Invierno en Egipto

El ex hombre fuerte era responsable de la represión de las protestas en su contra en 2011. Un país en el que todo cambió para que todo siga igual que antes de la Primavera árabe.

 

Oscuridad. Hosni Mubarak asistió al tribunal en camilla porque alega estar enfermo. No se sacó los lentes oscuros para oír el fallo. (AFP/Dachary)

Pablo Neruda escribió alguna vez que «la primavera es inexorable». Si alguno pensó que la frase podría hacerse realidad en Egipto, la historia se encargó de demostrarle muy pronto su error. Es que cuando en enero de 2011 cientos de miles de manifestantes enterraban en las calles de El Cairo 30 años de un mismo gobierno de facto, hubo voces que creyeron ver en esto el surgimiento de una era democrática en un país clave de la región, atravesada entonces por lo que los medios occidentales llamaron «Primavera árabe». Pero esa esperanza se vino abajo ahora que el ex presidente Hosni Mubarak fue absuelto por la muerte de más de 850 manifestantes en la represión a las protestas de hace 4 años contra su dictadura. La revolución había comenzado su otoño cuando un golpe de Estado derrocó en 2013 a Mohammed Morsi, el primer jefe de Estado elegido en las urnas en la tierra de los faraones. Esa contrarrevolución la encabezó el líder de las Fuerzas Armadas, Abdul Fatah Al Sisi, hoy primer mandatario. El fallo que beneficia a Mubarak parece rubricar un libreto a la medida de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, autor de El Gatopardo: en Egipto cambió todo para que nada cambie.
«No he cometido ningún crimen. En los últimos 10 años en el país hubo mejores resultados que en los 20 anteriores, pero la gente se volvió en mi contra», dijo Mubarak a poco de escuchar la buena noticia que le comunicó el juez. El dictador, de 86 años, cumplía una pena de 3 años de cárcel por malversación de fondos. Esa condena quedará conmutada con el cálculo de los días que el ex presidente estuvo bajo prisión preventiva, los cuales pasó con atención médica por problemas de salud .
Cuando recupere su libertad, Mubarak habrá perdido su capital político pero su imagen representará mucho más de lo que ese anciano en camilla y de lentes negros deja ver. El sistema de privilegios que parecía en jaque con la revuelta de la plaza de Tahir hoy goza de buena salud. El poder no les suelta la mano a sus viejos amigos y muchos de los que asomaban como victoriosos tras el levantamiento popular muerden, en el mejor de los casos, el polvo de la derrota. Otros directamente están bajo tierra, ejecutados por opositores.
Ha corrido tanta sangre en la reciente vida política egipcia que podría cubrir largamente sus pirámides. A las 850 víctimas de la represión de enero de 2011 se sumaron otras 817 en marzo de 2013. Eran partidarios del depuesto presidente Morsi que acampaban en una mezquita cerca de la capital. La ONG Human Rights Watch (HWR) acusó entonces al gobierno de haber premeditado el ataque, al que consideró como de lesa humanidad. Tal imputación no conmovió a Al Sisi. En lo que va de su gestión, iniciada el 16 de julio de 2013, el actual mandatario condenó a muerte a más de 1.300 miembros de los Hermanos Musulmanes, la agrupación que llevó a la jefatura de Estado a Morsi. Los que sortearon ese destino fatal saturan las cárceles del país: 40.000 presos políticos acumula el mandato de Al Sisi, incluyendo al presidente que derrocó y a los principales miembros del movimiento juvenil 6 de abril, quienes organizaron y encabezaron las protestas de hace 4 años. En este contexto, la absolución de Mubarak demuestra a las claras que la «Primavera árabe» no fue lo que se prometía y que volvieron a mandar los conocidos de siempre.

En las calles. El centro de El Cairo y la plaza Tahrir, otra vez sede de las protestas. (AFP/Dachary)

 

Hermandad derrocada
«Egipto se encuentra en un proceso que mira al futuro y nunca puede volver al pasado», expresó Al Sisi tras la sentencia, para agregar que confiaba en la independencia de la Justicia de su país y en la integridad e imparcialidad de los magistrados que intervinieron en el proceso. El actual mandatario había ganado las elecciones presidenciales con el 93% de los votos, con un índice de participación que observadores internacionales ubicaron en poco más del 10%. Los Hermanos Musulmanes no pudieron presentarse a los comicios. La organización fue proscripta luego de ser calificada como terrorista. Sin pruebas contundentes, tal calificativo bastó para prohibirlos, asociándolos con la Yihad islámica. El líder de la Hermandad, Mohamed Badía, fue sentenciado al cadalso por «incitar a la violencia» y por haber bloqueado la ruta que une El Cairo con Alejandría. El ex presidente Morsi también fue imputado por cargos similares. Según reza la acusación, se le atribuye «la mayor conspiración y traición llevada a cabo por la organización terrorista contra la Nación a través de una red de espías». El oficialismo egipcio acusa al ex jefe de Estado de haber filtrado a Qatar documentos con información sobre las fuerzas armadas locales que servirían para atentar contra los uniformados del partido gobernante.

