». Según había trascendido en su momento, Sandra no solo dejaría el zoo de Plaza Italia sino que además sería trasladada a un santuario de Brasil. Nada de esto ocurrió.
«Lo que hubo fue una manipulación de la prensa, no sabemos por parte de quién, pero se anunció que Sandra iba a ser liberada y enviada a un santuario de Brasil, algo que nunca fue cierto. El arbitrio de lo que va a pasar con Sandra lo tienen nuevamente su carcelero, el director del zoo, Gabriel Aguado, acusado de tráfico de animales desde 1993 por Traficc Org International, y el veterinario Miguel Rivolta. Sandra tendría que estar retirada de la exhibición y sigue siendo exhibida.
«Hay cambios en los zoo que no demandarían mucha inversión, solo poniendo a los animales en lugares que los estresan menos ya se mejoraría. Para hacer conservación de la naturaleza están los parques nacionales, las reservas y las áreas protegidas que son los verdaderos lugares para hacerlo, encerrando animales no enseñamos nada bueno a nadie», concluye Chtcherbine.

María Carolina Stegman