Grecia, ajustes y caída libre

El gobierno de Aliexis Tsipras terminó profundizando las políticas que había criticado cuando fue elegido como una promesa de cambio frente al ajuste perpetuo. La crisis de Syriza luego del mandato de no más recortes que dejó el referendo.


Más de lo mismo. Los griegos están cada día más pobres a pesar de haber cumplido todos los pedidos del FMI y la Unión Europea. (Gouliamaki/AFP/Dachary)

Parecía olvidada en el tiempo. La victoria de Donald Trump, el Brexit, los atentados terroristas y los cambios en el escenario político latinoamericano la dejaron en un segundo plano. Sin embargo, y por más que ya no sea tapa de los principales diarios internacionales, la crisis griega sigue más viva que nunca. Peor aún: tras años de «rescates» financieros y draconianos planes de ajuste, la situación no mejoró, sino que es cada vez más dolorosa para el pueblo heleno.
Así lo confirman los datos difundidos en febrero por distintas instituciones oficiales. Según la agencia de estadísticas europea Eurostat, el 22,5% de los ciudadanos sufre «severas carencias materiales» y el 45% de los jubilados es pobre. La indigencia pasó del 2% en 2009 al 15% en la actualidad. Uno de cada cuatro griegos está desempleado. En el caso de los jóvenes, la desocupación llega al 40%. La necesidad llevó a que el Banco de Alimentos de Atenas entregue, a diario, raciones de comida para 26.000 personas, cuando en 2014 lo hacía para 6.000.
Las cifras podrían apilarse una encima de la otra y no terminarían de graficar el rostro de esta verdadera tragedia griega. Porque a los fríos números ofrecidos se suman las noticias de todos los días: cierres de escuelas por falta de fondos, escasez de medicamentos en los hospitales y despidos en todos los rincones de la administración pública. En un momento, las autoridades hasta barajaron la posibilidad de entregar alimentos vencidos para paliar el hambre.
El panorama es una clara muestra de que las profecías lanzadas por los representantes de la troika –el triunvirato formado por el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea– no estuvieron ni cerca de cumplirse. Lejos de abrazar la prosperidad y el prometido crecimiento económico, Grecia se hunde cada vez más. Pero eso no parece importarles mucho a los representantes de estos organismos, que durante febrero retomaron conversaciones con el premier Alexis Tsipras para liberar el pago de una nueva etapa del «rescate» a cambio de que el gobierno acelere las reformas exigidas y aplique recortes por 3.600 millones de euros. En criollo: otro colchón de dinero para aliviar el desbarajuste de las cuentas públicas y evitar la quiebra, pero con la condición de achicar la plantilla de trabajadores estatales, bajar sueldos y privatizar bienes y servicios públicos, entre otras cosas.
Se trata de una serie de exigencias que el gobierno de Tsipras viene cumpliendo a rajatabla. Lo paradójico es que en su llegada al poder, allá por enero de 2015, este joven primer ministro parecía decidido a enfrentar los planes de la troika y ofrecer una salida a la crisis por izquierda. De hecho, en un primer momento logró la reincorporación de empleados despedidos y puso en marcha diversos programas sociales de ayuda alimentaria y acceso a la salud. Pero la primavera duró muy poco y, finalmente, sucumbió ante los aprietes y las presiones foráneas.

Acuerdo
El quiebre se dio a mediados de 2015, cuando, después de un referendo en el que la mayoría rechazó la continuidad de los ajustes, Tsipras firmó un acuerdo con la troika que incluía la privatización de bienes bajo control de las «instituciones europeas relevantes» por un valor de 50.000 millones de euros. La cifra multiplicaba casi diez veces las privatizaciones que habían aprobado los anteriores gobiernos conservadores. Algunos llegaron a comparar este acuerdo con el Tratado de Versalles, que tras la Primera Guerra Mundial dejó a Alemania en ruinas.

Decepción. Cuando llegó al poder, Tsipras parecía decidido a salir de la crisis por izquierda. (Gouliamaki/AFP/Dachary)

Así fue que Syriza, el partido conducido por Tsipras en el que se referenciaba la nueva izquierda europea, continuó –e incluso profundizó– un programa neoliberal que le era ajeno. Por supuesto, el viraje ideológico y la toma de medidas antipopulares tuvieron sus costos: el gobierno perdió buena parte del apoyo que había cosechado en las urnas y el ala más combativa del partido decidió buscar nuevos rumbos.
El dirigente argentino Costas Isychos, uno de los fundadores de Syriza junto con Tsipras y viceministro de Defensa en su primer gobierno, fue uno de los que tomó la decisión de marcharse. En diálogo con Acción, Isychos consideró al actual premier y a su partido como «útiles» al establishment europeo. «Syriza ya no es el Syriza por el cual luchamos. Es otra cosa. Este es un partido neoliberal, que ya no les habla a los jóvenes en su lenguaje. No los deja soñar, no los deja luchar como lucharon para recrear espacios democráticos, progresistas. Así que el Syriza que nosotros conocimos no existe más. Ha quedado el nombre, pero el contenido se fue», sentenció el dirigente, con ascendencia griega pero nacido en Quilmes.
Ante este panorama, el futuro político de Tsipras es una incógnita. Acorralado por las exigencias de la troika y por una deuda pública impagable que representa más del 180% del PBI, el primer ministro tiene por delante un horizonte altamente complejo. De hecho, las últimas encuestas indican que, si se realizaran elecciones hoy, debería hacer malabares en el Parlamento para alcanzar una nueva mayoría de gobierno. Lo único que lo favorece es la existencia de una oposición fragmentada y desprestigiada que, al menos por ahora, los griegos quieren ver lejos del poder.