Hechos y palabras

En su visita a Ecuador, Bolivia y Paraguay, el papa ratificó los lineamientos principales de su pontificado y sorprendió con fuertes críticas al orden económico mundial. Impacto político en la región.

 

Multitud. El pontífice llega a Caacupé: centenares de miles de fieles participaron de la misa que celebró en la pequeña ciudad paraguaya cercana a Asunción. (Romero/ Pool/AFP/Dachary

Si bien el papa Francisco había estado en Brasil en 2013, poco después de asumir como máxima autoridad de la Iglesia Católica mundial, la reciente gira latinoamericana se esperaba con mucha expectativa tanto en los círculos eclesiásticos como en el ámbito de los analistas y los periodistas internacionales que siguen la actividad de Jorge  Bergoglio. ¿Por qué? Porque se sabía que el papa argentino aprovecharía su recorrido por tierra latinoamericana para ratificar y profundizar los ejes conceptuales y prácticos de su pontificado. Distintos motivos concurrían para que las miradas se centraran en lo que Bergoglio diría y haría en Ecuador, Bolivia y Paraguay.
En primer lugar, a más de dos años de asumir su mandato, el pontífice que había postergado su viaje a la Argentina para no interferir en el proceso electoral haría su primera visita pastoral a la Iglesia, a su Iglesia, la cual le sirve de referencia: América Latina. Y este fue un viaje preparado por Bergoglio en todos los sentidos. Distinta fue su participación en la Jornada Mundial de la Juventud (julio de 2013) en Brasil. Aquella fue una visita inicialmente prevista para su antecesor, Benedicto XVI, con la que Bergoglio cumplió como parte de una agenda institucional. No tuvo las características del viaje reciente planificado incluso desde el momento de elegir los países usando el criterio de estar con los pueblos más pobres de la región.
Otro tema para tener en cuenta es que la visita a estos tres países se concretó después de la difusión de la encíclica Laudatio si en mayo pasado, en la cual más allá del tema que la motivó (el cuidado de la naturaleza) el papa construyó una «encíclica social» en la que abordó todos los problemas que enfrenta la sociedad internacional actual, sin privarse de la crítica al capitalismo y al sistema financiero internacional, señalados como últimos responsables de los desastres ecológicos. En ese mismo documento puso el acento en el cuidado de los seres humanos «descartados» (los pobres, los indigentes, los excluidos) y recuperó aspectos doctrinales poco recordados en la tradición católica reciente, como es «el destino universal de los bienes» y, en consecuencia, la relativización de la idea de la «propiedad privada» (ver recuadro).
Laudatio si debe entenderse como un preámbulo de lo que Bergoglio diría luego en Sudamérica. Quienes hayan leído a fondo ese documento no deberían sorprenderse por las afirmaciones que luego se escucharon por estas latitudes. Pero no menos cierto es que la información sobre los contenidos profundos de ese texto papal fueron escamoteados por los medios de comunicación más vistos, leídos y escuchados en la Argentina. Prefirieron dedicar sus titulares a recomendaciones ambientalistas poco significativas (que también están presentes en la encíclica) desconociendo las críticas profundas al sistema y a las estructuras capitalistas. De todos modos puede entenderse que los editorialistas de tales medios no se ocupen de  recoger críticas al sistema que ahora provienen del papa al que –hasta hace no mucho tiempo– veían como una aliado para continuar y reforzar desde la institucionalidad católica la  defensa de un orden económica conservador.
También es cierto que a Bergoglio, un inteligente estratega político, no se le escapa que el perfil que está tomando su papado despierta resistencias dentro y fuera de la Iglesia. Para salir al cruce de quienes ya trabajan en su contra, el papa cultiva dos frentes de manera simultánea: su relación con las masas populares, en particular con la feligresía católica, y la apertura de los espacios de participación dentro de la propia institución eclesiástica que, a la larga, conlleva también el desplazamiento de la casta cardenalicia y episcopal que tuvo predominancia en el gobierno eclesiático católico desde la asunción de Juan Pablo II (1978) en adelante.
Francisco sabía que todo lo que afirmara con los pies puestos en América Latina podría quedar apoyado, respaldado y finalmente legitimado a partir del gran baño de masas y del fervor popular generado por su presencia. ¿Quién podría poner el grito en el cielo en esas circunstancias?

