Historia de las vacaciones

El rito de hacer las valijas y salir en busca del descanso y el esparcimiento se mantiene vigente. Desde los primeros balnearios que surgieron en la costa atlántica a fines del siglo XIX hasta los actuales destinos alternativos. El rol del Estado, los sindicatos y las nuevas tendencias.


(David R. Frazier/Alamy Stock Photo)

 

La costumbre se renueva cada año. El verano señala en el calendario el tiempo de las vacaciones, un momento consagrado al ocio y al entretenimiento capaz de mantenerse en pie en medio de las condiciones económicas más desfavorables. No hacen falta muchos días, un fin de semana largo puede alcanzar para desconectarse de la rutina y renovar las fuerzas y las ilusiones. Viajar, recorrer lugares desconocidos, ir al encuentro de la naturaleza, son parte de la llama que mantiene encendido un deseo tan fuerte que se impone como algo natural. Planificar el descanso, hacer las valijas y salir de casa son las ceremonias de un rito cargado de promesas.
Sin embargo, las vacaciones no fueron siempre tal como las conocemos. Durante muchos años constituyeron una especie de privilegio del que solo podía disfrutar una minoría. Podían extenderse durante los tres meses del verano. Incluso cuando se convirtieron en una práctica masiva, algunos sectores sociales las asimilaron con prevenciones. Fueron una conquista de los trabajadores y también sufrieron el impacto de las políticas neoliberales.
Las vacaciones tienen una historia en la Argentina. Desde los primeros balnearios que surgieron en la costa atlántica a fines del siglo XIX hasta los más recientes destinos en busca de la naturaleza perdida, de los circuitos convencionales en las sierras cordobesas a los alternativos en la Patagonia, sus características y sus circuitos se modificaron. Y en esos cambios llevaron impresas las huellas de la misma sociedad, como un documento visible y a la vez inadvertido de sus valores, sus conflictos y sus representaciones dominantes.
Las vacaciones crearon a principios del siglo XX un nuevo tipo social: el turista. Distinto del viajero, que podía pasar largos meses en una travesía, disponía de un tiempo más acotado por obligaciones laborales y sobre todo de menores recursos. «Para la aristocracia no existían las vacaciones, porque las vacaciones son la contracara del trabajo, un tiempo de ocio que no todos tienen. El turismo aparece asociado con el ascenso de los sectores medios», dice la historiadora Melina Piglia, autora de Autos, rutas y turismo, un ensayo en el que analiza la acción del Automóvil Club Argentino y el Touring Club en la primera mitad del siglo XX.

 

El llamado del ocio
Las elites veraneaban en Mar del Plata y pasaban la temporada de invierno en Europa o en estancias. Los profesionales y comerciantes acomodados siguieron su camino hacia la costa atlántica, y en ese tránsito establecieron un valor perdurable: las vacaciones como signo de distinción y de prestigio. «De alguna forma aspiran a pertenecer a las elites –agrega Piglia–, pero necesariamente tienen que hacer algo diferente, porque no pueden alojarse en el Bristol Hotel o acceder a los bailes del Ocean Hotel. La imitación no excluye entonces la creación de nuevas prácticas de ocio y de consumo, de sociabilidad: hacen picnics y campings, van a pescar, tienen otros circuitos de gastronomía y hotelería. Lo mismo pasó en la provincia de Córdoba con el turismo de salud».
Algunos hitos que jalonan el desarrollo del turismo nacional: la inauguración del Bristol Hotel, en Mar del Plata, en 1888, un emblema junto con la rambla homónima de la llamada belle époque; la edificación del Casino y el Hotel Provincial, en los años 30, y la inauguración de la ruta 2, en 1938; la construcción de las Colonias de Vacaciones de Embalse-Río III en la provincia de Córdoba y de Chapadmalal, a 30 kilómetros de Mar del Plata, en principio para el alojamiento de empleados públicos y después ampliados al conjunto de los trabajadores; el eslogan «Usted se paga el viaje, la provincia el hospedaje», con el que el gobierno de Buenos Aires promovió planes turísticos dentro de la provincia y con otros puntos del país entre 1948 y 1955; los casi tres millones de turistas que en 1973 visitaron Mar del Plata, en el apogeo y el comienzo de cierta declinación en el gran balneario argentino.

