Divorcio abierto

Después de arduas negociaciones, el Reino Unido se convirtió en el primer país en abandonar el bloque regional tras un acuerdo que no despeja los interrogantes sobre sus efectos políticos y económicos. Los frentes abiertos del premier Boris Johnson.


Salida. Von der Leyen junto a Johnson, luego de una reunión en Bruselas, en diciembre. (Aaron Chown / Pool /AFP)

Contra todos los pronósticos, y tras largos meses de turbulentas negociaciones, el Reino Unido y la Unión Europea (UE) sellaron un histórico acuerdo para poner punto final al matrimonio que los unió por casi cinco décadas. El Brexit, finalmente consensuado, evitó una salida caótica y una ruptura con consecuencias imprevisibles, aunque el horizonte a futuro no es definitivamente alentador.
El divorcio se consumó el pasado 1 de enero, cuatro años y medio después del referendo de 2016 en el que el 52% de los británicos votó a favor de abandonar la UE. En ese lapso pasaron tres primeros ministros, hubo crisis de gobierno, sesiones parlamentarias escandalosas, acusaciones y negociaciones feroces que estuvieron al borde del abismo. Pero, finalmente, cuando británicos y europeos se preparaban para celebrar la Nochebuena, el premier Boris Johnson y la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, anunciaron casi en simultáneo que habían logrado un acuerdo.
Con 1.246 páginas, el documento firmado toca todo tipo de temas. En el aspecto comercial, la relación bilateral se mantendrá prácticamente intacta. Si bien el Reino Unido abandonó el mercado común europeo y la unión aduanera, no habrá aranceles ni cuotas para la circulación de bienes y servicios. Por supuesto, no todo será como antes: el papeleo y la burocracia, hasta entonces casi inexistentes, crecerán de modo significativo. En lo que respecta a la vida cotidiana, las barreras se levantan: ya no será tan sencillo ir desde el Reino Unido hacia algún país de la UE, y viceversa. Habrá mayores controles fronterizos, se precisará visado para trabajar o estudiar y será necesario presentar pasaporte para vacacionar. La libre circulación de personas a ambos lados del Canal de la Mancha será cosa del pasado.
En relación con el significado del acuerdo, los analistas coinciden en que evitó lo que tanto británicos como europeos más temían: una salida no pactada, que hubiese sacudido ambas economías, ya furiosamente golpeadas por los efectos de la pandemia de coronavirus. Sin tratado, las relaciones comerciales entre ambos habrían quedado regidas por las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), lo que implicaba la imposición de aranceles y cuotas.
Para la UE, el acuerdo representó el capítulo final de una pesadilla. «Por fin podemos dejar atrás el Brexit», se sinceró Von der Leyen, en una muestra de alivio más que de alegría. La partida de los británicos –la primera en toda la historia del bloque– es algo que los europeos nunca quisieron, ya que los debilita significativamente: el Reino Unido es la sexta potencia económica mundial, segundo Ejército europeo y miembro del Consejo de Seguridad de la ONU. Lo que sí puede festejar Von der Leyen es que, contra todos los pronósticos, desde que el Reino Unido votó por el «leave» (salida) no hubo ninguna otra nación que intentara abandonar la comunidad. Como dicen en Bruselas, a pesar de que los partidos euroescépticos se multiplican por todo el continente, no hay riesgo a la vista de un proceso de desintegración regional.

Nuevos conflictos
Para Johnson, que lideró la campaña por el Brexit junto con otros dirigentes conservadores y de la ultraderecha, el acuerdo fue un regalo de Navidad con el que consiguió algo de oxígeno, en un contexto nada favorable por las consecuencias sanitarias y económicas que sufre el país por el brote de COVID-19. «Hemos recuperado el control de nuestro destino», dijo, exultante. Sin embargo, y más allá del triunfalismo, lo cierto es que el Gobierno británico terminó cediendo en varios de los puntos más controversiales. Es el caso de los derechos pesqueros, una cuestión que suscitó encendidos debates en la mesa de negociaciones. De hecho, cuando anunció el cierre del tratado, Johnson mostró el documento firmado y, con su habitual ironía, dijo que estaba «lleno de pescado».
Si bien tienen un impacto económico ínfimo, los recursos pesqueros representan un valor de soberanía marítima, ya que son mayormente explotados por países como Francia y Bélgica. El premier pretendía que los barcos europeos renunciaran a un amplio porcentaje de su colecta en aguas británicas, pero finalmente tuvo que conformarse con la línea roja impuesta por la UE: una reducción progresiva hasta llegar al 25% en los próximos cinco años y medio. Lo pactado no cayó bien en el sector pesquero británico, desde donde dijeron que «el acuerdo no se acerca ni por asomo a los que nos corresponde».
Otro aspecto que preocupa es el de las consecuencias económicas. El propio Tesoro británico había estimado, antes del referendo de 2016, que con la salida de la UE el PIB del país caería entre un 3,6% y un 6%. Claro que, por entonces, los cálculos no tenían en cuenta la pandemia, por lo que la contracción será mucho peor.
Finalmente, en términos políticos, Johnson se ganó varios y pesados enemigos a lo largo de la negociación con la UE: cuatro ex primeros ministros y una treintena de diputados lo criticaron duramente por sus posturas contradictorias y sus maniobras al filo de la ley. Por si fuera poco, se abrió un nuevo frente de conflicto con los escoceses, que ahora pretenden realizar otro referendo para independizarse del Reino Unido y volver a la UE.
El tiempo dirá, entonces, si lo acordado fue un verdadero triunfo para Johnson o si, en realidad, se trató de una victoria pírrica.