Hacia dónde va Internet

La utopía de la democratización del conocimiento va perdiendo fuerza ante la creciente mercantilización de la Web. Redes sociales, exhibicionismo y ciberespionaje.

 

Foto: Rex Features/Dachary

La cantidad de átomos que forman el universo está contenida en un número inmensamente grande, el googol (gúgol en español), que equivale a un 1 seguido de 100 ceros (10 a la centésima potencia). En 1996, Larry Page y Sergey Brin, dos estudiantes de Computación de la Universidad de Stanford, se inspiraron en el nombre de esa cifra para bautizar al buscador que hoy parece compartir su misma aspiración de totalidad. Google, en efecto, concentra más del 90% de las búsquedas que se realizan en Internet, ofrece los parámetros de existencia de las cosas para los millones de usuarios que lo consultan cada día y hace tiempo que ha dejado de ser solo un buscador. Si hace 10 años, cuando la empresa empezó a cotizar en la bolsa, el objetivo, según el propio Page, era llevar a quienes utilizan el motor de búsqueda «al lugar correcto lo más rápido posible», hoy Google invita a los usuarios a permanecer –y consumir– en el creciente universo de servicios que viene incorporando a sus dominios. Entre las últimas inversiones de la compañía se encuentra la adquisición de Schaft Inc y otras siete empresas fabricantes de robots, Lift Labs, dedicada a la producción de cucharas de alta tecnología para personas con dificultades motrices, la compañía de satélites Skybox Imaging y Titan Aerospace, productoras de drones solares.
Los servicios y aplicaciones de las empresas de Internet ocupan cada vez más sectores del mercado, pero también más aspectos de la vida cotidiana de los usuarios. Mientras el buscador de Google ofrece respuestas a todas las preguntas, Facebook gestiona la sociabilidad de 1.300 millones de usuarios –según cálculos de la propia compañía– que publican cada día información personal de todo tipo –datos familiares, opiniones políticas, orientación sexual, consumos, amistades, amores, simpatías y antipatías–. En tanto, otras empresas ofrecen resolver en línea deseos y necesidades que hasta hace apenas una década exigían cierto grado de interacción con el mundo antes llamado real. Hay logos para hacer y deshacer amistades, para gustar o dejar de gustar de lo que dicen y hacen los demás, para buscar trabajo, para conseguir pareja, para tener sexo, para leer, mirar películas, escuchar música y, sobre todo, para comprar. La red está dejando de ser la biblioteca universal con la que soñaban los internautas utópicos de fines de los 80. Hoy se parece más a un supermercado poblado por marcas, eslóganes y publicidad. «Uno diría que en los últimos 10 o 15 años ha habido un avance en la mercantilización de los contenidos de Internet. Si bien ya la apertura al uso civil y comercial de los años 90 tuvo el germen de la mercantilización –había publicidad desde el origen mismo de la red– esa lógica se fue expandiendo a medida que Internet se fue masificando», asegura Martín Becerra, doctor en Ciencias de la Información y profesor de la Universidad de Quilmes (ver Poder absoluto).

 

De la Web a las aplicaciones
En agosto de 2010, Wired, revista de culto de tecnófilos y otros habitantes del mundo digital, lanzó un anuncio provocador. «La Web ha muerto», era el título del artículo que pronosticaba el fin de una etapa de Internet basada en la búsqueda de contenidos a través del navegador y el inicio de otra, caracterizada por el uso de aplicaciones y entornos cerrados como Facebook o Twitter. De hecho, desde el lanzamiento del iPhone en 2007 y la difusión de los smartphones, las tabletas y las conexiones móviles a Internet, las aplicaciones –o apps– constituyen el sector más dinámico del mercado de los contenidos digitales. App Store –la tienda de aplicaciones de Apple para iPads y iPhones– ofrece a los usuarios 1,2 millón de títulos y la cantidad de descargas ya superó los 75.000 millones, según datos de la empresa. Por su parte, Google Play, la tienda para dispositivos con sistema operativo Android, habría superado a App Store en número de descargas, pero no en rentabilidad. Según un estudio de la consultora especializada App Annie, Google Play habría conseguido un 45% más de descargas en el primer trimestre de 2014, pero los beneficios de la tienda de Apple serían un 85% más altos.

