Derechos no humanos

No comen carne ni usan ropa que suponga el sufrimiento de algún «individuo sintiente». Luchan por la abolición del especismo, es decir, de la discriminación que ejercen las personas sobre el resto de los seres vivos. Una causa con historia.


Escena del crimen. Activistas del grupo israelí Anonymous for Animal Rights protestan con sangre artificial contra la matanza de animales. (AFP Dachary)

Pasar todo el día frente a una computadora para encontrarle hogar a un perro. No comer carne. Ni tomar leche. Ni consumir nada que provenga de un animal. No usar cosméticos ni ropa que suponga el sufrimiento de un ser vivo. Para algunos, se trata de un extremismo irracional, otros lo ven como una moda. Sin embargo, el animalismo es una corriente cada vez más instalada, y para quienes la practican constituye una filosofía que apunta a una verdadera transformación cultural. Ya no se trata de cuidar el medioambiente, sino de pensarnos de otra forma en relación con la naturaleza.
«Animalismo es una palabra genérica, empleada para remitir a diversos grados de preocupación por la condición que soportan los animales no humanos. Da cuenta de una pluralidad de grupos que convergen en defender los –llamados en sentido amplio– derechos animales. Los que trabajamos para transformar esa relación de opresión podríamos explicarlo como una militancia», explica Ana Aboglio, especialista en Filosofía del Derecho y directora de Ánima, una organización dedicada a la difusión de estos temas. En realidad, se ha acuñado el término de «animalismo» para describir un fenómeno que está lejos de ser algo nuevo. Algunos lo ubican hacia el siglo VI a.C., cuando pensadores como Pitágoras plantearon una dieta exenta de carne animal. Ya hacia finales del siglo XIX y comienzos del XX surgen las primeras estrategias formalmente implementadas frente a la extinción de las especies. Uno de los precursores será el Reino Unido, a través de la Ley de Tratamiento Cruel del Ganado sancionada en 1822. Para ese mismo período, más específicamente en 1847, además se realiza en Londres el primer encuentro de la Sociedad Vegetariana.

Abolicionistas y bienestaristas
¿En qué consiste concretamente el movimiento? Básicamente en adoptar una visión crítica sobre aquellos valores culturales que nos «habilitan a disponer de la vida de otro ser vivo» para alimentarnos, vestirnos o entretenernos . Es así como dentro de este enorme grupo están los «abolicionistas», que sostienen que todos los seres sintientes (humanos y no humanos) tienen los mismos derechos, los «bienestaristas», que aceptan ciertos usos mientras se evite su sufrimiento innecesario, y los «especistas cero», que no discriminan moralmente entre las personas y los «animales sintientes». «Se trata de revisar esta disposición sacrificial de indefensos que hacemos, esta internalización de mecanismos de apropiación de seres sensibles y pensantes sobre quienes se ejerce una total opresión. Es una violencia que se mantiene a través de una compleja red de enmudecimiento de la voz animal. Y lo peor es que lo hacemos por conveniencia, costumbre o placer, sin ninguna necesidad», concluye Aboglio.
Sin embargo, hay quienes no acuerdan con este planteo, sobre todo con aquel argumento que hace hincapié en que se está atentando contra la vida de seres sensibles. Para el naturalista y museólogo Claudio Bertonatti, exdirector de Fundación Vida Silvestre y del zoológico de Buenos Aires, «quienes piensan que las personas y el resto de los animales son iguales ponen en evidencia un profundo desconocimiento de la zoología, y presentan una clara tendencia a “humanizar”, sobre todo a algunos animales como los grandes mamíferos. Por ejemplo, no he escuchado reclamos sobre los reptiles, peces o anfibios… La verdad que ignoro “por dónde pasan la raya” para determinar qué animales tienen derechos como nosotros y cuáles no. Creo por eso que se trata de posiciones muy fuertes e inflexibles con precarios conocimientos. Esto es algo que trasciende lo filosófico. Tal vez una posición razonable debería surgir desde un equipo multidisciplinario que incluya filósofos, especialistas en ética o bioética, evolucionistas, genetistas, ecólogos y biólogos de la conservación, entre otros».  
Más allá del debate ideológico, bajo este movimiento muchas veces se motorizan acciones que logran resultados concretos. Uno de los campos donde más se puede observar esto es en el jurídico. Hace cuatro años, la Justicia argentina protagonizó un fallo inédito en el mundo al reconocerle derechos básicos como «sujeto no humano» a una orangutana del zoológico de la ciudad. El caso sirvió para despabilar al derecho penal, que hasta entonces no le daba importancia al tema. De hecho, tanto para la Justicia argentina como para el resto de la jurisprudencia internacional, los animales están comprendidos por el régimen de propiedad privada.

Poder  punitivo
Una de las voces que más se ha pronunciado sobre esta cuestión ha sido Eugenio Zaffaroni. Amante de los animales, «padre» de dos perros y dos gatos, escribió numerosos trabajos donde analiza lo que entiende como una de las formas en las que el poder punitivo del Estado moderno canaliza su violencia contra los más débiles. Es así como en su libro, La Pachamama y el humano, revisa y desbarata cada uno de los argumentos que rechazan los derechos de los animales, como por ejemplo su imposibilidad de exigirlos, cuando son muchos los humanos que carecen de capacidad de lenguaje. En conclusión, para Zaffaroni se trata de entender que estamos ante un enorme dispositivo cultural a partir del cual los hombres han justificado todo tipo de prácticas contra los animales, hasta las más violentas e innecesarias.
En esta dirección, hace unos años se coló en la agenda pública la discusión sobre las carreras de perros a partir de una ley sancionada a fines de 2016. Con 132 votos positivos, 17 negativos y 32 abstenciones, la norma castiga con penas de hasta cuatro años de cárcel a quien realice, promueva u organice esa actividad. «Es un avance fundamental. Esperemos que se cumpla. En Neuquén, Santa Fe y la provincia de Buenos Aires ya estaban prohibidas y, sin embargo, se seguían practicando. Por ejemplo, las realizan en campos privados», sostiene Alejandra Peralta, que preside la organización Adopta un Galgo en Argentina. Su visión es bastante optimista: «Creo que estamos ante un cambio cultural respecto a los animales. Por ejemplo, hace solo unos años atrás, no se hablaba de veganismo… Y creo que en eso ayudaron mucho los medios y sobre todo las redes sociales, porque permiten que la gente ahora esté mucho más informada».