 


Ruta 2. Escena repetida los fines de semana. (Télam)

 

Los primeros circuitos definieron distintos modelos de vacaciones: la playa como un espacio de sociabilidad activa, en Mar del Plata y luego en otros balnearios de la costa atlántica, a partir de San Clemente y Mar de Ajó y la forestación de Cariló; las sierras cordobesas, ofrecidas como un destino para el descanso y la salud; la montaña y la naturaleza agreste, en ámbitos más refinados y menos accesibles, en Mendoza y San Carlos de Bariloche. El desarrollo del turismo promovió a la vez un conjunto de creencias, entre ellas la idea de que hace falta recuperarse del trabajo en las vacaciones, y a la vez estableció ritos y normas de convivencia, como la práctica de tomar sol y las disposiciones relativas a cómo bañarse en el mar y vestirse y comportarse en los lugares de recreación. Un largo recorrido en cuyos extremos pueden situarse una ordenanza pionera de 1888 que mandaba cubrirse desde el cuello hasta las rodillas y separaba a los hombres de las mujeres y los proyectos de playas nudistas impulsados durante la década de 1990.  
Para la historiadora Elisa Pastoriza, autora de La conquista de las vacaciones, un estudio sobre los orígenes y la configuración del turismo en la Argentina, la historia de Mar del Plata permite reflexionar sobre las posibilidades de ascenso y de progreso, y también sobre las tensiones y conflictos que atraviesan a la sociedad argentina. «No es solamente el tema de las vacaciones –explica–, sino la característica de ser una ciudad que traspasó los límites de un balneario al estilo europeo y se convirtió en una de las más importantes del país. Mar del Plata puede ser un instrumento interesante para ver esas cuestiones, sobre todo por su desarrollo durante el siglo XX. Al convertirse en algo así como un mito al que todo el mundo quería conocer, recibió al conjunto de la sociedad».
Las vacaciones implican la ilusión de una vida, sino distinta, por lo menos liberada de las obligaciones, pero sus condiciones y posibilidades ponen de relieve al mismo tiempo las circunstancias de cada época. «Así como se visibilizan los momentos de prosperidad también se manifiestan con agudeza las circunstancias más complicadas para nuestra sociedad –dice Pastoriza–. Durante muchos años Mar del Plata fue visualizada como una ciudad donde había trabajo, que ofrecía oportunidades y provocaba accesibilidad, es decir migraciones internas y externas. En este momento es una de las ciudades con mayor desocupación del país».

 

Los de arriba y los de abajo
Melina Piglia recuerda que su abuelo, en las vacaciones, se dedicaba a resolver pequeños desperfectos y reparaciones en la casa. «Eso es lo primero que hacen los trabajadores cuando tienen tiempo libre, se ponen a hacer arreglos caseros, no creen que lo que tienen que hacer sea viajar», cuenta.
Los planes desarrollados en la provincia de Buenos Aires durante el peronismo fueron determinantes para la transformación del turismo en una práctica masiva. Pero no se desarrollaron sin inconvenientes. «Los trabajadores manifestaban resistencias –señala Pastoriza–. No en la cuestión de tener vacaciones, pero sí para viajar. Se sentían inhibidos, no sabían cómo manejarse en la vida de hotel. Hubo entonces un trabajo de creación del turista, un estímulo por parte del Estado para impulsar la actividad. El gobierno provincial de Domingo Mercante lo canalizó a través de las organizaciones sindicales y después fue tomado por la Fundación Eva Perón».

 


Foto de la foto. Hasta la década del 40 las playas marplatenses eran lugar de encuentro de la elite argentina durante el verano. (La capital de mar del Plata/Zonshain/Federico Kohlmann)

 

