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El espíritu de la colmena

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La miel se utiliza en todas las sociedades desde hace decenas de miles de años. En el noroeste de Córdoba, apicultores familiares resisten frente a la agricultura industrial, su principal competencia.

 

Propiedades únicas. La provincia cuenta con un gran número de especies vegetales que ofrecen polen y néctar a las abejas y un sabor característico a la miel. (INTA)

Una cucharada de miel puede acompañar el desayuno de una familia en un departamento en cualquier gran urbe argentina. Lejos de esta postal, un campesino ha realizado un artesanal y minucioso trabajo para obtener el producto. Los apicultores son una especie única. Defensores del monte nativo, trabajadores típicamente familiares y cultores de una práctica ancestral, resisten frente a la agricultura industrial, su principal competencia. En medio de crisis ambientales y alimentarias, la apicultura se erige como una apuesta al futuro.
«En casi todas las sociedades sobre la tierra, se conoce y se utiliza la miel. Pinturas rupestres de hace 15.000 años cerca de Valencia, en España, representan a hombres recogiendo miel. La Biblia y el Corán alaban las virtudes de la miel como un alimento de valor nutritivo. La reputación de la miel como alimento sano y popular es una excelente base sobre la cual construir un sistema de vida y desarrollo», destaca el documento La apicultura y los medios de vida sostenible, publicado por la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación (FAO).
Nuestro país tiene una larga tradición apícola. Tanto en las llanuras como en las zonas serranas los apicultores han hecho de esta actividad una verdadera bandera nacional. Son casi exclusivamente pequeños productores que manejan menos de 500 colmenas, y que se dieron cita en el primer Encuentro de Apicultores del Noroeste de Córdoba, en Villa de Soto, a 170 kilómetros de la capital provincial. Un centenar de mujeres y hombres que saben transitar horas y horas frente a las colmenas cada día de sus vidas intercambiaron experiencias, saberes e interrogantes en torno al arte de producir miel.
Ricardo Demichelis (37) viste chomba celeste y jean claro. Es un tipo calvo, flaco y alto. Un apicultor típico del noroeste de Córdoba que cuenta con un centenar de colmenas que son su fuente de vida. En el mundo apícola se habla mucho de esta zona de la provincia mediterránea. Es que de un tiempo a esta parte se ha convertido en un oasis para los apicultores. El hombre explica que se han «encerrado en el arco noroeste debido a que no llegó tanto la explotación agrícola», por ende «no hay fumigaciones», una problemática para la supervivencia de la abejas. En el país, según datos de las propias cámaras empresarias que los comercializan (CASAFE), se utilizan más de 300 millones de litros de agroquímicos al año. «Al tener monte nativo, acá no pueden fomentar la fumigación, entonces nos queda esta parte nomás. En muchas de las otras zonas por la fumigación fueron desapareciendo colmenas, productores y rindes». Por ejemplo, dice, «en la Pampa Húmeda, donde llegaban a sacar hasta 1.000 kilos de miel por año, en algunos lugares están sacando cinco kilos».
En cambio, «en esta zona todavía hay una buena perspectiva dado que el monte no se toca». Entre las especies arbóreas que se aprovechan para obtener una producción totalmente original están el «moradillo, espinillo negro, chañar, algarrobos, mistol, tusca, brea», enumera Demichelis. El apicultor enfatiza que «se depende netamente del monte porque da una miel de excelente calidad en nutrición, en proteínas y vitaminas».
«Las organizaciones apícolas son defensoras del monte nativo», apunta Clemencia Barberena, del Programa Nacional Apícola, del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) de Cruz del Eje. Y detalla que «queda menos del tres por ciento de monte original cordobés, y es justamente en esta zona, que es muy frágil, y donde por la ley nacional de bosques ya no se puede desmontar». Gracias a esa norma y a la presencia campesina sobreviven «especies como la chilca, el inca yuyo, el poleo o el quebracho colorado», aprovechadas para obtener una miel original de esta región.
La especialista retoma el análisis de Demichelis: «La problemática de los apicultores en la zona núcleo, es decir en Buenos Aires, La Pampa, sur de Santa Fe, Entre Ríos, y sur de Córdoba, es el avance de la frontera agropecuaria, lo que genera el desplazamiento de la apicultura hacia el monte nativo. Ahora se buscan áreas que antes se consideraban marginales». Dentro de ese marco, en el que la soja transgénica ha pasado a ocupar más de 20 millones de hectáreas en el país, la apicultura «va teniendo mucho crecimiento acá». De todas formas esta práctica no es novedosa en la región. «Los campesinos, en general, dentro de sus sistemas diversificados, siempre han tenido de tres a cinco colmenas», dice Barberena.

