Giro mexicano

Con gran apoyo en las urnas y mayoría en el Congreso, la llegada del líder del morena al poder inaugura otra etapa luego de los gobiernos del PRI y el PAN. Revertir los efectos del modelo neoliberal y normalizar la relación con Trump, desafíos centrales.

Vencedor. AMLO dirige un discurso a sus seguidores después de conocer los resultados de los comicios del 1º de julio, en la capital azteca. (Pardo/AFP/Dachary)

Suelen decir que la tercera es la vencida. Y así lo fue para Andrés Manuel López Obrador: después de tres intentos consecutivos, el dirigente pudo concretar su anhelo de arribar a la presidencia mexicana. Fue un triunfo tan aplastante como histórico: por primera vez, el país tendrá un mandatario que no pertenece al PRI ni al Pan, los dos partidos más importantes del país azteca. Denostado por el empresariado, venerado por el progresismo latinoamericano y comparado con figuras tan disímiles como Hugo Chávez y Barack Obama, AMLO –como se conoce a López Obrador en sus pagos– tendrá la titánica tarea de gobernar un territorio en el que reinan la desigualdad, la violencia y el narcotráfico. Por si fuera poco, también deberá lidiar con un conflictivo vecino, el impredecible Donald Trump.
El líder del Movimiento Regeneración Nacional (MORENA) asumirá el cargo después de alcanzar el 53% de los votos en las elecciones. La diferencia de más de 30 puntos con su contrincante más próximo le permitió obtener mayoría propia en las cámaras de Diputados y Senadores. A ello se suma que la capital del país será gobernada por primera vez por una mujer, Claudia Sheimbaun, integrante de su espacio político. Así, podrá encarar las reformas prometidas con una oposición debilitada y sin demasiados escollos parlamentarios.
La fenomenal elección de este politólogo de 64 años –y más de 40 en la arena política– provocó un cimbronazo a nivel local. Consultado por Acción, el analista político Norberto Emmerich, que trabajó en el Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología de México, consideró que su llegada al poder es una «verdadera tormenta» que produce «un cambio abrupto y definitivo del mapa político» del país. Para el filósofo mexicano Fernando Buen Abad también representa «la apertura de una nueva etapa en la que las reivindicaciones populares, opuestas a los intereses del capitalismo y de la derecha, van a dar pasos acelerados».

Mensajes cruzados
El propio mensaje de AMLO fue claro y sintético en ese sentido: «Primero, los pobres». Así lo afirmó ante 100.000 personas en el mítico Estadio Azteca, el mismo en el que Diego Maradona hizo el histórico gol a los ingleses y donde también levantó la Copa del Mundo. Allí, el presidente electo fijó sus dos ejes de gobierno: combate a la corrupción y a la desigualdad, en un país en el que el 43% de la población –53 millones de personas– son pobres. También preocupan los niveles de violencia: en 2017, más de 25.000 personas fueron asesinadas en crímenes vinculados con el narcotráfico.
La precaria situación social es el resultado de años ininterrumpidos de neoliberalismo. Las expectativas están puestas en la posibilidad de que AMLO revierta ese modelo económico y cumpla, como anticipó, con llevar adelante una «gran transformación». Sin embargo, él mismo se ocupó de aclarar que todos los cambios se darán «con apego al orden legal establecido».
La aclaración tiene su origen en los miedos generados por el empresariado y los grandes medios, que en varias ocasiones acusaron a AMLO de «populista» y «castrochavista», debido a su conocida trayectoria política izquierdista. Durante la campaña fogonearon una idea muy repetida también en Argentina: aquello de que, ante la eventual victoria de un candidato del campo popular, el país «se convertiría en Venezuela». AMLO optó primero por la confrontación –llamó a los empresarios «mafia del poder»–, para luego propiciar el diálogo. Incluso hubo una reunión en la que, según el mandatario electo, «limaron asperezas» y llegaron a «acuerdos». Está claro: el conflicto desde el inicio no convenía a ninguno de los dos. Habrá que ver qué ocurre cuando comience el partido.

Oaxaca. Mujeres del grupo étnico zapoteco. (Castellanos/AFP/Dachary)

Otra fuente de tensiones será la relación con Trump. A pesar de que ambos acordaron mantener un vínculo de amistad, lo cierto es que, detrás de las declaraciones vía Twitter, hay conflictos concretos: la iniciativa del estadounidense para construir un muro en la frontera, la crisis migratoria y la renegociación del NAFTA, el tratado de libre comercio que también involucra a Canadá. «La relación estará marcada por las tensiones y los altibajos», vaticinó Abad. Para Emmerich, las cosas recién estarán claras después de las elecciones de medio término en EE.UU., que se celebran en noviembre. «Si el resultado no fuera positivo para Trump –explicó–, la presión sobre México se redoblará».
Pero el triunfo de AMLO no solo hizo ruido en EE.UU., sino también en Latinoamérica. Muchos consideraron que la victoria es sinónimo de resurgimiento del progresismo regional. El filósofo Abad sostuvo que, al menos, se trató de «un oxígeno importante, una demostración de que todas esas teorías del fin del ciclo, de que se acabó el progresismo, se fueron por el suelo». El profesor Emmerich, por su parte, reconoció que el «impacto de este triunfo golpea emocionalmente a toda la región», pero «en términos políticos nuestros países todavía están lidiando con los retrocesos sufridos en la última etapa».
La relación que AMLO forjará con los distintos gobiernos de la región es otra incógnita que empezará a develarse el próximo 1 de diciembre, cuando asuma el cargo. A partir de allí, comenzará a escribirse una nueva página de la historia mexicana.