La cigüeña recargada

Parentalidad diferida, genes de terceros, subrogación de vientres, selección de gametos y de embriones: el acto de traer hijos al mundo se diversifica gracias a las técnicas de fertilización, pero también a los cambios en los vínculos afectivos y en los roles de género. Biología, ética y sociedad.


A medida. Algunos centros médicos permiten elegir las características de los donantes según preferencias en materia de color de ojos o de pelo. (Latinstock)
 

Responderles a los hijos cómo nacen los bebés ya no es lo que era. Recurrir a la historia de la relación sexual entre una mujer y un varón ya suena casi tan desactualizado como hablarles del repollo o la cigüeña que los trae de París. Será imprescindible en todo caso para instruirlos en los menesteres del cuidado anticonceptivo, pero irrelevante para ilustrar la gran complejidad en la que –de la mano de la técnica, pero también de nuevas subjetividades y de la diversificación de las formas de organización familiar– se ha transformado y se transforma el acto de traer hijos al mundo. Cada vez hay menos motivos para considerar que la procreación diferida, el uso de gametos de donantes anónimos, la manipulación y selección de espermatozoides, de óvulos y de embriones (y de sus donantes), y hasta la controvertida subrogación de vientre, deban quedar sindicados como fenómenos anómalos en la búsqueda de un hijo biológico.
Es un proceso sin vuelta atrás, porque hay familias que no encajan de ninguna manera en aquellos moldes habituales (que alguna vez fueron los únicos que había). Parejas igualitarias y mujeres que deciden ser madres solas hoy se plantan en su derecho a tener hijos biológicos, a sabiendas desde el vamos de que biológicamente falta algo –nada que no pueda conseguirse en un banco de semen, en el curso de un tratamiento de fertilización–, y que eso también será obvio para sus hijos como parte constitutiva de su identidad. A esta novedosa condición se la llama infertilidad estructural, porque la infertilidad no es para ellos un problema de salud. Forman parte de una nueva cultura en la que se ha naturalizado la reproducción intervenida y que, a pesar de formar parte de lo cotidiano, sigue causando en muchos extrañeza y confusión: no es fácil, después de todo, acostumbrarse a la idea de que, por ejemplo, ni siquiera es necesario estar vivo para tener hijos.

Correr los límites
En octubre de 2015 la jueza Celia Giordanino autorizó a una mujer a ser inseminada con los gametos de su marido, fallecido cuatro años antes en la resonante tragedia en la que un tren arrolló a un colectivo en la barrera de la estación Flores. El hombre nunca había expresado en vida su voluntad de realizar un tratamiento, pero sí, de acuerdo con la viuda, de ser padre.
¿En qué consiste el deseo de tener un hijo? ¿Cuánto tiene que ver con los genes el anhelo de trascender? ¿Cuál podrá ser para la conformación de la psiquis de un niño el peso de un padre que lo ha engendrado después de muerto? Las ambivalencias del caso determinaron su judicialización, un elemento que, a pesar de todo, sigue estando muy presente en muchas de estas nuevas formas de procrear, aun en sus casos más sencillos, y aun cuando se trate simplemente de solventar la cobertura médica (ver El tratamiento…).
La paternidad y la maternidad diferidas, más allá del límite de la edad fértil o incluso, como se vio, de la vida, son una posibilidad relativamente reciente de la técnica. La preservación de espermatozoides por congelamiento es una técnica sencilla y eficaz desde hace tiempo, no así la de óvulos, que requirió un largo proceso de experimentación y recién pudo ser incorporada a los tratamientos de fertilización estándar a partir de 2012, a través de la técnica de vitrificación.


(Latinstock)
 

Así, las mujeres que a futuro desean ser madres pueden extraerse óvulos –preferentemente antes de los 37 años, edad en la que la producción y la calidad de estos suele empezar a decaer– y hacerlos preservar por si acaso les ha pasado la edad fértil en el momento en que decidan cómo y con quién. Como con tratamientos hormonales es posible gestar más allá de la menopausia, se presentó otro problema de límites: ¿hasta qué edad se acepta tratar a una mujer que desea ser madre? En abril de 2016, dio a luz una mujer de 72 años en Haryana, India; los centros de reproducción asistida en la Argentina habían convenido un límite ético de 50 años de edad, al que reconocieron como arbitrario, pero necesario pensando sobre todo «en la diferencia de edad entre la madre y el hijo», pero la Ley N° 26862, que desde junio de 2013 establece la cobertura integral de los tratamientos de fertilización asistida para todos aquellos que lo necesiten, no establece límite de edad.