 

Alimento espiritual
A sus 62 años, Juan Carlos Palacio descubrió una nueva vida. El renacer vino con el vuelo de los enjambres. Tras algunos problemas de salud, este antiguo criador de cabras debió encontrar un nuevo oficio. Los consejos de un amigo hicieron que desembarcara en la apicultura. Dos años después de haber tomado esa decisión no solo no se arrepiente sino que arrastra una sonrisa que denota plenitud espiritual. «Me fueron enseñando amigos y fui haciendo cursos. Y siempre hay cositas que no terminás de aprender», cuenta con sencillez el hombre, de tez oscura y manos curtidas.
Esta producción, que obliga a desarrollar una profunda observación de esos seres tan pequeños como infinitos, requiere de una sensible conexión con la naturaleza. «A mí me encanta. Me preguntan si estoy loco porque estoy sentado frente a los colmenas mirándolas trabajar, durante horas. Y es como una terapia, una tranquilidad. Y ya me he metido de lleno en esto», comparte en tono de advertencia para que sepan que no piensa dejar esta actividad.

Cortez, Demichelis y Palacio. Una actividad productiva que apuesta a la biodiversidad. (Leonardo Rossi)

La tarea de los apicultores suele compartirse con los hijos. «El esquema de trabajo del pequeño productor o los campesinos es con mano de obra familiar», indica Barberena. Y añade que también «hay muchos que están asociados de a dos o tres vecinos. La extracción generalmente se hace de forma casera, no industrializada» y una parte de la comercialización «es regional: acá está el corredor de Punilla y el de Traslasierra, donde se comercializa directamente».
Ejemplo vivo de esta descripción es Palacio, que cuenta con 40 colmenas en la actualidad. «A la juventud le recomendaría que haga esto. Con que te hagas 200 colmenas, que las podés manejar solo, una familia vive muy tranquilamente», aconseja. Demichelis comparte la idea: «Esto lo hemos tomado como un emprendimiento familiar, que dedicándole su tiempo se puede atender muy bien. En nuestro caso, cuidar las cien colmenas es un trabajo de todo el año». Por ejemplo la producción tiene un momento clave en invierno, «cuando se empieza a incentivar con alimento para que cuando llegue la floración haya un buen número de abejas que aseguren una buena cantidad y calidad de miel», explica el apicultor.
Al igual que el perfil de producción familiar, la idea de asociarse zonalmente está siempre presente en el mundo apícola. Raúl Cortez, gerente de la cooperativa agropecuaria de Cruz del Eje, señala que «muchas veces cuesta por la escala que los productores puedan contar con el dinero en el arranque de cada campaña para multiplicar colmenas» o se ven impedidos de «retener la miel para obtener mejores precios porque entran en juego grandes empresas acopiadoras de miel que después exportan». Entonces, aparece el cooperativismo, el unirse con los pares, pequeños y medianos apicultores de la región. De esta manera, han iniciado un proceso que se traduce «mejores condiciones para trabajar» que son generadas junto con otros que están en la misma sintonía. En esta cooperativa no solo han conseguido discutir de una mejor forma el precio que pagan los exportadores sino que también han montado una sala de fraccionamiento, para contar con productos de venta minorista que pueden ser comercializados en el mercado interno.
El impacto ambiental positivo de la apicultura trasciende por lejos al monte nativo cordobés. En el mundo, la protección de esta actividad gana terreno día a día. Con una nutrida cantidad de citas científicas, un informe de Greenpeace publicado en 2013 sintetiza esta tendencia global. «La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) calcula que, de unas 100 especies de cultivo que proporcionan el 90% del alimento en el mundo, 71 se polinizan gracias a las abejas», aporta el texto de la ONG. Y pone nombre a uno de los principales peligros para esta especie: «Las explotaciones agrícolas industriales son, en la práctica, desiertos para las abejas. Cuando extensos monocultivos dominan el paisaje –con pocas plantas de florecimiento, una escasez general de diversidad vegetal y un uso de herbicidas a gran escala–, puede resultar difícil para abejas encontrar alimento adecuado».
Apostar por los apicultores es creer en la diversidad, alejarse de la monocultura. Tal como señalan los productores del noroeste cordobés, cada zona brinda un sabor característico y con propiedades únicas a la miel que produce. «En nuestro país se han detectado al menos 20 mieles regionales que podrían diferenciarse para ser comercializadas con valor agregado, además de las ya conocidas, aprovechando el potencial en ese sentido de las economías extrapampeanas, para las que la apicultura puede resultar una excelente alternativa de desarrollo», informa el Documento Base del INTA.
Y en eso trabajan miles de familias en el país, para que las más de 70 mil toneladas que se exportan cada año «se vendan de forma diferenciada». Barberena se enorgullece: «Acá básicamente tenemos producción orgánica, y se están buscando mercados para vender esa miel de algarrobo o de mistol, productos de excelente calidad», nacidos de las entrañas del monte cordobés, que pueden alimentar al mundo de forma sana.

Leonardo Rossi
Desde Córdoba

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