Epidemia de mentiras

Curas milagrosas, teorías conspirativas, catástrofes inminentes. Viralizadas por las redes sociales y difundidas como ciertas por los medios, las fake news circulan y se reproducen. La incertidumbre, el miedo y los intereses políticos alimentan el floreciente mercado de la información falsa.

El audio adjudicaba a una médica del Instituto Malbrán una serie de recomendaciones y daba una fecha inmediata sobre el pico de contagio por el virus SARS-CoV-2. Las imágenes mostraban que los cisnes habían regresado a los canales de Venecia como un efecto de la cuarentena en Italia. «O muere el capitalismo salvaje o muere la civilización humana», planteaba un presunto editorial del diario The Washington Post. Esos registros tan diversos a propósito de la pandemia tuvieron un aspecto en común: eran noticias falsas, se viralizaron a través de las redes sociales y fueron difundidos como verdaderos por medios de prensa.
Las noticias falsas alrededor de la pandemia parecen incontrolables. «Hay una demanda enorme de soluciones, de certezas, por parte de la población. En una situación de crisis como la actual uno pierde el dominio de los mecanismos que regulan la vida, con lo cual el modo obsesivo de adquirir información es una forma de tranquilizarse, de controlar un entorno que se ha vuelto hostil y caótico», dice Ernesto Calvo, coautor con Natalia Aruguete de Fake news, burbujas, trolls y otros encantos, un libro de reciente publicación que analiza el funcionamiento de las redes sociales.
Si bien «es más difícil realizar operaciones de noticias falsas donde la información es abundante y resulta menos viable decir, por ejemplo, que tomar lavandina cura el virus, el pánico incrementa la necesidad de cubrir huecos informativos», agrega Calvo, profesor de Gobierno y Política en la Universidad de Maryland. En el léxico que impuso el COVID-19 uno de los términos frecuentes es infodemia, como se llama a la circulación de noticias falsas que pueden aumentar el pánico y determinar conductas perjudiciales para la salud.
Calvo y Aruguete sostienen que las fake news aluden a un tipo específico de noticias falsas: «Son las informaciones que buscan promover un efecto político», como las acusaciones cruzadas entre el presidente de Estados Unidos y el primer ministro de China por el supuesto origen del virus en un laboratorio o las declaraciones de una jueza de Ejecución penal de Quilmes sobre la presunta liberación masiva de condenados por delitos contra la integridad sexual.
La circulación de fake news requiere de condiciones de posibilidad, plantea Aruguete. «En el caso de los presos, tiene que ver con el aprovechamiento de una preocupación estructural en la sociedad argentina respecto de la seguridad en un momento en que la gente está hipersensibilizada en sus temores. Es un terreno fértil para que una operación política pueda tener asidero», dice la investigadora del CONICET y profesora de la Universidad Nacional de Quilmes.
«Para la política es un terreno de capitalización, un área donde los políticos pueden dar certeza y seguridad y posicionarse como personas que están cuidando al otro y donde también pueden atizar las brasas para generar alta inestabilidad. Ambas situaciones se ven en la pandemia», analiza Calvo.

Estafas a la salud
En una conferencia online con periodistas científicos organizada por la UNESCO el 8 de mayo, el brasileño André Biernath contó que con otros colegas de su país resolvieron «combatir las fake news con sus mismas herramientas: desarrollamos un servicio de información por WhatsApp, la principal fuente de noticias falsas en Brasil, y utilizamos su mismo lenguaje, como los emojis». A grandes males, grandes remedios.
Valeria Román participó en la conferencia como integrante de la Red Argentina de Periodistas Científicos. «Los públicos tienden a creer más en las noticias falsas que en las desmentidas. Deconstruir esas informaciones es una tarea ardua», destaca, y cita por caso las publicaciones en redes sobre el dióxido de cloro como supuesto fármaco para el COVID-19, «cuando no está demostrado para nada que sea eficaz ni seguro» o anteriormente las terapias con células madre, «otras estafas a la salud».
La verosimilitud de las noticias falsas se potencia como efecto de la inquietud pública y de la falta de información científica. «Por un lado hay ciudadanos que desconocen cómo son los procesos para desarrollar tratamientos, curas, kits de diagnóstico. Es común que aparezcan personas que se aprovechan del desconocimiento general, toman un producto determinado y lo promueven para la prevención o el tratamiento de una enfermedad, como puede ser el coronavirus», dice Román.

Cisnes. La imagen circuló por el mundo pero en realidad no estuvieron en Venecia.

