La guerra de los datos

Países y corporaciones que venían trabajando con algoritmos ponen a prueba su poder para contener el coronavirus. No se sabe si tendrán éxito, pero estas prácticas de monitoreo social pueden ganar legitimidad y quedarse para siempre.

Singapur. La aplicación desarrollada para contener el contagio no fue suficiente: finalmente, el Gobierno tuvo que recurrir a la cuarentena. (Lai/AFP/Dachary)

En estas semanas intensas todos intentan aportar soluciones para limitar el avance del coronavirus. Por ejemplo, Google compartió información detallada, país por país, sobre la reducción en la circulación de la población desde el comienzo de la cuarentena. En Argentina, se detalla, desde el 1° hasta el 9 de abril se redujeron en un 83% las salidas a restaurantes, cafés, bibliotecas o shoppings; un 54% las compras de alimentos o medicamentos; un 87% las visitas a los parques; un 76% el uso de transporte; un 52% los viajes al trabajo. El último cuadro indica que aumentó un 26% la permanencia en los hogares. Los números, incluso, están desglosados por provincia.
Hace tiempo que empresas como Google nos sorprenden con la cantidad de datos que tienen y las formas en que los usan. Para este informe utilizó Popular times (en inglés, horarios populares), un servicio ofrecido a clientes para que puedan recibir mejor preparados a sus compradores. Entre otros datos indica cuánto tiempo pasa la gente en el local, con qué frecuencia va allí, cuánto espera si hay cola, etcétera. ¿Cómo obtiene esa información? De muchas maneras, pero la principal es el sistema operativo Android, utilizado por más del 70% de los celulares en el mundo y más del 90% en Argentina. El sistema operativo envía permanentemente información a la empresa sobre nuestros hábitos de movilidad, pero también nuestras redes de amistades, intereses de navegación, aplicaciones que usamos y que, a su vez, acumulan más datos.
Esta capacidad de acumulación y procesamiento se desarrolló, sobre todo, para mejorar la efectividad de la publicidad, mercado del que Google obtiene más del 80% de sus ingresos y más del 95% en el caso del Facebook. Estas herramientas actualmente tienen un poder enorme y se usan también para otras cosas, desde campañas políticas o la generación de noticias falsas, hasta para calcular la tasa de interés aplicable a un deudor determinado o saber a cuánto cobrar un pasaje de avión. Ahora se analiza su potencial para la lucha contra el coronavirus.
La cantidad de iniciativas para combatir la pandemia es directamente proporcional a la novedad del fenómeno y las dificultades para controlarlo. Es necesario retrotraerse a epidemias como la peste negra en la Edad Media en Europa o la fiebre amarilla en la Argentina en el siglo XIX para encontrar comparaciones, pero aún en esos casos, no hubo un impacto tan universal como el que se dio en este mundo hiperconectado. En este contexto, cada aplicación prometedora genera una gran expectativa.
El inicio de esta ola fue el modelo exportado como exitoso por China (ver Falsa dicotomía). Este país desarrolló una aplicación de uso obligatorio que catalogaba a cada individuo según su peligro de contagio. Así es como cada persona, antes de cruzarse con otra, podía saber si el otro era verde (sano), amarilllo (sospechoso de portar el virus) o rojo (comprobadamente enfermo). La tecnología se promocionó como altamente efectiva, aunque en simultáneo se implantó una rigurosa cuarentena en las zonas más afectadas.  
Con esta idea en mente otros países de tradición liberal desarrollaron sus propias aplicaciones y sistemas para contener de manera eficiente y selectiva el contagio. Uno de ellos fue Singapur: en lugar del GPS (que no permite saber, por ejemplo, si una persona está cerca pero en un departamento de un piso superior) utilizó el bluetooth, con el que se puede conocer la distancia real con otra persona por la intensidad de la señal. La idea parece excelente, pero tiene varios problemas: en primer lugar que el uso no era obligatorio y la probabilidad de que otra persona tenga la aplicación encendida es muy baja; segundo, que no es tan fácil saber de manera certera quiénes son potenciales enfermos; y tercero, que los datos sobre la salud son altamente sensibles. En la práctica, Singapur renunció al intento y declaró la cuarentena generalizada.
En otros países donde el control de la epidemia fue comparativamente exitosa, como Corea del Sur, las aplicaciones también estuvieron acompañadas por un batería de medidas que hacen muy difícil saber realmente cuál fue el peso relativo de los datos en esa lucha.

Crisis y oportunidades
Muchos otros países utilizaron todo tipo de herramientas informáticas previas para decidir medidas de contención del contagio. En la Argentina, por ejemplo, la tarjeta SUBE permite conocer en detalle el impacto de la cuarentena sobre los desplazamientos de la población. Pero el caso chino y otros demostraron que no es tan fácil implementar un sistema específico y determinante por sí mismo. Países como China o Israel, empresas como Google o Apple, ya tenían herramientas desarrolladas como mecanismos de control social, contra el terrorismo o con fines comerciales: esa experiencia permitió utilizarlas más rápidamente en combinación con otras. La pandemia les sirvió para legitimar prácticas que ya existían y que acumulan datos privados como los desplazamientos, el estado de salud o nuestras redes laborales o de amistad (Ver Falsa dicotomía).
Luego de la caída de las Torres Gemelas, en Estados Unidos se aprobaron leyes que permitieron al Estado monitorear las comunicaciones en connivencia con empresas privadas, como quedó claro luego de las revelaciones del exespía informático Edward Snowden. Las situaciones de crisis son momentos ideales para, en medio de la confusión social, avanzar con políticas inaceptables en otros momentos. El coronavirus y la amenaza de nuevas epidemias dejan abierta la puerta para profundizar estas políticas. El tiempo dirá si existen anticuerpos para ellas.