Brasil da el salto

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Con nuevas reservas de petróleo y desarrollo en tecnología nuclear y aeronáutica, proyecta su liderazgo más allá de la región. Los BRICS, nuevo polo de poder internacional.

 

Despegue. El Cristo Redentor de Río de Janeiro ya no es el único emblema que identifica a Brasil. Ahora también está el logo de Petrobras. (Antonio Lacerda)

Que las agencias de vigilancia global de Estados Unidos pongan el foco en Brasil, y que además lo hagan sobre alguna de sus empresas más emblemáticas, como Petrobras, muestra no sólo la avidez de inmiscuirse en asuntos ajenos de los espías estadounidenses. Es una prueba de que Brasil es gravitante para Washington. Y mucho más desde que el gigante sudamericano decidió que ya no está para recibir consejos ni amenazas sino más bien para sentarse a la mesa de las grandes discusiones internacionales.
Se lo hizo saber con firmeza Dilma Rousseff a Barack Obama cuando se conocieron las revelaciones del ex agente Edward Snowden sobre el espionaje a los correos electrónicos de la presidenta brasileña y los archivos más importantes de la compañía petrolera nacional, a punto de lanzarse a una licitación sobre algunas de las cuencas descubiertas en los últimos años frente a costas brasileñas. Verdaderos tesoros que ubican al país entre los de mayores reservas del precioso recurso, a niveles que no habían soñado generaciones anteriores, al punto que alcanzó el autoabastecimiento en ese estratégico rubro y va por más.
Cierto es que EE.UU. ingresó en una etapa de declinación visible. Pero no lo es menos que Brasil es ya una potencia hecha y derecha, según se encargan de decir analistas de todo el mundo. No por nada es uno de los pilares de los BRICS, ese puñado de naciones que, según se estima, dentro de 20 años superarán en volumen económico al resto de los países desarrollados. Pero, además, tiene algunos de los factores determinantes para ser considerado una potencia: extensión territorial, riquezas naturales, población y desde hace muy poco, petróleo en abundancia. Y sobre todo, la determinación política de serlo.
Brasil, sin embargo, fue considerado una subpotencia imperial, sumisa del «hermano mayor», EE.UU., hasta no hace tanto. Para Alberto Sosa, autor de Alianza Argentina-Brasil e integración sudamericana y cofundador de la asociación AmerSur, así como los pequeños necesitan de sus padres en su etapa de crecimiento, Brasil se apoyó en EE.UU. pero no gratuitamente. «Siempre obtuvo algo a cambio». Entre las ventajas de esa colaboración Sosa cuenta que Vargas quería desarrollar la industria pesada brasileña, para lo cual pidió ayuda al presidente Franklin Delano Roosevelt. Según parece, la negociación fue en términos parecidos a: «Si ustedes no me dan una mano en Volta Redonda (la primera acería integrada de América Latina, creada en 1942) le voy a tener que pedir ayuda a los alemanes». Y la respuesta, en vista del resultado, bien puede haber sido «declaren la guerra a Alemania y manden tropas». Como sea, también, para la época, el país del samba consiguió de EE.UU. el know how para la formación de un pilar clave del despegue brasileño, el Banco Nacional de Desarrollo (BNDes), que se sustenta con un impuesto sobre las jubilaciones y no con aportes particulares y apoya la transnacionalización de empresas brasileñas. «El estatuto del BNDes le permite financiar solamente a largo plazo proyectos de infraestructura o estratégicos, de industria pesada», especifica Sosa.
También recurre a la historia reciente Ricardo Romero, autor de El Brasil de Dilma y director del Observatorio de Política Latinoamericana del Instituto de Estudios América Latina y el Caribe de la UBA. «Desde los años 30 en adelante la industrialización de Brasil tiene mayor asidero que el modelo agroexportador», lo que genera un crecimiento sostenido comparable solo con el Japón de entonces. ¿El secreto? Vargas derrotó a la oligarquía del café en 1932, pero aprovechó las buenas relaciones que ella había creado con la elite estadounidense. Y por sobre todas las cosas, «cuando las elites brasileñas se fijaron planes de metas, los cumplieron».
«No es que ellos tengan una clase política excepcional ni empresarios excepcionales, pero han tenido un patrón de desarrollo muy sostenido en el tiempo y han respetado los acuerdos básicos por décadas sin conflictos internos», abunda Fernando Devoto, docente de Historia y autor de Argentina-Brasil 1850-2000 junto con el brasileño Boris Fausto. Es más, se jactan de haber mantenido políticas de Estado con Lula y Dilma Rousseff que venían de tiempos de Fernando Henrique Cardoso, a pesar de las diferencias obvias de enfoque.