Genes de terceros
En abril de 2016 nació en México un bebé con la carga genética de su padre, de su madre y de una donante adicional cuyo ADN fue utilizado para combinarlo con el de la mamá y evitar una mutación que le impedía lograr un embarazo exitoso. En los EE.UU. esta técnica está prohibida; en Gran Bretaña había sido aprobada en 2015.
¿Es esto un problema para establecer la identidad genética? En la Argentina el matrimonio igualitario hace que los roles parentales se despeguen cada vez más de lo «natural», a la vez que los adelantos en genética humana –con el valor simbólico agregado de haber posibilitado entre otras cosas el esclarecimiento de la identidad de los bebés robados durante la última dictadura– refuerzan la idea de identidad asociada con el ADN.
Pero ni las parejas igualitarias ni las madres solteras por elección se cuestionan la identidad de los hijos nacidos mediante donación de gametos. Quienes sí suelen hacerlo son parejas heterosexuales, que atraviesan una especie de duelo por no poder tener hijos «con sus propios genes» de forma natural, explica Jimena Antonelli, coordinadora de los cuatro grupos de trabajo –«parejas con problemas de fertilidad», «madres solas por elección», «parejas igualitarias» y «donación de gametos»– de la asociación civil Concebir, fundada hace 20 años para brindar contención a personas que buscan un hijo recurriendo a la reproducción asistida y para actuar colectivamente.
Las parejas más tradicionales suelen ser las más sensibles a los prejuicios propios y del entorno. «Muchas llegan a decir que no les van a contar a sus hijos [sobre su origen] porque les da vergüenza, pero se trata de la identidad y es un derecho de los hijos el saberla», remarca la actual presidenta de Concebir, Gisela de Antón, que en enero de 2016 fue mamá primeriza con óvulo de una donante anónima.


Inseminación artificial. Tras la sanción de la ley de reproducción asistida, la cantidad de tratamientos anuales pasó de 10.000 a 20.000. (Alamy Stock Photo)
 

Tanto para el sistema de salud como para el Registro Civil, los padres son quienes han manifestado su voluntad procreacional, y esta debe ser renovada mediante consentimiento informado por triplicado al inicio de cada ciclo de tratamiento. Ellos y solo ellos dos –o ella, en el caso de una mujer sola– podrán decidir si utilizan, donan o retienen cada embrión.
La eventualidad de la donación de gametos no figura en la partida de nacimiento ni mucho menos la identidad del donante, que es siempre anónimo desde el punto de vista de la familia tratada. Antonelli explica que, de los cinco bancos de esperma que hay en Buenos Aires, los que se nutren de donantes locales desligan a estos de toda obligación de conocer a los niños en caso de que, con los años, deseen saber sobre su origen genético. Otros bancos trabajan con semen importado de EE.UU., cuyos donantes están obligados a recibir a los portadores de sus genes al menos una vez si es que estos desean conocerlos. Y aunque los centros de fertilidad conservan los registros que relacionan cada tratamiento con la muestra utilizada, es habitual que los padres inicien un recurso de amparo para asegurarse de que esa información vital sobre la identidad de sus hijos nunca se pierda. En la actualidad, la asociación Concebir lucha para que se establezca por ley un registro único de donantes, que no obligue a estos a conocer a los chicos, pero sí asegure el derecho de los nacidos con gametos donados a conocer el origen de sus genes.

