Aprender a resistir

El modelo de alquiler y venta de películas en soporte físico languidece. Sin embargo, en Buenos Aires y otras ciudades del país, algunos locales conservan clientes y suman nuevos socios. Tecnófobos, curiosos y cinéfilos, entre los más representativos.


Clásico y moderno. En el barrio porteño de Palermo, Marcos Rago está al frente de Black Jack desde hace más de 30 años. (Jorge Aloy)

Alas 11 de la mañana de un viernes en la esquina de Guatemala y Malabia, en el barrio porteño de Palermo, se habla de cine; más exactamente de cine holandés. Sucede que un veinteañero de rulos y anteojos está buscando historias ambientadas en Ámsterdam, como para familiarizarse con la ciudad de los canales y las bicis antes de viajar, lo que sucederá en breve. Después de unos instantes, le sugieren: «Llevate Carácter. Te va a gustar. Ganó el Oscar en los 90», le aseguran y le informan, definitivamente, influyendo en la decisión.
La sugerencia está a cargo de Marcos Rago, dueño de Black Jack, uno de los pocos videoclubes (no superan la decena) que quedan en Buenos Aires. Con impronta clásica pero aggiornada, en el local, verdaderamente atiborrado de DVDs, los posters de películas clásicas se alternan con novedades y lanzamientos. La imagen de Demi Moore en Streap Tease, sexy y desde el techo, junto a un atlético Tom Cruise en Misión Imposible III, vigilan la demanda.
«Sí, ya sé: me van a preguntar cómo hago para sobrevivir», anticipa Marcos justo antes de ser interrogado acerca de la salud del negocio, que cumplió 30 años en 2018, en pleno auge del streaming. «Este es un emprendimiento comercial. Y si estoy aquí es porque todas las semanas hay gente que se hace socia y el negocio da. Lógico, muy lejos de los tiempos de gloria, allá, por 1994 o, inclusive, hasta 2004, 2005, cuando, después de la migración del VHS al DVD también se vivió un boom».
El entrevistado explica que primero fue la piratería –copia ilegal de películas– la que atentó contra el negocio. Y, después, el streaming, pero cuando este llegó, confirma, el alquiler de DVD ya estaba en declive. En este escenario, Rago, hoy de 53 años, comenzó a reformular el negocio, agregándole venta de películas a la opción del alquiler y evolucionando tecnológicamente con la incorporación del Blu Ray.
 «Es una tecnología que te permite mejorar el sonido y la imagen», explica el titular de Black Jack, detallando que cumple con los requisitos de los fanáticos más exigentes, que no solo demandan estrenos sino, también, películas high definition, con calidad sonora y visual. «El Blu Ray te da imágenes extra; por ejemplo, el detrás de escena», detalla otro socio, adolescente él, mientras busca la última de Toy Story (justamente en este formato) y, didáctico, decide intervenir en la charla.
El relato podría virar al lado de la nostalgia. Pero no. Por un lado, porque los clientes entran y salen del negocio, lo que habla de un emprendimiento en tiempo presente y vivo, y, por el otro, porque Marcos explica con entusiasmo cuáles son los secretos para mantener el local activo: «Por supuesto: hay un valor agregado. El socio sabe a dónde viene y qué hay en el video club, la filmografía de directores de culto, sagas completas y películas en blanco y negro, además de los estrenos. Y sabe que estoy yo, que lo conozco a él y que  voy a saber qué recomendarle». Su reseña, asegura, siempre va a ser mejor que la que aparece en Netflix que, por cierto, son dos líneas escritas sin verbos.
Estos mismos factores, indica Rago, son los que también permiten que este tipo de iniciativas subsistan mientras un gigante como Blockbuster (en 2010 entró en bancarrota) fracasa: «La cadena se basaba en tener 200 películas de Rápido y Furioso 33. Aquí tenemos Rápido y Furioso 33, pero también tenemos clásicos europeos o lo último del cine coreano. Es más: el socio sabe que si quiere una película determinada yo se la voy a conseguir», ejemplifica.
¿No es el perfil de cliente de un videoclub  toda una curiosidad? «Los vecinos de aquí, de Palermo, por supuesto, son los que más alquilan, más allá de que venga gente de otros barrios», responde Rago. Y cuando se le piden precisiones, describe: «Hay mucha mujer de edad mediana que alquila películas para ver con amigas. Y también hay clientes institucionales: centros culturales y municipios que piden todo un ciclo de cine de determinados directores», enumera. Según confiesa, están los que sienten vértigo con internet y aquellos que simplemente admiten sentirse mejor con el contacto humano.
El retrato del socio promedio se interrumpe con la llegada del crítico de cine Diego Curubeto (se lo puede leer en Ámbito Financiero), otro habitué del videoclub, quien, después de prometer que esa misma tarde devolvería la película que fue a llevarse, como los otros socios, tampoco duda en recomendar los servicios del local, haciendo hincapié en la variedad de títulos y en los conocimientos de su propietario. Según el mismo Rago explica, hace poco se presentó la posibilidad de reunir a los socios de Black Jack y comprobar la empatía que, como imaginaba de antemano, habría entre ellos. Se dio en noviembre pasado, cuando el videoclub, como se dijo, cumplió tres décadas de vida.