Es que sobre una base de negociación con el imperio portugués primero y el británico y estadounidense después, el país amazónico no se detuvo. «Brasil siempre ha tenido un nacionalismo empírico, no doctrinario. Los hispanoamericanos tenemos un discurso a veces antiimperalista a nivel retórico pero poco concreto en los hechos, ellos no», apura Sosa, con alto grado de razón. Esa capacidad negociadora es reflejo de los acuerdos internos entre las cúpulas del establishment, que se mostraron capaces desde la década del 30 del siglo pasado de fijarse metas de desarrollo y llevarlas a cabo. «El gobierno de Juscelino Kubischek, un desarrollista que coincidió con la presidencia de Arturo Frondizi aquí –sostiene Devoto– se propuso crear una capital en el medio del Brasil, lo que implicó una inversión pública enorme. Pero a la larga se generó un polo de desarrollo muy importante y Brasilia le cambió el rostro al país al sacar la capital de la que fuera cabecera del antiguo Imperio».
«En 1968 Brasil hace una segunda revolución industrial –tercia Romero– con el Plan Nacional de Desarrollo, que se conoció como el Milagro brasileiro». Desde ese año y hasta 1974 el país creció a un ritmo del 12% anual, y entre 1960 y 1980 pasó de 60 a 120 millones de habitantes. Ese boom económico y social es lo que explica al Brasil que encaró los 90 discutiendo en otros términos con América Latina», agrega Romero.
Es cierto que esta verdadera explosión de Brasil se hizo más explícita desde la época del ex dirigente metalúrgico. Pero tres décadas atrás, el economista e historiador estadounidense Jordan Young ya había avisado en los ambientes académicos que «Brasil es la fuerza emergente del futuro». Fue poco después de aquella otra frase más estratégica que lanzó el entonces secretario de Estado de EE.UU., Henry Kissinger, cuando necesitó que la dictadura brasileña ayudara en el trabajo sucio en la región: «Donde vaya Brasil irá América Latina».

Impensado. Las movilizaciones que estallaron en junio resultaron una sorpresa para un país poco acostumbrado a protestas donde, además, se registran hechos de violencia. (Simon/AFP/Dachary)

 

Desconfianzas mutuas
Como recuerda Devoto, las dirigencias brasileñas siempre miraron con desconfianza al resto de los países que comparten el continente, «los veían como democráticos pero muy inestables». Es bueno recordar que el proceso de independencia de Brasil tiene características bien diferenciadas. Fue un proceso de autonomía surgido por la presión de la burguesía local el que impulsó a que Pedro de Braganza rompiera con su padre Juan para instaurar el Imperio, en 1822. No hubo guerra de independencia y por lo tanto no hay héroes libertadores a quienes honrar. Tampoco, claro, padecieron los largos procesos de desgarramientos internos que sufrieron las jóvenes repúblicas. Como contrapartida, la región también se hizo desconfiada de esa elite imperial que mantuvo la esclavitud hasta 1888 y aprovechó cualquier resquicio para expandirse a costa de sus vecinos. Y eso se hizo patente incluso en sectores críticos de Brasil como es el caso del sociólogo Ruy Mauro Marini, quien definía al Brasil de la dictadura como una subpotencia de los poderes centrales más dispuesta a sofrenar cualquier proceso antiimperalista en la comarca que a plantear la integración.
Desde que el Partido de los Trabajadores (PT) gobierna el país, sin embargo, el rumbo de Brasil aparece direccionado hacia América Latina y, a la vez, distanciado cada vez más de Washington. ¿Se puede confiar en que el cambio es genuino? El uruguayo Raul Zibechi, autor de Brasil potencia: entre la integración regional y un nuevo imperialismo lo plantea claramente. «Ellos tienen una alianza estratégica con Argentina y Venezuela. Esa alianza los lleva a negociar permanentemente sus vínculos. Hay una negociación permanente: Brasil no impone todo lo que quiere. Obviamente, tiene la quinta industria del mundo, tiene multinacionales muy poderosas, no puede haber igualdad total. Pero sí hay negociación».
Para Sosa, sin embargo, el peso del gigante se hace sentir fundamentalmente en América del Sur. «Brasil es una potencia a nivel latinoamericano, pero no es una potencia mundial. No es China, no es Rusia, no está en el club de miembros permanentes del Consejo de Seguridad, tampoco es la India porque no tiene su peso demográfico ni militar y no tiene la bomba atómica». Por otro lado, la base de su comercio es la región, por más que entre sus objetivos están las naciones africanas, fundamentalmente por los lazos que la esclavitud dejó, es decir, tener una población con un 65% de habitantes afrodescendientes en distintos grados. Así, Brasil tiene superávit comercial con todos los países sudamericanos salvo con Bolivia».

