Guantánamo, la cárcel global

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Enclavada en territorio cubano, es un verdadero campo de concentración que Obama se había comprometido a cerrar. Modelo para una persecución kafkiana.

 

Lesa humanidad. Presos sin cargos, sin juicio y sin sentencia son sometidos a las más brutales vejaciones y permanecen internados en el penal por tiempo indeterminado. (AFP/Dachary)

Barack Obama está en un calabozo del que, paradójicamente, él mismo tiene la llave. El carcelero fue su propio discurso de 2008, cuando aún era candidato a presidente de Estados Unidos, que prometía cerrar Guantánamo, la base militar en tierra cubana que desde hace una década funciona como centro de detención. Tras el 11-S fueron a parar allí, por portación de cara o de religión, cientos de «posibles terroristas». Dos de cada tres huéspedes de ese presidio decidieron protagonizar una larga huelga de hambre en repudio a las indignas condiciones en que permanecen tras las rejas: se denuncian vejámenes inimaginables y torturas de todo rango y eficacia sobre hombres retenidos sin acusación, juicio ni condena. En noviembre de 2012, cuando fue reelecto, Obama no pronunció en su asunción la palabra «Guantánamo», pero la medida de fuerza de los reclusos lo obligó a recordarla. Envió al Congreso en junio de este año un proyecto de ley para terminar con el penal y otro para devolver a su país de origen a unos 80 detenidos. Fracasó en ambos. Así, Guantánamo sigue gozando de buena salud, como otras tantas prisiones ilegales que el país del Norte mantiene en todo el mundo para alojar a presidiarios «flojos de papeles». El macabro escenario nació bajo la consigna favorita que Estados Unidos sostiene para acabar cualquier discusión y eludir las críticas: todo vale para mantenerse seguros ante el peligro terrorista.
«Cumplimos con nuestro trabajo. En Guantánamo están los mejores hombres de la nación sirviendo a su país». La frase es del coronel John Bogdan, a cargo de los detenidos de la base militar. El coronel entendió por «trabajo» el haber alimentado a la fuerza a los huelguistas y por «servir al país» el haber sofocado una protesta que las autoridades catalogaron como una rebelión encubierta. El procedimiento estuvo a la altura de los horrores que los reclusos denunciaban. A cada detenido se lo ató a una silla diseñada especialmente para la ocasión. Se le colocó luego una máscara en el rostro que le impedía mover la boca, morder o escupir. Le introdujeron una sonda por vía nasal, lubricada con aceite de oliva. Hicieron descender el tubo por la garganta hasta el esófago, provocando en el preso dolor y sensación de ahogo. Finalmente, le suministraron unos 750 mililitros de un líquido rico en nutrientes. Denis McDonough, jefe de Gabinete de Obama, fue testigo de estas acciones cuando viajó a Guantánamo. «Estoy preocupado por esto, no es correcto», manifestó McDonough. Pero el poder político sigue sin detener esos métodos que la Justicia también convalida. La jueza de distrito Gladys Kessler había exhortado a que el presidente estadounidense interveniera en un proceso al que calificó de «doloroso, humillante y degradante». En paralelo, un juez federal de Washington rechazó el pedido de los reclusos de suspender el trámite forzoso al menos durante el Ramadán, el ayuno que los musulmanes hacen en el noveno mes de su calendario.

 