 

Prensa perseguida
Un ex jefe de Gobierno, un partido político, una agrupación independiente que motorizó la revolución, todos maniatados. Y la lista no termina allí: 3 periodistas de la cadena de televisión Al Jazeera fueron condenados a penas de entre 7 y 10 años de prisión. Se les imputó ser miembros de los Hermanos Musulmanes y haber «intentado dañar» la imagen de Egipto. Otros 3 trabajadores de la cadena fueron juzgados en rebeldía. 2 reporteros británicos y una holandesa recibieron 10 años de cárcel por «haber difundido noticias falsas para apoyar a la organización terrorista de la Hermandad». Al Jaazera había tenido un importante papel en la cobertura de los hechos en la plaza de Tahir, burlando la censura de los medios afines a Mubarak. El dictador llegó incluso a cerrar las oficinas de la cadena en plena revuelta, la gestión de Morsi las reabrió. Después del golpe de Al Sasi sus dependencias fueron allanadas varias veces, se les confiscó material y se demoró a algunos hombres de prensa. Todo empeoró después de que las cámaras de la señal enfocaran y grabaran a partidarios de los Hermanos Musulmanes. El fantasma del terrorismo regresó a escena y con él los periodistas terminaron con traje a rayas.
Las penas capitales, las detenciones masivas, el atentado a las libertades individuales y los ataques a la prensa constituirían, de por sí, un modelo repudiable para toda democracia que se precie de tal. No ocurrió eso con Estados Unidos. El presidente Barack Obama se abstuvo de calificar de «golpe de Estado» a la salida de Morsi. Su secretario de Estado, John Kerry, fue más lejos. Visitó El Cairo un año después de la asunción de Al Sasi para anunciar que giraría al actual gobierno unos 572 millones de dólares. Se trata de la ayuda anual prevista para Egipto que el Congreso norteamericano tenía bloqueada desde el inicio de la contrarrevolución. «Estados Unidos está muy interesado en trabajar estrechamente con el presidente Al Sisi y su gabinete, para lograr una transición lo más rápida y tranquila posible», agregó Kerry. El adjetivo «tranquila» fue pronunciado por el funcionario a poco de que unos 200 miembros de la Hermandad fueran sentenciados a muerte y los periodistas de Al Jazeera condenados a prisión.

 

El dinero vuelve
La remesa de dólares estaba vigente desde los años 70. A cambio de garantizar la paz con Israel, Egipto recibía el dinero que invertía luego en armas «made in USA». Así se impulsaba el crecimiento de la industria bélica en la zona central del gran país del norte mientras se posicionaba a la nación árabe como referente en Oriente Medio. La injerencia de la Casa Blanca en la «Primavera» fue visible. No intervino demasiado en Túnez, pero en Libia sostuvo la campaña de bombardeos que terminaron con la caída y el posterior asesinato de Muamar al Kadhafi a manos de la turba. En Siria contribuyeron al levantamiento contra Bachar al Assad que desató una guerra civil que continúa, con más de 150.000 muertos y un número incontable de refugiados. Pero Al Sisi también cerró con Rusia la compra de equipamiento para sus tropas por 2.000 millones de dólares.
El actual presidente sabe que el apoyo de las Fuerzas Armadas será un sostén decisivo para su mandato. Y por eso Al Sisi no dejó ningún cabo suelto. Impulsó una nueva Constitución (tres veces reformada desde 2011) que brinda a la institución militar la facultad exclusiva de designar al Ministro de Defensa y le permite mantener en secreto los detalles de su presupuesto. Además, contempla que tribunales militares puedan seguir juzgando a civiles. A plena luz o en las sombras, la mano castrense nunca dejó de mover los hilos en la vida política egipcia.
Pasivos ante la multitud en 2011, para usarla en contra de Mubarak, de quien ya poco y nada esperaban, pensaban acompañar la revuelta para convertirse en salvadores. Hasta impulsaron la elección tras la huída del dictador.
Pero algo salió mal. Los Hermanos Musulmanes arrasaron en las legislativas y el establishment político y militar de Oriente Medio y Washington comenzaron a temblar. Temerosos frente a las adhesiones y al crecimiento de la Hermandad, la Junta Militar disolvió el Parlamento en 2012. No pudieron impedir el triunfo de Morsi un año después, pero no le permitieron volar muy alto.
Hoy siguen ocupando el rol que nunca abandonaron. Como la mayoría del Poder Judicial, nombrada por la dictadura y jamás removida. Y como el poder económico financiero, que recurre a ellos cuando, siquiera fugazmente, su tranquilidad se ve alterada.

Diego Pietrafesa