En febrero, el Ministerio de Salud de la Nación convocó a los periodistas científicos para una capacitación sobre la pandemia y en abril la presidenta de la Red, Nora Bär, participó en el reporte oficial del Ministerio con recomendaciones para el tratamiento periodístico del problema. «Fue un reconocimiento del Estado al periodismo científico», señala Román, que puntualiza deficiencias comunes en las coberturas: enfoques sesgados y omisión de datos por cuestiones políticas, consideraciones «que no tienen en cuenta la evidencia científica» y la reducción del debate a posturas dicotómicas, «como si fuera un partido de fútbol».
Stella Martini, profesora de la Facultad de Ciencias Sociales e investigadora del Instituto Gino Germani, cuestiona el sensacionalismo televisivo que observa en «el miedo actuado» ante las cámaras y «las actitudes corporales» de los conductores como forma de enfatizar la información. «Cuando la Organización Mundial de la Salud llamó pandemia a la peste, el periodismo no supo cómo interpretar la situación que se planteaba –afirma–. Hubo una carrera por ver quién ponía más personal médico y científico en la pantalla. Era como decirle a la sociedad que no había fuentes confiables, cuando las fuentes oficiales estaban disponibles». En ese tren, «desde el principio nos encontramos con la oposición entre salud y economía, que venía respaldada por las políticas de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña y deslegitimaba las restricciones impuestas por el Gobierno argentino; pero las encuestas empezaron a mostrar que las políticas del presidente tenían una amplia aceptación, y eso colisionó y sigue colisionando con el planteo de las noticias en los medios hegemónicos».

Calvo. «El pánico incrementa la necesidad de cubrir huecos informativos.»

Al margen de que «muchos periodistas se esforzaron desde un principio por informar sin llevar preocupación exagerada a la población», dice Martini, la pandemia impuso un contexto inédito en términos mediáticos «por la gravedad y el alcance del acontecimiento, del que no había antecedentes desde la gripe española de 1918, y porque es una peste que afecta a las economías globales». El sensacionalismo, en principio, «no tenía mucho que mostrar: ambulancias, controles en los accesos a Buenos Aires, calles vacías y poco más; sin embargo logró instalar una sensación fuerte de inquietud».

Román. Debate con posturas dicotómicas, «como si fuera un partido de fútbol.»

Martini observa que los reclamos de presos movilizaron discursos de odio en los grandes medios. «Si bien reconocen el estado calamitoso de las prisiones, se habla de presos y de delincuentes cuando muchos reclusos están con prisión preventiva. Las imágenes de la protesta en la cárcel de Villa Devoto eran un escenario apocalíptico, el símbolo más fuerte del efecto del virus», dice.

El peso de las creencias
Estrategias engañosas de tratamiento, remedios mágicos contra el virus y versiones sobre presuntas formas de contagio y grupos más o menos resistentes a la infección son temas habituales de las noticias falsas en Argentina. Confiar, un espacio online de la agencia Télam, provee datos y herramientas para tratar «la epidemia informativa»: chequeo de opiniones y prejuicios corrientes sobre el virus, fake news desmentidas con información del CONICET y claves para evitar el «contagio» (entre otras, no compartir la noticia inmediatamente y desconfiar de versiones que apuntan a las reacciones emotivas).

Aruguete. «Compartimos lo que confirma aquello que deseamos escuchar.»

Según Calvo, en comparación con otros países «en Argentina hubo menos fake news sobre el coronavirus porque en principio el Gobierno y la oposición se alinearon en una respuesta común frente a la crisis». Pero el escenario cambia: «Empezamos a ver a la oposición produciendo abiertamente información que busca generar eventos políticos. El consenso sobre las políticas de salud no va a durar, porque habrá costos reales en la economía».

Martini. «El periodismo no supo cómo interpretar la situación de pandemia.»

Aruguete señala que un factor central en la difusión de noticias falsas es la reputación y la confianza que los usuarios de redes sociales conceden a quien las difunde y por eso, «para agregar convicción», las cadenas de WhatsApp destacan quiénes son los autores, como ocurrió en el audio atribuido a la supuesta médica del Instituto Malbrán. «Además, cuando hay una estrategia de desinformación la preparación de una noticia falsa es mayor porque tiene también un efecto demostrativo en términos de que aúna, hermana y confirma los valores que circulan en una comunidad», dice.
Esa comunión de valores, agrega Aruguete, explica las diferencias de propagación que puede haber entre una información falsa y su corrección. «Cuando te retractás, es probable que el mensaje tenga menor viralización porque deja de interpelar a quienes compartían la información falsa», puntualiza, y pone como ejemplo dos tuits de Jonatan Viale dedicados a las prisiones domiciliarias: «El primero, sobre un preso liberado que supuestamente volvió a robar, circuló profusamente; mientras que el segundo –donde se desdijo, ya que se trataba de una información falsa–, mucho menos, porque le faltaba la interpelación afectiva que hermanaba a los miembros de esa comunidad. Esta intencionalidad expresiva excede la mera información y tiene que ver con cómo un mensaje confirma valores que circulan».

Campañas públicas. Comunicación oficial, indispensable en contexto de infodemia. (3estudio/Juan Quiles)

Las noticias falsas necesitan un contexto de incertidumbre, donde funcionan como respuestas tranquilizadoras, y también convencen porque apelan a las emociones y a los prejuicios de los destinatarios. «Ante cada noticia no nos preguntamos si es verdadera o falsa; lo que importa es en qué medida coincide con nuestras creencias. Evitamos información que nos perturba cognitivamente, de la misma forma que compartimos lo que confirma aquello que deseamos escuchar», destaca Aruguete. Por eso, «una dimensión muy importante para analizar la circulación de fake news es preguntarnos en qué medida nos interpelan afectivamente y no tanto racionalmente; y si a eso le agregamos la velocidad de propagación que tienen las noticias o cualquier tipo de narrativa en las redes sociales, el resultado puede ser explosivo».