Como parte de esta tendencia, el uso de smartphones y tabletas y el tráfico global de datos móviles vienen –y seguirán– creciendo sin pausa. Según el informe de la consultora Cisco, los dispositivos móviles con Internet llegarán a 10.000 millones en 2018, una cifra superior a la población mundial prevista por la ONU para ese año. Debido a las limitaciones de memoria de estos dispositivos, también crecerá el uso de las aplicaciones en la Nube, el nombre con el que se conoce al software y el espacio de almacenamiento de datos que funcionan fuera del dispositivo y que incluyen servicios como Google Docs, Spotify, Picassa o Netflix.
De este modo, el tráfico de datos tiende a dirigirse cada vez más hacia aplicaciones y entornos cerrados, en desmedro de la tradicional World Wide Web, ese conjunto de páginas diverso, heterogéneo y casi infinito al que se accede a través de navegadores como Internet Explorer, Firefox o Chrome.
En nuestro país, según la Encuesta Nacional de Consumos Culturales que realiza cada año el Ministerio de Cultura de la Nación, Facebook es la página más visitada de Internet, seguida por YouTube. Además, las redes sociales se ubican en primer lugar de las preferencias en materia de contenido, con un 57% de usuarios y un 46% de usuarios frecuentes. El 55% de los argentinos tiene un perfil de Facebook y el 13%, una cuenta de Twitter. Entre los usuarios de Internet, la proporción de los que tienen Facebook llega al 90%, según el director de comunicación de esa compañía para América Latina, Alberto Arébalos.

(Foto: AFP/Dachary)

Para el español David de Ugarte, economista, tecnólogo y fundador del Grupo Cooperativo de las Indias, dedicado a la creación y difusión de conocimiento sobre el mundo digital, el año 2007 es la bisagra de esta profunda metamorfosis de Internet. La presentación del iPhone de Apple, el surgimiento de Twitter y el rápido crecimiento de Facebook son algunos de los síntomas de un proceso que el especialista considera «regresivo», y que amenaza algunos de los mejores atributos de Internet: la apertura a la participación, el potencial de autonomía con respecto al poder económico y político y una arquitectura que favorece la igualdad de condiciones entre los emisores, más allá de sus recursos y su capital inicial.

 

Arquitectura y poder
Internet es fruto de un experimento militar cuyo objetivo era crear una estructura de comunicaciones que pudiera sobrevivir a un eventual ataque soviético. En 1964, el ingeniero Paul Baran, que entonces trabajaba para la Rand Corporation, el think tank científico de la Defensa estadounidense, propuso construir una red sin centro, en la que todos los nodos estuvieran conectados entre sí. A diferencia de una red centralizada, en la que la destrucción del nodo central inhabilitaría a todos los demás, en este tipo de red, a la que llamó «distribuida», la desconexión de un nodo cualquiera no tendría consecuencias sobre el funcionamiento del resto del sistema. Con este criterio, conectando entre sí las computadoras de las grandes universidades que habían recibido fondos de investigación de Defensa, nació DARPANET, que se conocería más tarde como Internet.

