Federer y un clásico

El suizo, de 35 años, agigantó su figura al conquistar su decimoctavo título de Grand Slam luego de superar una lesión que lo marginó del circuito por seis meses. El lugar en la historia y la reedición del duelo con Nadal que revive la competencia.


Abierto de Australia. Ante 15.000 personas, Federer desplegó un juego brillante en la final. (Low/CSM/Rex/Shutterstock/Dachary)

De alguna manera, me alienta ver cómo me estoy sintiendo ahora –contaba Roger Federer a fines de diciembre pasado, en una entrevista con el diario The New York Times–, y el entrenamiento va bien, pero las expectativas son bajas porque aún no he jugado partidos, y en el Abierto de Australia habrá encuentros de cinco sets desde el arranque. Pienso que el período más emocionante será en Australia, porque no sé qué esperar de mí mismo». El tenista suizo atravesaba los últimos días de la lesión en la rodilla izquierda después de someterse a una cirugía. Estaba listo para volver después de seis meses fuera de competencia. Nunca había sufrido una etapa tan prolongada de pausa en las 19 temporadas como profesional. Entonces, a los 35 años, luego de que muchos predijeran su fin, Federer regresó: ganó el Abierto de Australia, el quinto, su 18º título de Grand Slam; su 89º en la carrera; y derrotó en la final al español Rafael Nadal, su gran pesadilla. Y Federer fue puesto, una vez más a la altura de los grandes de la historia del deporte, como Muhammad Ali, Diego Maradona, Michael Phelps y Usain Bolt.
Porque tener como rival en la final a Nadal, es cierto, engrandeció la leyenda. Federer había perdido seis de las ocho finales de Grand Slam ante el español. Federer no ganaba un Grand Slam desde Wimbledon 2012. Federer, decían muchos, ya no ganaría un Grand Slam. Así y todo, el máximo ganador de estos torneos de la historia estiró la diferencia a 18, y más atrás quedaron Nadal y Pete Sampras, con 14.  El suizo se convirtió en el primer tenista de la Era Abierta en ganar tres de los cuatro torneos más importantes del circuito en cinco ocasiones: siete en Wimbledon, cinco en el Abierto de Estados Unidos, cinco en Australia y uno en Roland Garros. Pero, sobre todo, revivió un clásico, puso a un nivel superlativo la competencia. El revés a una mano, un golpe que le había traído dificultades en el pasado, fue la llave maestra para imponerse ante Nadal. Cuando terminó el partido, Federer lloró como un niño. El estadio se puso a oscuras. Su box se iluminó. Y el australiano Rod Laver, el único hombre en ganar los cuatro Grand Slam en el mismo año, le entregó el trofeo. A sus 35 años y 174 días, Federer pasó a ser el segundo tenista de mayor edad en ganar un Grand Slam, por detrás de Ken Rosewall, quien ganó tres veces el Abierto de Australia después de pasar esa barrera.
 
Poesía y perfección
La devoción por el suizo ascendió a altos niveles. «Federer es la evolución final del tenis, la técnica en algo bello y duro», sintetizó Manuel Jacoibs en El País, de España. «El triunfo de Roger se parece al triunfo de la poesía por sobre la perfección. Y ante eso no hay duda: aún con errores, preferimos la sensibilidad de la belleza, simplemente porque nos inspira», fue más allá Pablo Perantuno en La Agenda. «Meses atrás –dijo el propio Federer antes de la final–, Nadal y yo estábamos para hacer un partido benéfico». Y sin embargo ahí estaban, en el Rod Laver Arena, y el mundo mirándolos, como en los viejos buenos tiempos. O como en 2009, cuando Federer perdió la final del Abierto de Australia con Nadal y lloró fuerte por la caída. «Federer se merecía el título un poquito más que yo», reconoció Nadal apenas terminado el partido. «Sé que en el tenis no hay empates, pero si los hubiese, sería un honor compartir el trofeo con Rafa», le devolvió Federer. Nadal lo había derrotado en 23 de las 34 veces que se encontraron en el circuito, y Federer no lo vencía en un Grand Slam desde 2007. De igual modo, Federer pidió: «Por favor, mantengan a Rafa jugando y en forma: el tenis lo necesita». En definitiva, Federer y Nadal retrocedieron a otras épocas y, por supuesto, solo un suizo podía vencer al tiempo.