Quién pone el cuerpo
La gestación subrogada, entretanto, sigue en el silencio y la nebulosa legal, con una imagen pública que oscila entre la denominación de «alquiler de vientre» –que supone, contrato de por medio, una operación comercial en la que se instrumentaliza el cuerpo de una mujer que gestará un hijo ajeno– y la de «gestación solidaria», que supone el acto altruista de una mujer que se ofrece para anidar un embrión que les permitirá a otros hacer realidad su deseo de ser padres o madres. «En la Argentina se hace –cuentan en la asociación Concebir–. Se hace mucho, cada vez más, es carísimo, y queda muy desprotegida la gestante».
La bióloga y especialista en bioética Susana Sommer sostiene que la masividad de la reproducción asistida abrió un panorama en el que el cuerpo de la mujer aparece en un grado acentuado de vulnerabilidad. Y este efecto es mayor cuando hay una mujer que se convierte en mediadora entre el dolor de alguien que no puede tener hijos biológicos y la posibilidad de tenerlos: «Antes la madre era la que paría, criaba o educaba al chico, pero ahora aparece una multitud de conceptos nuevos. Uno de los puntos más críticos es el de las “madres de alquiler”; otro es el de la donación de embriones, porque hay miles de embriones congelados que luego no son utilizados en los tratamientos, y donarlos es una de las opciones».


Daljinder Kaur. La mujer india que dio a luz por primera vez a los 72 años. (Nanu/AFP/Dachary)
 

También las donantes de óvulos entran en este panorama, porque hacerlo no es tan sencillo como donar esperma: incluye la estimulación hormonal y la operación de extraerlos. «En Estados Unidos hay una búsqueda de mujeres donantes de óvulos en las universidades, bajo el supuesto de que con óvulos de mujeres inteligentes se consiguen bebés más inteligentes. Y muchas estudiantes estadounidenses se prestan a esto porque cobran hasta 10.000 dólares, y eso les permite pagar sus estudios universitarios. En los países en vías de desarrollo no se les paga tanto, y –aunque hay quienes lo hacen de forma altruista– hay muchas mujeres que donan como una forma de conseguir dinero». La especialista, que enseña ética de la ciencia en la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, sostiene que cuando se considera al cuerpo solo como un medio, se entra en un terreno preocupante, con consecuencias para la salud y para la propia fertilidad de esa mujer: «La cantidad de ovocitos que contiene cada ovario es la misma desde el nacimiento, y en un solo ciclo de estimulación se le puede llegar a extraer lo que naturalmente produciría en un año», advierte.
«Vivimos en una sociedad en la que hay mucha oferta y nos lleva a plantearnos por qué no podemos tener todos todo. Si quiero tener un reloj, lo tengo, y si quiero tener hijos, los tengo, siempre y cuando tenga los medios –reflexiona Sommer, quien fue integrante de la Comisión Mundial de Ética del Conocimiento Científico y la Tecnología (COMEST-UNESCO) y escribió en 1994 el libro De la cigüeña a la probeta, uno de los primeros en tratar en profundidad la bioética de las nuevas formas de reproducción humana–. Muchas veces, es la oferta misma la que genera una necesidad».

Una nueva legitimidad
Según la Sociedad Argentina de Medicina Reproductiva (SAMER), tras la Ley 26862 la cantidad de tratamientos anuales de fertilización asistida se duplicó de 10.000 a 20.000, aunque «siguen existiendo barreras culturales, religiosas, geográficas, psicológicas, legales, de políticas públicas y epidemiológicas que dificultan el acceso». En Europa, aseguran, se realizan en promedio 1.000 tratamientos (ciclos) por año y por millón de habitantes, lo que los lleva a deducir que en la Argentina, con sus 40 millones de habitantes, deberían realizarse unos 40.000 tratamientos anuales. Para el doctor Sergio Papier, presidente de la Asociación Latinoamericana de Reproducción Asistida (ALMER), parte de esas «barreras» están puestas por «profesionales que no entienden todavía que el acceso no es solamente para parejas con problemas de fertilidad, sino para cualquier persona que desea formar una familia».
Entonces, la cuestión más ancestral de todas se ha modificado para siempre y cualquiera que quiera tener hijos y disponga de los medios puede tenerlos, más allá de lo que digan los cánones de la biología. Una nueva cultura de la que ya participan miles de familias va mitigando cualquier posible efecto de extrañeza en la conformación de estas nuevas identidades y subjetividades, y da cada vez una mejor base para pensar y para legislar, no ya sobre fantasías de un futuro distópico, sino sobre realidades consumadas.