El viento en la cara

Es un deporte y un estilo de vida. Nació en California en 1960 y llegó a la Argentina en los 80. Hoy gana adeptos entre jóvenes de clase media pero también entre chicos en situación de calle que encuentran en las tablas una salida y una fuente de identidad.

Plaza Houssay. Una de las numerosas pistas porteñas inauguradas en los últimos años. (Jorge Aloy)

 

Cuando empezó a aparecer en la Argentina, hace unos 30 años, el skateboard estaba lejos de ser popular. Era, más bien, una subcultura urbana incipiente que no dejaba de verse como algo exótico. Guillermo Avegliano es uno de los embajadores de este deporte extremo en la ciudad de La Plata. A los 11 años le regalaron una patineta amarilla y tuvo una epifanía: supo que se había enamorado y nunca más se bajó. Hoy, además de dedicarse al diseño gráfico, es un skater profesional de primera generación en La Plata.
«Los skaters surgieron en Mar del Plata –quizás por el surf, dos deportes muy vinculados– y en Buenos Aires. Pero la llegada desde Estados Unidos a Latinoamérica fue por Brasil», dice. Y cuenta que, como cada año, participó en Porto Alegre del Campeonato Swell Old is Cool 2016 en la categoría Master, para mayores de 35 años.
Según Guillermo, este deporte profesa una filosofía basada en la solidaridad, el respeto, la integración y la libertad. La competencia pasa por superarse a uno mismo y pasarla bien. «El skater de alma va a estar en todos los eventos, encuentros, torneos, va a practicarlo cada día», dice Guillermo, que además tiene escuelitas de skate en La Plata y en Ensenada. Y agrega que si bien el deporte ya dejó de ser algo para pocos, en la zona todavía no hay buenos parques: ni bowls (playas con forma de olla donde se realizan exhibiciones y campeonatos) ni rampas.

 

Surfear en la tierra
El skateboarding nació en la costa oeste de los Estados Unidos. Era la década del 60 y en invierno los surfistas no podían montar olas: no existían todavía los trajes de neoprene. Se quedaban en los acantilados de cara al mar para practicar posiciones sobre las tablas apoyadas en la arena. Pronto decidieron agregarles ruedas para andar por las calles de California. Desde entonces las tablas fueron mutando, perfeccionándose. Se crearon distintos tipos, cada uno adecuado a una forma específica de perfomance: desde los longboards –hoy tan en boga– para pendientes y calles, básicamente más alargadas (miden entre 90 y 220 centímetros y las ruedas están hechas de uretano y no de silicona, lo que les da más dureza y velocidad), hasta los típicos skateboards para la práctica y performance de skatestreet en rampas, bowls y plazas. También están las pennyboards, pequeñas tablas originadas en Australia, similares a las viejas patinetas, de material resistente.
Cuenta la historia que en los inviernos de las décadas del 60 y 70, los surfistas californianos comenzaron a practicar el llamado land surf boarding. Tal como su nombre lo indica, eran tablas de surf para tierra: un pedazo de madera al que añadían ruedas de patines. ¿La meta?, bajar la ladera hasta la arena sin colisionar, algo que resultaba complicado. Casi de casualidad, un joven llamado Alan Gelfand creó el skateboarding: mientras andaba golpeó la cola de la tabla y luego saltó unos quince centímetros sobre el suelo. Esta técnica se llamó Ollie y marcó la diferencia entre el land surf boarding y el skate. Hay quienes dicen que las comunidades del surf y el skate tienen muchas similitudes pero también diferencias. Una de ellas radica en la relación que se establece entre sus miembros, y de estos con el territorio sobre el que se mueven: mientras las olas ideales no son algo que abunde para los surfistas, las superficies sobre las que corren los skaters –tanto del asfalto de la calle como de bowls y rampas– están ahí para todos y siempre. Esto hace que tengan entre sí un vínculo más cerrado, de unión, y no recelen el espacio físico. Todo se vuelve menos competitivo: no tienen que esperar la ola perfecta. Hoy en la Argentina existen varias marcas de longboards –Lab, Banzai y Urkin son algunas de ellas–, que emergieron en 2010 y funcionan como pymes. Sus creadores tienen menos de 40 años y, con buen tino, apostaron a un mercado que no para de crecer e incluye tanto a profesionales como a amateurs y principiantes. Ya no llama la atención ver a un chico o una chica montados a su tabla sacando chispas al asfalto –y ahorrándose, de paso, la tarifa del subte–. Las pistas de skate, multiplicadas durante los últimos años e incorporadas al paisaje citadino, son también usadas por jóvenes en rollers y bicicletas. Y son, sobre todo, un punto de encuentro donde estas tribus urbanas generan una cultura propia.

