Irlanda en debate

Pese a los índices de reactivación difundidos por el gobierno y aclamados por los grandes medios, subsisten problemáticas que ponen en entredicho el éxito de las políticas de austeridad.

 

Dublín. Frente de un pub en la capital. Según residentes, los ciudadanos volvieron a gastar dinero, aunque el costo de vida sigue siendo alto. (Riopa/AFP/Dachary)

Los titulares fueron más que elocuentes. «Irlanda toma el camino de la recuperación», aseguró el diario español El Mundo, mientras el británico Financial Times celebraba la «acelerada reactivación» del otrora llamado «tigre celta». Aquí, en la Argentina, Clarín se refirió al «país que volvió de la crisis» y La Nación habló de «milagro, muerte y resurrección». Esas fueron apenas algunas de las reacciones de los principales medios internacionales ante una noticia inesperada: la economía irlandesa, golpeada brutalmente en el pasado por la crisis mundial, había crecido como nunca antes en los últimos 15 años, a caballo de un fenomenal «boom de consumo».
Casi a coro, diarios y noticieros, a uno y otro lado del Atlántico, se hicieron eco de lo informado el mes pasado por la Oficina Central de Estadísticas del gobierno irlandés: durante 2015, el pbi del país creció un 7,8%, casi cuatro veces más que la media europea, situada en un opaco 2%. A eso se sumó otro dato: el desempleo, que en 2011 había llegado a su pico del 15,1%, hoy alcanza al 8,5% de la población, por debajo del promedio de la eurozona.
Sin dudas, se trata de números indiscutibles. Pero los medios internacionales no se ciñeron a lo estrictamente estadístico y agregaron a la noticia una cuota interpretativa. El razonamiento fue el siguiente: la resurrección irlandesa estuvo íntimamente vinculada con las políticas de austeridad impuestas por la troika, el triunvirato formado por el fmi, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea. Irlanda, entonces, sería un claro ejemplo de que el ajuste sí es una solución a la crisis, a pesar de que la situación en Portugal, Italia, Grecia y España –donde el desempleo alcanzó cifras récord– muestra exactamente lo contrario.
La comparación con esos cuatro países europeos no es inocente. Junto con ellos, Irlanda integró el llamado grupo «piigs», sigla con las que los medios anglosajones definieron peyorativamente a las cinco naciones más afectadas por la crisis de la burbuja inmobiliaria. Según su visión, se trataba de «cerdos» (pigs, en inglés) dentro de una Europa que, pese a sus pobres indicadores económicos, aún se mantenía en el sendero de la prosperidad.
Irlanda estuvo en ese grupo hasta fines del año pasado. Por entonces se afianzó la idea de que, a diferencia de España y Grecia, el gobierno conservador del primer ministro Enda Kenny había superado la crisis gracias a su capacidad para mantener «conversaciones serias» con la troika. De la noche a la mañana, aquellos mismos que cuestionaban al país comenzaron a considerarlo un «ejemplo a seguir». Sin embargo, un análisis más profundo de la actualidad irlandesa puede conducir a otro tipo de conclusión.
La troika llegó al «rescate» de Irlanda en 2010, con créditos por 85.000 millones de euros. A cambio, exigió la aplicación de un duro plan de ajuste que Kenny puso en marcha en 2011. Los efectos fueron inmediatos: creció el desempleo, subieron los impuestos y bajaron los sueldos. Los sindicatos denunciaron que Irlanda se había convertido en el «emblema de la austeridad» europea.
Aún hoy, con la indiscutible reactivación económica, las consecuencias de la austeridad generan malestar entre la población. Eso es lo que sostiene Gonzalo Sáenz, un argentino de 30 años que llegó a Dublín en 2009 y que, luego de graduarse en Economía, Política y Leyes, comenzó a trabajar en la Comisión para la Regulación de Energía nacional. Sáenz aseguró que «los recortes afectaron mucho al bolsillo de los ciudadanos, así como a hospitales y escuelas, y hay servicios que fueron desmantelados». Aunque reconoció que los síntomas de la recuperación son evidentes, también aclaró que el país todavía está «lejos de vivir un boom de consumo o empleo».
En la misma línea, otro extranjero residente en Irlanda, el croata Lovris Glavic, de 39 años, aseguró ante esta revista que «la gente ha vuelto a gastar dinero», pero advirtió que el costo de vida sigue siendo alto.«Los gastos anuales aumentaron 1.000 euros y también crecieron las familias que, al no poder pagar sus hipotecas, quedaron en la calle», explicó Glavic, jefe de ventas de una automotriz en Dublín.
A eso se suman otros graves problemas. Si bien es cierto que bajó la desocupación, todavía el 20% de los jóvenes está sin trabajo, y la pobreza pasó del 5,5% en 2009 al 8% en la actualidad.

 

Otro paraíso
Consultado por Acción, Jorge Argüello, exembajador ante la onu, Estados Unidos y Portugal, señaló que esas cifras son el resultado de la aplicación de las medidas de ajuste. «La austeridad es presentada como un pasaporte para abandonar la crisis, pero lo que deja son economías más débiles», opinó. Según su mirada, fue «la devaluación del euro» la que «devolvió competitividad al sector exportador irlandés», junto con el abandono de las políticas de ajuste en 2013, lo que «permitió el incremento de los salarios y el aumento del consumo interno».
En base a los datos expuestos, algunos analistas se arriesgaron a hablar del «mito» de la resurrección irlandesa. Aunque no niegan la reactivación, sostienen que eso fue posible gracias a la combinación de varios factores. En primer lugar, la alta tasa de jóvenes que, al no conseguir trabajo, abandonan el país, lo que contribuyó a disminuir las cifras de desempleo. En segundo término, aparece un crecimiento fenomenal de la deuda contraída –hoy es más del 100% del pbi nacional–, algo que permitió «maquillar» el déficit público. Por último, la reducción de la presión impositiva a las multinacionales: en Irlanda, el impuesto a las ganancias de las empresas es de apenas el 12,5%, la cifra más baja de Europa después de Chipre. Michael Taft, investigador de Unite the Union –el mayor sindicato del Reino Unido–, sostiene que la economía irlandesa solo se mueve gracias a que es «un paraíso fiscal de facto».
Más allá de las cifras, la prueba más evidente de que los irlandeses no están convencidos de la mentada recuperación está en las urnas. En las elecciones generales de febrero, el oficialismo apenas logró el 25% de los votos, número insuficiente para formar un gobierno sólido. Y aunque los ciudadanos no protagonizaron grandes manifestaciones durante los años más duros de austeridad, las cosas empezaron a cambiar en los últimos tiempos. La decisión del gobierno de establecer el pago del servicio de agua –algo inédito– provocó disturbios y marchas masivas. Un indicio más de que el ajuste tiene sus límites, incluso entre aquellos pueblos que, a priori, parecen adormecidos.

Manuel Alfieri