 

Discurso en Santa Cruz
Si bien la totalidad de las más de 20 intervenciones de Bergoglio en los 3 países mencionados necesitan ser leídas con atención porque en cada una de ellas hay cuestiones significativas para ser destacadas, el discurso pronunciado por el papa el 9 de julio en Santa Cruz de la Sierra ante el Encuentro Mundial de Movimientos Populares es el que encierra la mayor densidad y, probablemente, contundencia en cuanto a los pronunciamientos.
Esa alocución tiene además particular importancia porque no fue una homilía, un sermón piadoso ante una multitud de antemano dispuesta a dar por cierto y a aplaudir lo que diga un papa. De ninguna manera. Bergoglio habló ante un auditorio en parte escéptico respecto de la Iglesia Católica y de la posibilidad de que un pontífice religioso aporte a sus ideas y a la búsqueda de soluciones a sus angustias. La decisión de participar en ese encuentro y de hacer uso de la palabra fue el primer mensaje de Francisco, acostumbrado a comunicar con los gestos.
En el auditorio había no solo agnósticos, sino muchos militantes populares fuertemente críticos de la Iglesia y que, sin embargo, concurrieron a Bolivia accediendo a una convocatoria del presidente Evo Morales, que fue quien montó el escenario para Francisco.

En Bolivia. Bergoglio y Morales participaron del encuentro de movimientos populares. (Bouroncle/AFP/Dachary)

Y el presidente boliviano no fue defraudado. En primer lugar porque el papa reconoció los errores y los crímenes cometidos contra los pueblos originarios, incluyendo allí las responsabilidades de la Iglesia y pidiendo claramente perdón por su actuación.  Pero además porque el papa levantó en ese momento las banderas de las propias organizaciones populares.

 

Las tres T
Casi podría equiparse su discurso a una plataforma de acción política. Habló de las «tres T: techo, tierra y trabajo». Diciendo que se trata de un derecho «elemental e innegablemente necesario» para los sectores populares. No habría que perder de vista que este ha sido también el eslogan del Movimiento de los Sin Tierra en Brasil. Cuestionó la propiedad privada y dijo que «la distribución justa de los frutos de la tierra y el trabajo humano no es una mera filantropía», sino que «es un deber moral».
Pero su discurso no quedó –para sorpresa de propios y extraños– en recomendaciones morales tan propias de los sermones eclesiásticos. Por el contrario, hizo un análisis de la sociedad mundial y cuando habló de la necesidad del «cambio» aclaró que propone «un cambio real, un cambio de estructuras» porque «este sistema ya no se aguanta». Y propuso «tareas» a modo de plan de acción. Una: «Poner la economía al servicio de los pueblos». Dos: «Unir nuestros pueblos en el camino de la paz y
la justicia», porque «los pueblos del mundo quieren ser artífices de su propio destino» y porque «ningún poder fáctico o constituido tiene derecho a privar a los países pobres del pleno ejercicio de su soberanía». Tres: «Defender la Madre Tierra» porque «la casa común de todos está siendo saqueada, devastada, vejada impunemente» y «la cobardía en su defensa es un pecado grave».
Tampoco dejó de lado a «la concentración monopólica de los medios de comunicación social que pretende imponer pautas alienantes de consumo y cierta uniformidad cultural». Para el papa, esta «es otra de las formas que adopta el nuevo colonialismo. Es el colonialismo ideológico».
Y terminó con una arenga en favor del protagonismo popular: «El futuro de la humanidad no está únicamente en manos de los grandes dirigentes, las grandes potencias y las elites. Está fundamentalmente en manos de los pueblos; en su capacidad de organizar y también en sus manos que riegan con humildad y convicción este proceso de cambio. Los acompaño», agregó comprometiéndose. Y pidió a continuación: «Digamos juntos desde el corazón: ninguna familia sin vivienda, ninguna persona sin dignidad, ningún niño sin infancia, ningún joven sin posibilidades, ningún anciano sin una venerable vejez». Tal como lo lee… son palabras del papa.

Washington Uranga