Fútbol y restricción externa

Los clubes más chicos, y más aún los del ascenso, también sufren, como el país, su propia restricción externa.
Dependen de la venta de su jugador estrella a un club más importante, para no tener que endeudarse o achicar sus actividades.
Cuando logran transferirlo, lo hacen a precio de remate, comparado con el de su posterior reventa. Respecto de los clubes más grandes, la diferencia entre planteles es abismal. También son mucho menores los ingresos de la televisión. Ni que hablar de la incertidumbre que les genera cada incremento en las boletas de luz y agua, que puede ponerlos al borde de cerrar sus puertas.
Llevado al plano de una economía de un país periférico totalmente liberalizado como Argentina, la situación es diferente, pero si algo se comparte, es el problema de la restricción externa.
Se depende de la exportación de bienes primarios y se afrontan altos costos por las importaciones y los pagos de las rentas al capital externo (intereses y dividendos). Si se detiene el financiamiento o caen los precios de exportación, la economía sufre. Aquí son las fábricas las que cierran. Tan cierto como que los clubes precisan de subsidios y exenciones, y ni que hablar, de un plan deportivo integral que les garantice su existencia, la economía precisa herramientas que la protejan de las turbulencias que vienen de afuera. También contar con un modelo de desarrollo, que en el tiempo le hará sufrir menos la restricción externa.
Pero el ajuste fiscal y la desregulación actual van justamente en la dirección contraria. El desenlace no es inexorable. Se requiere abandonar lo antes posible la idea del «supermercado del mundo» y el perverso modelo que nos expone a los caprichos del mercado.