A fines de los 80, los ciberpunks proclamaban que «toda arquitectura de la información supone una arquitectura de poder». En este sentido, el diseño distribuido de Internet tuvo algunas consecuencias políticas. La red prometía, como señala De Ugarte, «el fin del poder de filtro sobre la información y el estallido de las grandes agendas públicas nacionales en universos de agendas comunitarias». Una gran conversación universal, ya no regida por los grandes medios de comunicación –unidireccionales y centralizados–, se estaba iniciando. El futuro se convirtió entonces «en un mito poderoso y temible, manejado por veinteañeros y liderado por hackers y nerds que hasta un minuto antes no habrían podido aspirar más que a un trabajo por debajo de su calificación».
La «neutralidad» de la red, es decir, el hecho de que cualquier paquete de datos, más allá de su contenido, circulara en igualdad de condiciones con respecto a cualquier otro, permitía que cada sitio de la creciente, múltiple y caótica oferta que comenzaba a surgir tuviera las mismas posibilidades de ser visitado por un usuario. Los buscadores aún no habían sofisticado sus algoritmos para beneficiar a determinado tipo de contenido en detrimento de otro y esta situación promovía «la dispersión del tráfico en una pléyade de páginas personales y blogs». A principios de siglo, el boom de la llamada blogosfera, continúa De Ugarte, «materializa el sueño de un gran medio de comunicación distribuido y hasta los periódicos –que en un principio se sienten amenazados– comienzan a abrir bitácoras para sus periodistas y operadores habituales».
Tras el estallido de la burbuja de las puntocom en 2001, un nuevo movimiento, esta vez encabezado por el mercado, intenta poner en marcha una «estrategia de recentralización» de la red. Google, en este aspecto, fue pionera. El éxito de Gmail, que sumó publicidad contextual a la posición dominante que ya ocupaba el buscador en el mercado, «mostró el camino de la forma más avanzada de los nuevos modelos de negocios: utilizar su propia disponibilidad de grandes capitales y la necesidad de una infraestructura masiva como barrera de entrada a posibles competidores, ofreciendo el uso de software y la virtualización del hardware (la Nube) como servicios, de modo que se ampliaba hasta el paroxismo el horizonte de datos e información a centralizar –explica De Ugarte–. Una lógica que explotará Facebook hasta el punto de autodefinirse como sistema operativo social y plantearse como alternativa no a los servicios de otros competidores o incluso al espacio social definido por la blogsfera… sino a Internet en su conjunto».
El sociólogo Manuel Castells señalaba en una entrevista que en julio de 2009, por primera vez, el número de usuarios de redes sociales había superado al de usuarios de correo electrónico. Desde entonces, poco a poco, Internet comienza a convertirse, para gran parte del público, en sinónimo de Facebook. Según informa la compañía de Mark Zuckerberg, la cantidad de usuarios ya superó los 1.300 millones y sus ingresos, que crecieron un 60,5% entre abril y junio de 2014, alcanzan los 2.900 millones de dólares, de los cuales 2.676 provienen de la publicidad. En este sentido, la empresa ya empezó a probar un tipo de publicidad personalizada en tiempo real que funciona a partir del contenido de los chats y los comentarios de los usuarios. Facebook controla también los sitios web que visitan sus usuarios cuando no están conectados a la red social y utiliza esos datos para refinar aún más la publicidad personalizada, a través de perfiles de usuarios más detallados.
Del mismo modo, Google introduce publicidad tanto en las búsquedas como en su creciente número de servicios. La empresa reconoció que lee los mensajes que envían y reciben los usuarios de Gmail y modificó las condiciones del servicio de correo, agregando un inciso en el que reconoce que sus «sistemas automatizados» analizan el contenido de los mensajes y otros documentos de los usuarios.
Sea para venderles publicidad o para comercializar bases de datos personales, el gran negocio de las empresas se basa en el incesante caudal de información que reciben de sus usuarios. Según Evgeny Morozov, investigador de origen bielorruso que estudia las implicaciones políticas y sociales de la tecnología, en este punto las grandes empresas de Internet coinciden con los intereses de algunos Estados. «Sí, los intereses comerciales de las compañías tecnológicas y los intereses políticos de las agencias gubernamentales convergieron: ambos están interesados en la recolección y el análisis rápido de los datos de los usuarios. Google y Facebook están obligados a recolectar incluso más datos para impulsar la efectividad de las publicidades que venden. Las agencias gubernamentales necesitan los mismos datos –pueden obtenerlos por su cuenta o en cooperación con las firmas tecnológicas– para perseguir sus propios programas», explica el especialista, quien advierte que estos fenómenos ponen en riesgo el carácter democrático de las sociedades contemporáneas.

Busaniche. «El big data es la forma
quirúrgica de hacer negocios.»

De Ugarte. «Google fue pionera en la
estrategia de recentralizar Internet.»

Sahovaler. «La gente disfruta
mostrarse como en una película.»