 

Tecnología y desarrollo
Ernesto Mattos es investigador en el Departamento de Economía Política y Sistema Mundial del Centro Cultural de la Cooperación. Para hablar de Brasil como potencia, el también miembro de la Cátedra Nacional de Economía Arturo Jauretche de la UBA, aporta datos estadísticos. «La deuda en relación con el PBI está en 40%, la desocupación del 5,6% y las reservas de casi 370.000 millones de dólares implican que pueden mover el tipo de cambio como quieren». Como falencia, Mattos señala que tienen un 40% de las tierras extranjerizadas y que en los últimos años fue creciendo el porcentaje de inversión extranjera directa (IED) hacia la soja y la caña de azúcar. Para colmo, el porcentaje de las exportaciones de productos primarios pasó de 40% al 60%, lo que representa un reflujo en sus aspiraciones de convertirse en exportador industrial.
Otro dato para contar al país como potencia pasa por el peso que tiene la tecnología propia en su desarrollo. Romero resalta los avances en ese sentido en la industria petroquímica, el hardboard informático, la industria de los jugos procesados. «Ellos tienen un sistema universitario de elite que potencia y financia procesos de investigación. Hay mucho dinero para investigación y desarrollo y están buscando potenciar el desarrollo de industrias de base», añade el politólogo de la UNSAM. Zibechi plantea que también hay un despegue importante en el área nuclear. «Brasil está construyendo su primer submarino nuclear. Hay sólo cinco países en el mundo que pueden hacerlo. Eso quiere decir que Brasil domina buena parte del ciclo de la tecnología nuclear y, aunque no tiene bombas atómicas, podría hacerlas». En este aspecto, Sosa es algo menos entusiasta: «Cuando en tiempos de Lula le quisieron vender aviones Embraer a la Venezuela de Chávez, EE.UU. vetó la operación con el argumento de que si lo hacían le dejaban de proveer la tecnología», considera Sosa, quien apunta al mismo tiempo un detalle que figura como perdido en las negociaciones de Brasil en ese sector. Lula había firmado un acuerdo con el gobierno de Francia a cargo entonces de Nicolas Sarkozy. El proyecto era la provisión de aviones de combate Rafale por una suma multimillonaria. «El acuerdo era fabricar una parte en Brasil y con transferencia de tecnología», pero aún está en veremos por las presiones de EE.UU., que pretende colocar aeronaves fabricadas por Boeing.
Lo cierto es que desde aquel 1º de enero de 2003 cuando Lula se calzó la banda presidencial, Brasil consolidó una producción agrícola abrumadora, pagó sus deudas con el FMI e incrementó sus reservas hasta casi 400.000 millones de dólares mientras descubría las riquísimas fuentes petroleras del denominado Presal, en el Atlántico (ver recuadro). También, junto con Argentina y Venezuela, sepultaron el ALCA ante las narices de George W. Bush. Fue entonces cuando, no por casualidad, EE.UU. decidió revivir la IV Flota, creada en la Segunda Guerra para «custodiar» el Atlántico sur y desactivada en 1950. En coincidencia, se abría un abanico de bases militares estadounidenses desde Colombia y en torno al Amazonas. Toda una señal de que el Pentágono registraba el cambio brasileño y no se pensaba quedar de brazos cruzados.
Fue también durante este período que Jim O’Neill, un analista del banco de inversiones Goldman Sachs, reunió datos de los países emergentes más poderosos en un estudio que, para facilitar las cosas, denominó BRIC, por Brasil, Rusia, India y China, al que luego se agregaría la ese de Sudáfrica. Lula, que fue amasando durante sus dos gestiones prestigio y representación, se animó a más y aparte de fomentar esa alianza con los socios del exterior, intentó mostrar las cartas de Brasil como garante de la paz y la estabilidad.

Potencia. La presidenta Dilma Rousseff, invitada especial en los foros internacionales. (Juan Carlos Hidalgo)

 

No a los golpes
Brasil jugó fuerte durante el golpe contra Manuel Zelaya en Honduras y hasta se animó a proponer, junto con Turquía, una salida negociada a la crisis por el plan nuclear iraní. La elección de Río de Janeiro como sede de los Juegos Olímpicos 2016 y la de Brasil como organizador del Mundial de Fútbol el año próximo no fueron más que otra prueba del lugar que estaba ocupando el país.
Pero hay cifras que contrastan con el fervor positivo de los entusiastas. Así, aunque desde 2003 unos 22 millones de brasileños dejaron de estar en la pobreza extrema y 40 millones de pobres alcanzaron pautas de vida de la clase media, el índice que mide la desigualdad social, el coeficiente de Gini, marca 0,52 puntos, dentro de un rango en el que el 0 es la igualdad total y el 1 la inequidad más absoluta. Algunas de estas diferencias alcanzaron el debate público luego de las masivas marchas que en junio dejaron azorados a los dirigentes del país. El reclamo inicial fue contra el aumento de 20 centavos de real en el transporte público. Pero lo que emergió fue el rechazo a las obras faraónicas para el Mundial y los Juegos Olímpicos. Dos eventos con los que Brasil quiso mostrarse al mundo, pero que ahora lo hacen tambalear.
Otros reclamos apuntaban a modificar el sistema electoral y político, diseñado para que nada cambie aunque todos quieran cambiar algo. Un sistema que obligó al PT a aliarse con sectores de centroderecha para poder gobernar. Las críticas al modelo «trabalhista» vienen de la mano de jóvenes que eran niños hace diez años como para tener conciencia del camino que abrió el ex tornero mecánico nacido en el empobrecido nordeste. La gran incógnita para el próximo año es qué pasaría ante nuevas manifestaciones cuando el Mundial, vidriera global sin par, se esté disputando. ¿Dónde quedaría entonces la imagen de Brasil potencia?

Alberto López Girondo