De la ciudad al campo

Hombres y mujeres de todo el país colaboran con instituciones educativas ubicadas en zonas poco favorecidas y con necesidades insatisfechas. La responsabilidad del Estado y la solidaridad.

 

Misiones. La escuela 386, de la localidad 25 de mayo, renovada gracias a la ayuda de sus padrinos.

Surgidos de la convicción de que la escuela es el centro de la comunidad; llevados adelante por organizaciones no gubernamentales, colegios, empresas y particulares; distribuidos por todo el país; los padrinazgos de escuelas rurales en la Argentina tienen el trabajo ad honorem como rasgo distintivo. Su alcance va desde la pionera en el tema –Asociación de Padrinos y Alumnos de Escuelas Rurales (Apaer), que coordina a 5.000 padrinos en apoyo de 2.500 establecimientos– al esfuerzo de individuos motivados por la sola sed de hacer el bien, capaces de movilizar a grupos de amigos o familiares en pos de una acción desinteresada, entusiasta y solidaria.

Las zapatillas, primero
«Siempre es bueno hacer algo por el otro», dice Laura Micheli, ama de casa de 67 años que hace 10 tomó la posta de una prima que trabajaba en Apaer. «Nuestra idea inicial era enviarles útiles y otros elementos. Pero la realidad es que los chicos van descalzos. Y lo fundamental terminó siendo que puedieran tener, sí o sí, sus zapatillas». La misma realidad fue la que se encontró Celia Mabel López, una auxiliar en discapacidad motora de 46 años, cuando comenzó a coloborar por su cuenta con la Escuela Pedro Barrientos número 416 de la localidad de Quitilipi, en la provincia de Chaco. «En 2008 viajé después de más de 20 años al lugar donde nací y un niño me invitó a un torneo de fútbol que había en su escuela, que queda entre los montes y chacras en la zona de la Tambora, a 43 kilómetros del pueblo de Quitilipi y a 5 kilómetros de la ruta. Vi que jugaban a la pelota descalzos o en medias, y ahi entendí que no todos podían disponer de un par de zapatillas. Yo me volvía al otro día a Buenos Aires y no dije nada pero sentí que podía haber sido uno de ellos. Cuando volví lo comenté con mi gente querida, mis amigos y mi familia, mayormente mis tíos paternos y mis viejos. Les conté que había encontrado mucho cambio, que por ejemplo los viejos senderos eran caminos, o que la luz había llegado a algunos lugares, pero también el otro lado, que era esto: la necesidad de esos chicos en la escuela».
En el término de 2 meses Celia juntó 60 pares de zapatos y zapatillas usados. El problema era cómo mandarlos. «Todo lo que es encomienda es por peso, y era una caja grande, como dos mesas de bar», recuerda hoy. «Una familia conocida viajaba a Resistencia en su camioneta. Les llevé la caja antes de que salieran y de ahí fue una serie de postas: de la casa donde ellos iban a un bar del pueblo; de ahí mis primos las fueron a buscar en moto. A esa altura la caja estaba bastante destruida. Pero la llevaron y la repartieron como pudieron. Desde que salió hasta que llegó pasaron 20 días». En ese momento Celia pensó que no iba a seguir colaborando de ese modo. Era difícil, era lento, era caro.

Tiempos y destiempos
El aporte de los padrinos –o madrinas, porque muchas veces se trata de mujeres– responde a los requerimientos de cada escuela rural a la que concurren chicos que viven en casas alejadas, por lo general, a 2 o 3 horas de caminata. «A veces la merienda que contempla la escuela es poca y los padrinos la refuerzan con cajas de leche en polvo, galletitas, Nesquik. Por supuesto, los directores piden materiales para arreglar las instalaciones, hacer refacciones o algún aula a nuevo, mejorar la cocina, los salones de usos múltiples o la biblioteca; les enviamos desde materiales de construcción a globos terráqueos o banderas de ceremonia. Pero lo que en el objetivo inicial era para que finalizaran del mejor modo la escuela, terminó siendo lo básico», recalca Micheli desde Apaer, donde cumple el rol de coordinar las entregas en la provincia de Salta.

Chaco. Celia, madrina, en la escuela 416 de la localidad de Quitilipi.

No todas las escuelas asistidas se encuentran en la misma situación. Muchas reciben un aporte diario del Estado, generalmente en forma de alimentos, pero esto no cubre el resto de las necesidades. «La ropa la compran las familias, y si son familias pobres no llegan a poder cubrirla. El Gobierno ayuda pero siempre tenemos que intervenir nosotros porque a veces esa ayuda no llega». Desde su experiencia como «madrina» autónoma, Celia López, que hoy lleva adelante su proyecto con el nombre de Amigos de Quitilipi. Hacer me hace bien, completa: «El Gobierno les da pero a destiempo. Por eso, además de calzado pido material didáctico, desde cuadernos, lápices, hojas, cartucheras y tizas hasta resmas de papel para impresora, cartuchos de tinta, libros de cuentos, ropa para atravesar el invierno y material para la cocina: ollas, fuentes, jarras…».

