Cosas de Internet

Se calcula que en 2025 habrá 80.000 millones de dispositivos conectados a la red, que simplificarán las tareas cotidianas, pero serán al mismo tiempo permanentes aspiradoras de datos. El control de la vida, en manos de grandes empresas.

(Foto: Alamy)

El impacto de Internet, tal como la conocemos hoy, nunca fue anticipado en toda su dimensión. Por decirlo de alguna manera, ese gran salto tecnológico (posiblemente sin comparación con los anteriores) encontró a los supuestos gurúes con la guardia baja si se lo compara con los aviones soñados por los griegos o el submarino anticipado por Da Vinci. Tal vez lo más original de Internet es que permite correr en su interior permanentes novedades capaces de modificar los hábitos cotidianos, desde cómo escuchamos música o vemos televisión, hasta cómo nos vinculamos con nuestros amigos. Aprendida la lección, los especialistas en tecnología buscan anticipar la próxima gran sorpresa, valga la paradoja. Como respuesta, buena parte de ellos coincide en señalar un concepto expresado por primera vez en 1999: «Internet de las cosas» o «Internet of things», tal como se la conoce en inglés y que suele representarse con la sigla IoT.
¿De qué se trata? Según Wikipedia, IoT refiere a «la interconexión digital de objetos cotidianos con Internet», es decir, cafeteras, heladeras, termostatos, lavarropas y más. ¿Para qué? Por ejemplo, para programar que el café que más nos gusta nos espere listo cuando nos levantamos, la heladera nos avise que se está por terminar la leche o podamos ir calentando la casa desde el celular antes de llegar. Como tener una aplicación para cada uno de estos aparatos sería demasiado complicado, existen los denominados «asistentes virtuales», pequeños dispositivos que actúan como intermediarios entre nosotros y los demás aparatos. Estos asistentes escuchan nuestra voz y reconocen órdenes previamente programadas que pueden ir desde «decime la temperatura» a «pasá la aspiradora por mi cuarto». ¿Ciencia ficción? No. Si bien falta mejorar la comprensión de órdenes orales por parte de estos intermediarios, el proceso está en marcha acelerada. Además, los fabricantes de electrodomésticos son cada vez más conscientes de que deberán conectar sus dispositivos a Internet para seguir compitiendo.

Algoritmos al poder
Gracias a estos dispositivos, aseguran los «gurúes», se podrá ahorrar tiempo, energía o facilitar la tarea de personas mayores o discapacitadas, entre innumerables ventajas. Un mundo en el que las tareas más aburridas son delegadas en las máquinas forma parte de la utopía tecnológica desde hace siglos, pero, ¿a quiénes alcanza y de qué forma?
«Prácticamente todas las cosas que conocemos van a incorporar funcionalidades gracias a Internet», explica José Luis Di Biase, Ingeniero en Informática (UNLaM) y Director de Tecnología de la cooperativa de base tecnológica Cambá. «Eso está ocurriendo. Además, las cosas se conectan entre sí y empiezan a decidir por vos. Es como cuando escuchás música en las redes: te ponen la música que vos escucharías». Gracias a los datos que entregamos en nuestra vida digital, las empresas pueden detectar nuestros gustos y suponer que, si siempre ponemos la calefacción a 22 grados y le ponemos dos cucharadas de azúcar al café, lo mejor será repetirlo cada día. Delegar decisiones en los algoritmos de los servicios es una práctica habitual y se profundizará incluso hacia áreas más sensibles en los próximos años: alcanza con pensar en los autos que se manejan solos.
Si bien parece muy práctico automatizar tareas rutinarias, estos algoritmos no son neutrales: pueden responder a nuestras necesidades, pero también a los de la empresa que los elabora. Si Spotify intercala el lanzamiento de un disco auspiciado por ellos entre la música que eligen sus millones de usuarios, ¿no podría una heladera elegir una marca de leche? «La publicidad tradicional funciona cada vez menos», añade Di Biase. «Va a haber un giro bastante grande en los modelos de negocios». Estos dispositivos conectados a Internet van a simplificar nuestras tareas cotidianas (al menos desde cierto punto de vista), pero al mismo tiempo serán grandes aspiradoras de datos que servirán para conocernos mejor y satisfacer (¿manipular?) nuestros deseos.
El otro gran problema de tener todo conectado a Internet es la seguridad: «Estas máquinas tienen que actualizarse todo el tiempo y requieren una puerta de entrada» explica Di Biase. Esa puerta tiene una cerradura, pero la experiencia indica que, si el incentivo es grande, todo es posible: en julio de este año, hackers entraron en el sistema de un casino y robaron datos a través de los respiradores de una pecera que, obviamente, estaban conectados a Internet para regularlos. La posibilidad de perder el control sobre los dispositivos aumenta cada vez que uno nuevo se conecta a la red: se espera que para 2025 haya 80.000 millones de dispositivos conectados a la red, desde marcapasos a autos, pasando por cafeteras y centrífugas nucleares (ver recuadro).
Pero, además de hacernos más transparentes y vulnerables, hay otras preguntas interesantes: «¿Quiénes van a comprar estos dispositivos?», se pregunta Di Biase, y responde: «Solo unos pocos. Hay mucho consumo superfluo que no necesitamos. Además de esas cosas que te ayudan vienen muchas más en el combo. ¿Quién está pensando en cómo resolver problemas más profundos? En general piensan que si le ponemos al ventilador un “coso” para poder controlarlo desde el celular vamos a vender más». La tecnología está diseñada y pensada en función de resolver los problemas que resultan más simples y rentables; las respuestas, entonces, se suelen restringir a pequeños sectores.
¿Existe una alternativa? Desde Cambá, que trabaja con software libre y toda la filosofía que conlleva, proponen una mirada más activa sobre la tecnología: «Alguien hace los aparatos, los programa, mete los circuitos adentro, pero eso es cada vez más invisibilizado. Está naturalizado que las cosas vienen cerradas: el desarrollo se piensa como autónomo, que no hay gente involucrada en él. Obviamente hay formas de que no sea así. Necesitás gente que entienda cómo funcionan».
Desde los sectores más activos de la sociedad civil, proponen detenerse a pensar antes de entusiasmarse con cualquier tecnología (desde el voto electrónico a los paquetes educativos online), generalmente propuesta no solo como algo deseable sino, además, inevitable. Lo importante sería pensar qué tipo de relación con la tecnología es mejor para la sociedad y qué otras tareas tiene sentido delegar en ella y para qué. La promesa de que los dispositivos liberen tiempo para el ocio claramente no se ha cumplido para los sectores hiperconectados.
¿Cuál es el precio oculto que pagan aquellos que acceden o accederán a la IoT? Para comprenderlo es necesario abrir la tecnología y ver qué hay dentro de ella.