Fortaleza colectiva

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Vitrofin, histórica cristalería santafesina, quebró en los 90, pero gracias al esfuerzo de sus trabajadores se transformó en cooperativa y proyecta un futuro de crecimiento.

 

Fuente laboral. En la producción de una pieza de cristalería trabajan 11 personas. (Carlos Carrión)

Al sur de la provincia de Santa Fe, a 70 kilómetros de la ciudad de Rosario y en pleno corazón de la pampa húmeda, se encuentra Cañada de Gómez, una ciudad de 30.000 habitantes que ha hecho de la producción industrial uno de los ejes de su actividad económica. La constitución de la actual Cooperativa de Trabajo Cristalería Vitrofin tiene mucho que ver con esa historia y refleja la lucha de sus trabajadores por recuperar las fuentes laborales luego de la crisis generada por las políticas neoliberales de los años 90 y la implosión social de 2001. El pasado de la cooperativa está ligado con Pederfin SRL, una antigua fábrica de cristales que llegó a tener 150 empleados y cerró sus puertas en 1979, tiempos en que la última dictadura cívico-militar alentó la entrada de productos importados y produjo un claro retroceso de la industria nacional. En 1984, la fábrica reabrió sus instalaciones –esta vez con el nombre de Vitrofin
SA–, pero en 1995 cayó nuevamente en crisis, afectada por el modelo de libre mercado que impulsó el gobierno menemista. Tuvieron que pasar 8 años hasta que Vitrofin, una de las tres fábricas que trabajan con cristales en todo el país, volviera a elaborar cristalería fina, productos de regalería y artículos de bazar, esta vez como una empresa de la economía social administrada por sus propios trabajadores: desde el 3 de julio de 2003 Vitrofin es una cooperativa de trabajo. Hoy reúne a más de 60 asociados, entre operarios, artesanos industriales y personal administrativo.

 

Resurgir del abandono
«La cooperativa se logró constituir después de una larga lucha. Los que habíamos sido trabajadores nos empezamos a reunir en  2002 para ver si podíamos recuperar una empresa que estaba totalmente abandonada. En esa época caían todas las fábricas y muchos estábamos sin trabajo. Así que nos juntamos y vimos la posibilidad de emprender el desafío: una jueza nos autorizó a custodiar los bienes de la empresa, que estaba siendo saqueada, y con la ayuda de un inversor pudimos comprar la planta industrial en subasta pública. Estuvimos un año haciendo trabajos de albañilería, pintando y limpiando las instalaciones, hasta que, en marzo de 2004, comenzamos a producir», puntualiza Graciela Correa, actual presidenta de Vitrofin.
El proceso de consolidación, dicen los asociados, no fue nada fácil. Así lo cuenta Omar Pelli, secretario de la cooperativa: «Nosotros nos lanzamos al cooperativismo por necesidad y desesperación, así que tuvimos que hacernos en el camino. Por un lado, se chocó con los intereses del inversionista, ya que la ingenuidad y la alegría de querer recuperar la empresa hizo que no nos diéramos cuenta de algunos manejos hasta que nos involucramos más en la administración. Por otra parte, tuvimos que capacitarnos y aprender a gestionar de forma democrática. Y finalmente, tuvimos que vencer ciertos prejuicios, ya que en esos primeros años las cooperativas de trabajo tenían mala prensa. Recién ahora se comprende cómo funciona nuestra cooperativa y qué valores representa». Juan Carlos De Almeida, actual tesorero y oficial de banco de Vitrofin, recuerda que «el comienzo fue muy duro, porque se habían robado todo y la producción no alcanzaba». «Además
–continúa– lleva tiempo asumir que no hay un dueño y que todos somos responsables de lo que pasa. Sin embargo, hoy estamos saliendo adelante y tenemos una producción importante». De Almeida, empleado de la antigua fábrica entre 1969 y 1979, es uno de los artesanos que se reincorporaron al formarse la cooperativa. «El gran valor de nuestra empresa está en el trabajo de nuestros artesanos, así que era esencial que ellos pudieran ser parte de Vitrofin», subraya Correa.

Nuevos dueños. Correa y Pelli, presidenta y secretario de la cooperativa. (Carlos Carrión)

La producción de una pieza de cristalería involucra el trabajo de 11 personas, empezando por el operario que busca un pedacito de cristal, la etapa de calentamiento, el colatero, el soplador que le da forma al producto y el armado de la base o la «piernita», que realiza el oficial de banco. Luego, la pieza pasa tres horas en el horno y llega el proceso de terminación, que incluye el corte del cristal, el pulido, la terminación y la selección de las copas, copones, baldes para hielo, floreros, centros de mesa y vasos de cristal que serán finalmente embalados para su distribución. «Este oficio se logra aprender en tres o cuatro años. Lleva tiempo formar a un buen artesano», agrega Pelli.
Actualmente, el grueso de lo que produce la cooperativa se comercializa a través de distribuidores. Entre los desafíos para los próximos años están los de fortalecer la marca Vitrofin, vender por cuenta propia y exportar. Tiempo atrás, la cristalería vendía de manera directa a México y Paraguay, mientras que a través de las distribuidoras, su mercadería llegaba a Colombia, España y Estados Unidos. «Hace 10 años estábamos sin trabajo y hoy tenemos una cooperativa que es gestionada por sus 60 trabajadores. Tuvimos que formarnos y aprender un montón de cosas, pero lo mejor es que hacemos lo que nos gusta y nos sentimos con dignidad», resume Correa a modo de cierre.

Lautaro Cossia