Que esto es así quedó de manifiesto tras las revelaciones del ex consultor de la CIA, Edward Snowden, quien denunció hace más de un año el modo en el que el gobierno de los Estados Unidos, a través de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA), espiaba tanto las llamadas telefónicas como la actividad en Internet de los ciudadanos, recabando datos de los servidores de Microsoft, Yahoo, Google, Facebook, PalTalk, AOL, Skype, YouTube y Apple. Más tarde, Snowden advirtió que el espionaje llegaba a otros países, como Brasil, Alemania y España e, incluso, que la NSA tenía acceso a los teléfonos y correos electrónicos de la presidenta Dilma Rousseff. En tanto, el gobierno alemán denunció que los servicios de inteligencia estadounidenses habrían espiado el teléfono móvil de la canciller Angela Merkel. Poco después, el diario The Guardian revelaría, también en base a filtraciones de Snowden, que el Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno del Reino Unido, con la ayuda de la NSA, había interceptado y almacenado, entre 2008 y 2012, imágenes de webcams de 1,8 millones de usuarios de Yahoo, entre las cuales se incluía gran cantidad de imágenes con contenido sexual explícito. A raíz de estos casos de espionaje masivo, Snowden llegó a asegurar que el estado de vigilancia en el que se encuentra hoy la ciudadanía supera al que imaginó George Orwell en su novela 1984. Paradójicamente, son los propios usuarios los que contribuyen a esta situación, al exponer su intimidad o revelar datos sensibles sin ningún tipo de cuidado.
¿Qué lleva a millones de personas a exhibir en las redes sociales los pormenores de su vida cotidiana, a ofrecer información valiosa o mostrar imágenes de aspectos de la existencia antes resguardados por los filtros del pudor? Selfies (autofotos), belfies (fotos en las que la cola del sujeto domina la imagen), lelfies (fotos de piernas), selfits (fotos de cuerpos trabajados en el gimnasio), selfbeach (fotos en la playa), pregnantselfies (fotos de panzas de embarazadas), carfies (fotos al volante) y selfies after sex, fotos de hijos, de mascotas, de comida, de tragos, inundan redes como Twitter, Instagram y Facebook. Según el sitio Buzzfeed, cada 60 segundos se suben a esta red social más de 208.000 fotos y se publican 1.875.000 «me gusta». «La gente disfruta mostrarse. Como el after sex, como si fuera una película, “mirá qué libre que soy” o “mirá cómo hago el amor” o “mirá cómo me relaciono con mi pareja”. Tiene mucho de exhibición, de mostrar todo, y es algo que también está estimulado por la sociedad de consumo que necesita conocer la intimidad de los posibles compradores de sus productos», señala la especialista, Diana Sahovaler de Litvinoff, miembro de la Asociación Psicoanalítica Argentina y autora del libro El sujeto escondido en la realidad virtual.
«Hay una diferencia muy importante entre los blogs y las actuales redes sociales –agrega por su parte Beatriz Busaniche, licenciada en comunicación, magister en propiedad intelectual e integrante de la organización Vía Libre–. En general, el que se toma el trabajo de abrir un blog es porque tiene algo para decir y quiere decirlo. Pero una página de Facebook está orientada a uno mismo». Para la especialista y activista, el exhibicionismo propio de las redes sociales se relaciona con «un momento en que no solo las corporaciones nos vigilan para comercializarnos, también nos vigila el otro. Nos miran, es un proceso de fisgoneo permanente. Esto es expresión de un nuevo tipo de poder, el poder blando. Pasamos de un modelo de poder represivo, que prohíbe, a un modelo que consigue movilizar masivamente a la gente a exhibirse, a mostrarse, a publicar permanentemente sus intereses, sus gustos, sus deseos. No es que haya un cerebro detrás de esto, es un proceso, el big data no sirve para otra cosa que para planificar sobre la vida de la gente: es la forma quirúrgica de hacer negocios, te vendo lo que vos ni siquiera sabés que querés comprar, porque te conozco tanto que te sugiero aquello que vas a querer mañana».

Smartphones. Los dispositivos móviles con Internet llegarán a 10.000 millones en 2018. (Kala Moreno Parra)

El viejo eslogan ciberpunk de que toda arquitectura de red implica una arquitectura de poder se muestra así, una vez más, vigente. Pero, pese a los cambios que ha sufrido en los últimos tiempos, también sigue vigente algo del espíritu democrático, abierto y participativo de Internet, ese mismo espíritu que, con altibajos, mantiene viva una conversación multitudinaria que no parece estar dispuesta a extinguirse.

Marina Garber
Informe: Diego Braude