Pastoriza incluye «la conquista de las vacaciones» entre los grandes logros de los trabajadores. Si bien no tuvieron la difusión de otros reclamos históricos como la jornada laboral de ocho horas, «estaba dentro de sus reivindicaciones y fue algo importante: incluso, si uno puede ver la historia de los gremios, muchos la incorporan paulatinamente y los primeros que la obtienen son los más fuertes, como los ferroviarios y los empleados de comercio, antes del peronismo».
El pago de vacaciones para todos los trabajadores en relación de dependencia (1945), la inauguración de la clase turista en el servicio de trenes a la costa (1950) y los programas de turismo social llevaron a los sectores de menores ingresos hacia los lugares de vacaciones. «No se creó un balneario para la clase obrera como en algunos países de Europa, sino que surgió la idea de que también podía disfrutar de aquello que hasta entonces pertenecía a las clases altas o acomodadas –destaca Pastoriza–. El balneario de Mar del Plata, que había sido creado por la elite, empezó a ser filtrado primero por las clases medias y después por los trabajadores. La convivencia siempre fue con tensiones».
Los nuevos veraneantes tenían que adaptarse a espacios que se regían por códigos propios. Reproducir las costumbres de las elites en los sitios de ocio era un mecanismo simbólico para incorporarse a ese mundo. Pero las diferencias sociales seguían presentes. «Los recién llegados son mal mirados por los que estaban antes. Hay un lamento por la pérdida de la exclusividad y un desplazamiento geográfico de las clases acomodadas, primero hacia otros lugares de Mar del Plata, como Playa Grande, y después a otros balnearios, en principio Pinamar y Cariló, después Punta del Este y otros destinos del exterior –plantea Melina Piglia–. La lógica es que los sectores de abajo imitan las prácticas de los de arriba y a la vez crean otras nuevas y los de arriba cambian a su vez». En particular, los trabajadores difundieron «un veraneo más organizado, a través de clubes u organismos de turismo social que no tenían nada que ver con el veraneo de la elite», puntualiza Pastoriza.
El desarrollo del turismo resultó de la combinación de políticas del Estado nacional y las provincias con la iniciativa privada, frecuentemente asociada a figuras míticas como Carlos Gesell, el pionero que fundó uno de los balnearios más importantes del país, Villa Gesell, cuando en realidad solo pensaba en proveerse de madera para su fábrica de juguetes infantiles. Y también fue la ocasión de especulaciones inmobiliarias y negocios para terratenientes. En otro extremo del arco de las vacaciones, el turismo organizado a través de los sindicatos, primero en Córdoba y después extendido por toda la geografía nacional, y la ley de propiedad horizontal, pensada para solucionar el problema de alquileres, fueron dos de los factores del turismo masivo de los años 60.
Elisa Pastoriza descree de la imagen de «la ciudad feliz» con que se promocionó a Mar del Plata. «Siempre me provocó cierto interrogante, incluso rechazo –dice–. En los años peronistas no existía ese eslogan, se instala después como una construcción para fomentar la llegada de turistas a la ciudad». En cambio, observa «la idea de una Mar del Plata para todos, universal, que en los años 60 está pensada para recibir a las elites, el turismo internacional, las clases medias y los trabajadores», es una coyuntura donde el funcionamiento a pleno del Hotel Provincial confluyó con el desarrollo de la hotelería sindical.
«En los 60 Mar del Plata es chic, es moderna –agrega Melina Piglia–. La ciudad se asocia con la libertad, la noche, la liberación de los jóvenes, el amor en el verano. Cuando las vacaciones se vuelven masivas se convierten en un producto que hay que tener, muy cargado de deseo y de ilusión, libidinal. Entonces las vacaciones son el encuentro con el deseo pleno. Si antes estaban marcadas por la idea de descanso y la creencia de que las personas distinguidas salían de vacaciones, a partir de ese momento se subraya más el contenido de sensualidad».

 


Córdoba. Miles de turistas disfrutan los ríos y las sierras de la provincia. (Telam)

 


Mendoza. Diversión con una dosis de aventura en un rápido cordillerano. (García/AFP/Dachary)

 

Así como las vacaciones formaron parte de las mejoras en las condiciones laborales, los cambios en la legislación del trabajo a partir de la década menemista y las alternativas de la situación económica incidieron en los formatos abreviados de la actualidad y en el desarrollo de destinos baratos en el Caribe y Brasil, y otros más exclusivos en distintas partes del mundo. «En las últimas décadas ha habido cambios en las maneras de viajar y en los gustos respecto de las vacaciones. Aparece la atracción por lugares no tan concurridos, otro tipo de diseño de balneario, una relación mayor con la naturaleza. Aquella Mar del Plata donde confluían todos los sectores sociales se quebró», dice Pastoriza.

 

La recompensa
Entre los nuevos destinos uno de los más significativos es Mar de las Pampas. El pequeño balneario adyacente a Villa Gesell recibe a un público de clase media alta que acude atraído, en principio, por el contacto con la naturaleza, y también por un lugar que califica en términos de prestigio. Pero el vertiginoso desarrollo inmobiliario del lugar parece dejar en segundo plano el mar y el bosque para poner en primer plano comercios y paseos de compras, una fisonomía no demasiado distinta de las grandes ciudades o del paisaje artificial de las urbanizaciones cerradas.
Según Pastoriza las características del balneario «tienen que ver con la búsqueda de nuevos lugares y también con las peculiaridades de nuestra historia. Mar de las Pampas se desarrolló con el corralito en 2001. Si bien existía previamente, porque la forestación es anterior, el desarrollo actual ocurrió en gran parte en ese momento, cuando mucha gente compró terrenos en el lugar, porque eran muy baratos, y construyeron casas». Más allá de los gustos y de las modas, el verano es la estación para hacer planes y pensar en viajes que permitan un nuevo comienzo, una interrupción reparadora de la vida cotidiana. «Se supone que si uno trabaja muchísimo después tendrá la recompensa concentrada en esos días que se puede tomar –reflexiona Melina Piglia–. Hay una circulación de deseos en distintos niveles: personales, de descanso y con la propia salud, de encuentros con otros, sociales y sexuales. Todos esos deseos se proyectan en las vacaciones».