Mamá Noel
Celia tiene el pelo rubio casi blanco, largo y rizado, algo que los chicos del campo no están acostumbrados a ver. «Decirme princesa, princesita, es lo más común. Pero yo prefiero Mamá Noel, tal vez por mi frustracion de no poder ser madre biológicamente. Ocuparme de ellos me cambió la vida», confiesa. Desde 2008 viajó 12 veces, 2 veces por año, en los meses de abril y setiembre: «Para mí esos son los mejores meses por el clima; no hace ni los 50 grados de calor del verano ni están los bichos como el polvorín, que es una pulga del polvo que a mí me afecta particularmente porque soy alérgica: he llegado a volver con sarnilla o infectada por las picaduras, hinchada como un sapo, tomando antihistamínicos y poniéndome crema con corticoides, con una picazón insoportable».
Los primeros viajes los pagó de su bolsillo. Hoy cuenta con dos auspiciantes, Icon Argentina, una empresa despachante de aduana que aporta el traslado de la carga, y Computar, empresa de informática que le financia el traslado por tierra, un trayecto de 15 horas que ella aprovecha para pensar cada detalle de las entregas que deberá repartir entre los 63 chicos de la escuela 416, pero también a los 15 de la 227 y a los profesionales de la salud del Centro Integral Comunitario de Quitilipi (CIC), donde lleva medicamentos y material descartable. En el último viaje cargó pintura, alimentos no perecederos, juguetes, cuentos, jugos, golosinas, pasta dental, cepillos de dientes y jabón.  Ahora está empezando a preparar la campaña de abril de 2015, cuyos aporte reunirá a través de su página en Facebook: Amigos de Quitilipi.
Con sus 31 años de existencia, Apaer dispone de página web (apaer.propersis.com), blog (apaer.blogspot.com) y página en Facebook (Apaer Original), en las que cargan las novedades institucionales o los viajes de los padrinos, entre otras actualizaciones. Desde esas plataformas administran los aportes y coordinan la cooperación. Para asociarse hay que ir a la sede solo con el documento de identidad. Cuatro empleados y una treintena de voluntarios divididos por provincias se ocupan de enviar información a los directores y de orientar las colaboraciones. El modo de financiamiento es una cuota social que va desde los 20 pesos mensuales y se acrecienta a voluntad; superados los gastos fijos, reservan el dinero para otras iniciativas o aportan algún monto a las escuelas para proyectos específicos, que figuran en una base de datos.
«No son proyectos de millones de pesos, son proyectos pequeños, pero el dinero acá rinde porque no hay intermediarios. Los trabajos son resueltos la mayor parte de las veces por los propios padres. Porque la verdad es que no todas las escuelas reciben lo que tendrían que dar los municipios. Si surge un donante que aporta efectivo nosotros tenemos la posibilidad de mandar ese dinero para los materiales, que compra el director con presupuesto previo y presentación posterior de las boletas de gastos. Así ellos compran y construyen. Ahora por ejemplo tenemos un pedido de bajada de agua en una escuelita apartada».

Escuela 905. En Misiones los padrinos ayudaron a crear una panadería.

El único aporte estatal de que dispone Apaer son 150.000 pesos anuales provenientes del Banco Hipotecario, lo que les permite construir una escuela rural de material, con dos aulas, cocina-comedor y baños. «También damos 500 becas para los alumnos de diferentes provincias. Se les envía el dinero trimestralmente, cuando reciben los boletines, para que puedan estudiar. Hacemos el seguimiento, no es que damos el dinero sin mirar. Si no pasan de grado no se les sigue enviando porque significa que no se esforzaron lo suficiente», aclara Micheli.

Enseñar a ayudar
Misiones Rurales y Cruzada Patagónica también forman parte de la veintena de asociaciones a las que mueve el mismo motor solidario. Muchos de los padrinos que se acercan por primera vez suelen terminar creando ellos mismos fundaciones y así se multiplican los casos de particulares que al cabo de un tiempo toman a su cargo la ayuda de alguna o de cantidad de escuelas. «Ellos mismos van obteniendo su personería jurídica y crean su propia fundación o asociación. No nos importa que se desprendan de nosotros, lo importante es que la ayuda llegue», dice Micheli. Otro tanto ocurre con el trabajo que emprenden instituciones educativas de cuño diverso, laicas y religiosas, por lo general a cargo de un alumnado de un perfil socioeconómico de clase media alta, que incorporan a sus programas de estudio la práctica de la solidaridad como eje didáctico.
Apoyadas a menudo por los medios de comunicación masiva –la televisión o diarios de alcance nacional suelen premiar estos emprendimientos– los padrinazgos siguen trabajando. «Siempre me pregunto qué pasaría si no estuviéramos nosotros. Y me respondo: la educación argentina estaría mucho peor. O quizás ayudarían otros, no sé», dice Laura Micheli. «Solidaridad siempre hubo. Pero a lo mejor estamos haciendo mal. A lo mejor no deberíamos hacer lo que en realidad es responsabilidad del Estado».
A Carlos Libman, padrino de la Escuela N° 1034 anexo de Chaco, le gusta por su parte citar una frase del escritor uruguayo Eduardo Galeano para sintetizar lo que los moviliza: «Son cosas chiquitas. No acaban con la pobreza, no nos sacan del subdesarrollo, no socializan los medios de producción y de cambio… Pero quizás desencadenen la alegría de hacer y la traduzcan en actos. Y al fin y al cabo, actuar sobre la realidad y cambiarla un poquito es la única manera de probar que la realidad es transformable».

Alejandro Margulis