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Historia del Isauro

Nació en la década del 90, ofreciendo dos horas de clase por día a los chicos de la estación Constitución, y hoy apuesta a que sus alumnos construyan un proyecto de vida.

 

Crecimiento. El Isauro ofrece, además de educación primaria, una escuela de jornada extendida y talleres de artes y oficios. (Gerónimo Molina/Subcoop)

Brotando entre las ruinas», dice un cartel, colgado en la sala de maestros, que recuerda uno de los versos del gran poeta chileno Pablo Neruda. Y de brotar, de buscar un resquicio donde salir a la luz, saben bastante no solo los 220 chicos en situación de calle que asisten a diario al Centro Educativo Isauro Arancibia sino también sus 40 docentes y, en especial, su fundadora y directora Susana Reyes. El Isauro –como le dicen todos los que nombran con cariño a esta institución– recuerda al maestro y dirigente sindical tucumano asesinado el mismo día del golpe militar que dio inicio a la dictadura más sangrienta.
La vocación de Reyes por la docencia la acompaña desde que tiene memoria. En 1974 ya alfabetizaba en inquilinatos mientras cursaba el secundario y militaba en la Juventud Peronista. Tres años más tarde, estando embarazada, fue secuestrada junto con su pareja Osvaldo Víctor Mantello. En el centro clandestino de detención El Vesubio compartieron su cautiverio con Héctor Oesterheld, entre muchos otros. Cuando la liberaron, pensó que Osvaldo estaba libre o en alguna cárcel. Luego nació su hijo. Finalmente, hace 5 años pudieron recuperar sus restos. Tras un examen de ADN que se realizó Juan Pablo, se comprobó que uno de los cuerpos NN que había encontrado el equipo de antropólogos forenses en el cementerio de Avellaneda era el de su compañero desaparecido.
«La lucha es la misma y los pibes que vienen hoy tienen mucho que ver con esa historia. Estos pibes son el producto de ese golpe de Estado, de que tuvieran que hacer desaparecer a 30.000 compañeros para implementar el plan que dejó a la gente en la miseria absoluta. En la época en que yo militaba no hubiésemos concebido que los chicos durmieran en la calle. La naturalización de esta situación a mí me duele mucho», afirma Reyes.
Fue en 1998 cuando germinó en esta maestra la idea del Isauro. Ella trabajaba en el área de educación para adultos del gobierno de la Ciudad de Buenos Aires y unas chicas de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina, AMAR, que trabajaban en Constitución, le dijeron que había un grupo de chicos y jóvenes que nunca habían ido a la escuela. Entonces fue a buscarlos. Luis y Analía, una parejita de adolescentes que vivía en la estación desde los 7 años, fueron los primeros en sumarse a la propuesta, que consistía en dos horas de clase por día que se dictaban en unas aulas cedidas por la Central de Trabajadores de la Argentina. Luego, empezaron a llegar ranchadas enteras. Reyes se fue dando cuenta de que a estos chicos, que por su situación de calle vivían en un presente permanente, la escuela les organizaba la vida. «Entonces comenzamos a pensar cómo enseñarles. Cómo enseñar la Historia cuando ellos no tienen conciencia ni de su propia historia. Todas esas cosas nos fueron enriqueciendo como docentes y como personas. Ellos también eran nuestros maestros y así empezó», explica Reyes.
Para 2006, ya eran 6 los docentes y más de 100 los alumnos que pedían tener las mismas horas y materias que tenían los otros. De inmediato propusieron a las autoridades una escuela de jornada extendida para jóvenes. Presentaron un proyecto con todas las asignaturas que hay en una  primaria y talleres de artes y oficios a contraturno. Así funciona el Isauro desde hace casi una década. A este logro le siguió otro muy importante: la posibilidad de tener un edificio propio. Hoy este Centro Educativo funciona en lo que era la sede del CBC de la Universidad de Buenos Aires, en la esquina de Paseo Colón y Cochabamba. Pero lejos de quedarse quietos, fueron por más. En poco tiempo inaugurarán un Centro de Formación Profesional dependiente del Ministerio de Trabajo, donde van a dictar talleres de carpintería, electricidad, computación, máquina recta y serigrafía.
Desde que tienen su propio edificio, hubo en la planificación un eje más fuerte sobre el trabajo y sobre el proyecto de vida para los chicos. Es decir, la importancia que tiene que ellos puedan pensarse en un futuro  porque lo que pasa, explica Reyes, es que los chicos egresan pero vuelven porque no hay cabida en otro lado, lamentablemente.
«Una verdadera casa donde vivir» es el nombre del proyecto que tiene a todo el equipo docente entusiasmado  por su pronta concreción. Se trata de un hogar de tránsito para los chicos de más de 18 años que viven en la calle (ya que los menores de edad cuentan con hogares) donde ellos puedan permanecer por un tiempo y puedan plantearse un propósito de vida con profesionales que los acompañen.
«No es fácil irse de acá. Los maestros nos vamos a nuestras casas y los chicos, a la calle. Para un maestro eso es desgarrador y para ellos, terrible. Entonces, cada vez que nos despedimos, lo hacemos con un beso enorme porque lo que puede pasar en una noche en esta ciudad es difícil. El Isauro es una construcción colectiva que se hace a partir de las necesidades. Y es la certeza de que cuando el sueño es compartido, es fuerte y el destinatario es el otro, sale, se cumple. Así que lo que siento es la alegría de pertenecer a este espacio, de tener los compañeros y los alumnos que tengo. Hay cosas muy duras, pero cuando uno va haciendo, hay un futuro, una posibilidad», dice Reyes.

Florencia Vidal