Batallas de Francisco

Sectores conservadores vienen desafiando la autoridad del papa con ataques públicos, en virtud de los cambios en el Vaticano y de sus posiciones sobre temas como el divorcio y la pobreza. Presiones por la investigación de curas acusados de abusos sexuales.


Mensajes. El 4 de febrero Roma amaneció empapelada con afiches con críticas al sumo pontífice. (Roma/Ipa/Rex/Shutterstock/Dachary)

Según creen los católicos, Jesús caminó sobre las aguas. Más difícil la tiene el jefe de la Iglesia en medio del tumultuoso mar que lo cerca. El ala conservadora del Vaticano embiste contra el papa de manera persistente. «Soy un cura callejero», expresó Francisco. Y después lo empapelaron. El argot porteño resultó literal: la Santa Sede amaneció, por primera vez en su historia, con afiches anónimos que criticaban al sumo pontífice; como en una campaña electoral, pero remitiendo a la movida política que socaba los cimientos del poder eclesiástico. Hombres de sotana han dicho y dicen de Jorge Bergoglio que es comunista, populista y hereje. Lo critican por ser demasiado comprensivo con los homosexuales y los divorciados, por intentar solucionar el desorden económico y moral que involucra a los prelados y por meterse con cuestiones terrenales como la pobreza y la exclusión.  El temor que lo llevó a mudarse a una  habitación común en la residencia de Santa Marta en lugar del lujoso y solitario aposento oficial tiene ahora motivos explícitos: muchos de los suyos no lo quieren y ya no callan.
«Has intervenido órdenes religiosas, retirado sacerdotes, ignorado cardenales… ¿Dónde está tu misericordia?», preguntaban voces sin nombre desde los carteles. El texto remite a episodios puntuales. El papa designó un delegado pontificio en la Orden de Malta, un grupo laico creado hace casi 1.000 años, durante las Cruzadas. Juran lealtad y obediencia a la Santa Sede para desarrollar sus tareas, mayoritariamente humanitarias. La Orden desplazó a uno de sus referentes por no oponerse a que se distribuyan preservativos en campañas de salud en África y Asia. Francisco quiso investigar, pero el líder del grupo se negó y desconoció la autoridad del papa. Renunció cuando llegó la intervención. Bergoglio había realizado idéntico desembarco en los Legionarios de Cristo, una orden poderosa y ultraconservadora cuyo fundador había sido acusado por el antecesor suyo, Benedicto XVI de «graves e inmorales comportamientos» que incluían abusos sexuales, fraude y extorsión.

Frente común
La mención a los cardenales tiene que ver con un escándalo entre los purpurados, quienes son designados por la Santa Sede y votan en cada cónclave para decidir quién liderará la Iglesia. Por eso sus palabras no son meramente testimoniales. Cuatro de ellos, en una carta pública, señalaron a Francisco por «graves errores teológicos»;  la equivocación de Bergoglio fue –dicen– contemplar la posibilidad de que cada diócesis (Iglesia local) pueda, según su costumbre y cultura, dar la comunión a divorciados que volvieron a casarse. Los cardenales pidieron explicaciones pero no obtuvieron respuesta. Deslizaron por publicaciones afines que «las enseñanzas modernizadoras del papa sobre los divorciados son en parte sacrílegas y pueden ser justificadamente consideradas como heréticas». Fue el cardenal estadounidense Raymond Burke, uno de los cuatro díscolos, quién dijo que el sumo pontífice no respetaba «la voluntad divina en favor del matrimonio indisoluble». Burke había sido el sostén católico en la carrera de Donald Trump hacia Washington. Stephen Bannon, principal consejero del presidente norteamericano, mantiene estrechos vínculos con el prelado para cargar contra Francisco. Lo reveló el diario The New York Times, que agregó que el funcionario de la Casa Blanca cree que el papa «está peligrosamente equivocado» y que «probablemente es socialista».

Burke. Vínculos con Donald Trump. (AFP/Osservatore Romano)

En 2015 habían sido trece los cardenales que desafiaron las decisiones de Francisco, esta vez en misiva secreta que se filtró a la prensa. Acusaban a Bergoglio de manipular el Sínodo (asamblea mundial) de obispos para «inclinarlo hacia el progresismo». El tema de los divorciados fue nuevamente  la punta de lanza conservadora. El papa sí respondió esa vez. En las conclusiones del encuentro expresó que el proceso de apertura hacia las familias que se rearmaron «significa haber puesto al descubierto a los corazones cerrados, que a menudo se esconden incluso dentro de las enseñanzas de la Iglesia para juzgar, a veces con superioridad y superficialidad, los casos difíciles y las familias heridas». Uno de los cardenales críticos fue el australiano George Pell, designado un año antes en la nueva Secretaría de Economía vaticana. Su gestión fue cuestionada puertas adentro de la Santa Sede por el papa. Puertas afuera tiene un rival aún mayor: lo acusan de aferrarse a su puesto para escapar de la Justicia penal de su país, que lo investiga por delitos de pedofilia.

Piedras en el zapato
Los abusos sexuales cometidos por hombres de sotana y el silencio, la complicidad o la inacción de las autoridades eclesiásticas son otras piedras en el zapato de Francisco. También tiene allí sus críticos, por lo mucho o poco que hizo al respecto. El ala dura del Vaticano pretende esconder esas aberraciones bajo la alfombra y sugieren que el papa desactive las comisiones que estudian las denuncias, creadas especialmente por Bergoglio. Los sectores renovadores y numerosas asociaciones civiles y laicas imputan al sumo pontífice el no hacer más para identificar y castigar a los culpables. A principios de este año el papa había insistido en la «tolerancia cero» ante los casos de sacerdotes involucrados en pedofilia. «Es un pecado que nos avergüenza. Personas que tenían a su cargo el cuidado de esos pequeños han destrozado su dignidad», sentenció.
La batalla dentro de la Santa Sede tiene soldados leales a Francisco. El denominado grupo C-9, el consejo de nueve cardenales que asesora al papa en su intención de reformar la Iglesia, manifestó que «en relación con episodios recientes (ataques conservadores con carteles y desde blogs y sitios web) expresamos nuestro pleno apoyo a la obra del papa y aseguramos nuestra adhesión a su persona y a su magisterio». Los prelados, representantes de los cinco continentes, agradecieron el discurso que Bergoglio dirigió a la curia romana en diciembre pasado. Allí, el sumo pontífice definió a sus reformas como «un camino de conversión», pero denunció, premonitorio, resistencias «ocultas y maliciosas» a esa transformación.  
La alzada contra el sucesor del trono de Pedro en la Iglesia llevó a que el papa deje de lado la elipsis y el poder de las parábolas. En su tradicional mensaje de cada domingo en la plaza mayor del Vaticano, Francisco calificó de enemigos a quienes «hablan mal de nosotros y nos calumnian». Son palabras que en su boca se asemejan a puños, abandonando por un rato, sin estridencias pero con firmeza, aquella exhortación evangélica a poner la otra mejilla.