Oferta limitada
En Black Jack dicen desconocer si en otras ciudades del mundo aún funcionan videoclubes, aunque algunos años atrás, recuerdan, un local en Berlín bien nutrido de títulos tenía una intensa actividad. Y efectivamente, en otras latitudes también los hay. Ficciones y Arfe son dos de los videoclubes de Madrid que todavía cuentan con una buena cantidad de socios entre los que hay millennials y clientes con rastas. Como ha sucedido por aquí, a su oferta cinematográfica han sumando temporadas completas de series, bastante pedidas por la clientela actual.
Pero no hay que ir tan lejos. En La Plata, según informa el diario El Día en su edición del 17 de noviembre, un puñado de negocios resiste, algunos con su público de siempre y dedicados exclusivamente al alquiler y venta de films, y otros incorporando rubros para de esa manera solventar el alquiler del local y poder abastecer a un platea activa que aún demanda DVD o Blu Ray, por variedad, calidad y/o servicio. Algo parecido dio a conocer el mendocino Los Andes, unos días antes, acerca de los videoclubes que de una u otra manera también abren sus puertas en la provincia cuyana y otro tanto hizo La Voz de Córdoba, también en noviembre.
«Sobre todo, nos dedicamos a la compraventa de películas. Muy pocos hoy alquilan», apunta Néstor Ereros, encargado de Backstage, un local sito en pleno Barrio Norte, donde además de DVD y Blu Ray ofertan CD, vinilos y accesorios de celular. El local, que nació formando parte de una cadena de disquerías, migró a las películas para después incorporar distintos productos y servicios, enfocándose también en el mercado del usado. «También tenemos plastimodelismo», agrega, señalando distintas maquetas de aviones exhibidas entre tantos otros productos que hay en el negocio.
Aun cuando la proporción venta/alquiler en Backstage es 80/20, en el local de avenida Pueyrredón al 1500 señalan que no descartan que las proporciones se modifiquen, habida cuenta los impuestos que, al cierre de esta edición, se barajaban para las plataformas de streaming que cobran en dólares. De todos modos, las limitaciones surgen desde el lugar menos pensado, que es la oferta. Yoíchiro Iga, titular de Aliens, videoclub con un catálogo de más de 10.000 títulos que queda en Soler y Coronel Díaz, en la CABA, explica que son las mismas empresas editoras locales que atentan contra el negocio, ya que no editan títulos suficientes en soporte físico como para abastecer la demanda. «Y llevan un año de retraso, y también más», remarca.
Algo parecido sucede con el hardware: de hecho, las nuevas notebooks hace rato que no cuentan con reproductor de DVD. También desde Palermo (definitivamente, el barrio que concentra más videoclubes activos de la ciudad), con una gigantografía de Forest Whitaker en la película de Jim Jarmush, Los caminos del samurái, dominando su local en el que los DVD se entremezclan con muñecos de dinosaurios y alienígenas de diferentes tamaños, Iga asevera que la crisis es irreversible para el sector; que la Cámara Argentina de Videoclubes se disolvió y que él mismo, que solo abre por las tardes, piensa en retirarse. Cierto tipo de cinéfilo y tecnófobo –y también viceversa–, no deja de lamentarlo.