 

Tribus y encuentros
Facundo Segarra (30) está en la puerta del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires con su skateboard. «Este no es para andar en la calle, tengo otro con ruedas más gruesas», explica de espaldas a los ladrillos rojos de la pared, con su tabla detenida en el suelo. Facundo, que es de Bella Vista pero frecuenta a diario la Ciudad de Buenos Aires, es ilustrador y además de ser amante del jazz y de la pintura, monta skate desde los 10 años. Como buen rider recorre distancias cortas y largas. «Después de muchos kilómetros la gravedad del bowl me atrapó y quedé pegado al swell de cemento», dice. «Swell», en inglés y en el contexto de la literatura del océano, es el efímero sector surfeable en la curva de la ola.
Para Facundo, este deporte tiene una única barrera imaginaria: el miedo. Un miedo relacionado con los golpes y las lesiones que la práctica puede propinar y que hace que desde la rampa un metro parezca dos, o que 10 kilómetros por hora se sientan como 20. «El miedo se adelanta y miente, como siempre. Por eso me gusta este deporte, que no es más peligroso que el fútbol». «El skate es un sistema crudo para saltar por arriba del miedo y la inmovilidad», dice. «Al final del día se siente como cuando terminás de trabajar: hiciste lo tuyo».
En 20 años arriba del skate, Facundo comprendió el poder transformador de este deporte que puede ser, además, un estilo de vida con una filosofía y códigos internos que fortalecen una cultura, la cultura skate. «Se vuelve algo vivo cuando frecuentás un parque a través de los años y ves pibes en situación de calle escapándose del “poxi” para ir a ver skate por su carácter abierto, duro y entretenido a la vez», dice subrayando esos buenos valores. «Así, a ese chico que hubiera aspirado poxi, un día le prestaron una tabla y otro día se la regalaron. Un día cambió sus modelos a seguir y ahora tiene 15 años, tiró el buzo sucio, se limpió los mocos, anda en su propio skate y se ríe con sus amigos de la ciudad. Seguro chocó contra muchas paredes esos años, pero con el skate y un poco de valor hasta se formó una opinión propia. Eso es un alto contraste», evalúa. Facundo es un gran frecuentador de las pistas de Palermo y dice que allí se juntan chicos y chicas cada día hasta el atardecer. Y, así como los chicos en situación de calle comenzaron practicando en las pistas de José C. Paz y el Barrio Malvinas Argentinas y encontraron allí la fuente de una identidad propia y una forma de salvarse, los chicos de barrios como Belgrano, Parque Centenario y el mismo Palermo también se reconocen en un fuerte lazo social al tiempo que crean una cultura en movimiento.
Lo cierto es que, más allá del skate y como cultura, el long board está siendo elegido, cada vez más, como medio de transporte. Hoy, munidos de rodilleras, coderas y cascos, ponen movimiento a las bicisendas, las calles, el asfalto. Y, sobre todo, dan cuenta de una urbanidad contemporánea que necesita readecuar sus espacios comunes para incorporarlos al circuito cotidiano. Por lo pronto, ya es común ver hombres de traje y mochila bajando de sus tablas: el futuro llegó hace rato.