Contabilidad creativa
Las cuentas no dan. Reportes oficiales y oficiosos no coinciden en la cantidad exacta de alojados en esa parte de Cuba con bandera de estrellitas y barras flameando. Desde el presidio dicen que son 166, pero ese dato no tiene cómo refutarse. Los propios reos juran que superan los 200, y que llegó a haber hasta 800. Otras cuentas tampoco dan. Son las que maneja Obama, quien no habla con el corazón en la mano, sino con las manos en los bolsillos: «Hay que cerrar Guantánamo porque es caro e ineficaz», aseguró el presidente estadounidense en abril. Y le agregó entonces la cuota de miedo con la que la Casa Blanca viene asustando a propios y extraños desde el 11-S al asegurar que esa cárcel «es una herramienta para reclutar extremistas». A los que no pudo conquistar con el temor procuró ablandarlos desde el sentimiento patriótico de la gran tierra de las oportunidades. Solemne, Obama expresó que «la idea de que vamos a tener a más de cien individuos en tierra de nadie a perpetuidad, la idea de que mantendremos indefinidamente a esos individuos a los que no se ha juzgado, son contrarias a lo que somos como país». Pero los números siguen sin cerrar, también en el Congreso. La Cámara de Representantes, bajo control de los Republicanos, rechazó por 279 a 169 votos el proyecto para cerrar el centro de detención. «Yo quiero, pero no me dejan», pareciera expresar Obama, aunque muchos de sus propios compañeros del Partido Demócrata creen que su líder no es lo suficientemente firme en su decisión.
Guantánamo es una base naval en la bahía del mismo nombre, ocupada por Estados Unidos en 1890, tomada en «arriendo perpetuo» a partir de 1902. Como ese mandato fue revocado por la Revolución Cubana de 1959, en el lugar se registra una usurpación de hecho. Desde 2002 se volvió la solución perfecta para la ilegalidad por el limbo jurídico en el que descansa. Cuando cayeron las Torres Gemelas, todo el universo islámico se volvió sospechoso. Se multiplicaron las capturas, procedimientos que no necesitaban justificación ya que al no culminar formalmente en suelo estadounidense, no se sometían a las leyes de ese país. Por lo tanto, los detenidos padecían (y padecen), en el mejor de los casos, los tribunales militares. En el peor, ningún tribunal ni magistrado. Hay más de 40 presos –la mayoría de Yemen, algunos afganos, y un par de saudíes y kuwaitíes– a los que se conoce como el «grupo de indefinidos». Recién en junio, tras una demanda iniciada en el 2009, la Casa Blanca reconoció la existencia de esos detenidos. Vivieron casi cuatro años invisibles, sin nombre ni número. En Washington admiten que no hay pruebas contra ellos, pero dicen no querer soltarlos porque los «terroristas» juraron vengarse apenas traspasen libres las puertas de la cárcel. Están en prisión por las dudas.

Excusas. El presidente de Estados Unidos dice que se pierde dinero pero no la cierra. (AFP/Dachary)

 

Libro jurídico
Los más de 150 rehenes de la base naval no saben de qué se los acusa, no se los lleva a juicio, no se les concede derecho a defensa, no conocen si están o no condenados ni a cuánto tiempo. Ese status carcelario es lo suficientemente indigno, pero se agrava en torturas, apremios y otros castigos que reciben al ser interrogados. En el transcurso de la huelga, un magistrado tuvo que impedir que a los detenidos se les revisaran sus genitales y el ano. Las autoridades de Guantánamo temían que los presos ocultaran en sus partes íntimas cartas o papeles que revelaran al exterior su suplicio interno. Una de las prácticas autóctonas es la privación del sueño. Los guardias cierran y abren las puertas de las celdas hasta 300 veces por noche y mantienen encendidas las luces las 24 horas. En los interrogatorios recurren al «submarino», sumergiendo la cabeza del detenido en un recipiente con agua casi al punto de que pierda la vida ahogado. Suelen castigar a los presos con música a altísimo volumen y variaciones extremas en la temperatura ambiente. Con un uniforme naranja, los reos andan con grilletes de los que sólo escapan para sesiones de golpes o estadías sin fecha en celdas de aislamiento.
Cualquiera puede volverse loco con esa rutina, y eso es lo que sucedido con cientos en Guantánamo. Pero esos «daños colaterales» son riesgos que Estados Unidos puede a veces no permitirse. Jalid Sheik Mohamed está preso hace diez años tras confesar haber sido el autor intelectual de los atentados del 11 de setiembre. Pese a que la CIA (Agencia Central de Inteligencia) lo torturó sin pausa durante esa década, no fueron más allá porque especulaban con nuevos datos que a futuro pudiera brindarles. Para regresarlo al mundo de los cuerdos, la CIA accedió a un inusual pedido del reo: diseñar una aspiradora. Le facilitaron planos y herramientas con los que Mohamed pudo olvidarse de a ratos de la locura a la que era conducido. La historia se desarrolló en Rumania, a miles de kilómetros de la base naval en Cuba. Es que hay y hubo más Guantánamos en la historia reciente: Abu Grahib (Irak), Bagram (Afganistan), Kohat (Pakistan), Marruecos, Polonia y la Isla Diego García son, entre otros, algunos de los centros clandestinos más denunciados. El dato no fue confirmado por hábiles sabuesos; fue el entonces presidente George W. Bush quien, en setiembre de 2006, admitió una extensa lista de cárceles alrededor del mundo. «Fue necesario trasladar a los individuos a un ambiente donde pudieran ser retenidos en secreto e interrogados por expertos», explicaba Bush al presentar un nuevo manual para el trato a los detenidos. De allí en más se prohibiría desnudarlos a la fuerza, encapucharlos, golpearlos, humillarlos sexualmente, amenazarlos con perros, aplicarles energía eléctrica y demás castigos. Si ese atropello se detuvo, estremece pensar qué ocurría cuando había vía libre a los excesos. Y conmociona conocer qué ocurre aún hoy, cuando, pese a tantas promesas declamadas, se siguen violando derechos y leyes, cuando el supuesto fin continúa justificando los medios.

Diego Pietrafesa