«La oposición al PT creó a ese monstruo»

El experto en marketing electoral analiza el discurso extremo que llevó a la presidencia a Jair Bolsonaro. Su perfil antisistema, clave para cautivar votantes. Los errores del Partido de los Trabajadores y los efectos de la crisis política y económica.


Radiografía. En los comicios hubo «absoluta primacía del sentimiento sobre la racionalidad». (Daniela Sallet)

Trabajó en lugares tan alejados como en nuestra provincia de Córdoba y Angola. En su país, Brasil, sigue viajando largas distancias por su actividad profesional. Con frecuencia recorre los 4.000 kilómetros que separan a San Luis –la capital de Maranhâo–de Porto Alegre, la ciudad donde vive, en Río Grande do Sul. Juliano Corbellini, doctor en Ciencia Política y consultor en marketing electoral, es requerido por candidatos que revalidaron mandato en los últimos comicios. Con Flavio Dino, el actual gobernador de aquel estado nordestino, repitió el éxito de 2014. Asesoraba a ese dirigente comunista del PCdoB cuando derrotó al expresidente José Sarney. El mes pasado volvió a acompañarlo en su victoria sobre Roseana Sarney, la hija del político octogenario que gobernó la nación más grande de América Latina entre 1985 y 1990, cuando salía de su extensa dictadura.
–¿Cuál es su mirada sobre el triunfo de Jair Bolsonaro?
–Creo que su victoria se sostiene en el sentimiento anti-PT por un lado y por otro en la antipolítica y el antiestablishment. Su voto fue como un grito de «chega (basta), queremos cambiar todo lo que está ahí». Y ese sentimiento articuló detrás de sí una serie de preconceptos profundos y de una visión autoritaria profunda que estaba adormecida en la sociedad brasileña. Se trata de personas que defienden la distribución de armas, personas que tienen un discurso preconcebido contra las minorías, una política de seguridad más violenta y más restrictiva, prejuicios de orientación sexual. Creo que Bolsonaro logró conectarse con todos esos sectores más reaccionarios, más conservadores y los articuló en un movimiento muy frenético, casi irracional de negación del sistema político.
–¿El nuevo presidente no era un outsider? Estuvo 28 años en el Congreso como diputado, ¿se mostró como el candidato antisistema pero no lo es?
–Sí, Bolsonaro es una creación o hijo del régimen político, pero la población vio en él la expresión del antisistema. El movimiento que se formó en torno a él es un partido virtual del anti-PT que articula evangélicos, militares, ciudadanos antipetistas, personas que están en contra de la política y sectores del Poder Judicial. Incluso parte de la estrategia de Bolsonaro para posicionarse de esa manera fue siempre gritar mucho, hablar muy alto, ser histriónico. Entonces, nosotros los analistas mirábamos y creíamos absurdas esas cosas que, para ciertas personas, acabaron teniendo sentido.
–En esa construcción de la subjetividad del electorado también tuvieron un peso decisivo los medios, ¿qué piensa del rol que cumplieron las grandes cadenas de TV Globo y Récord y los principales diarios?
–La prensa brasileña tuvo dos papeles importantes, involuntarios, para la construcción del fenómeno Bolsonaro. En primer lugar, cuando se sumergió en el antipetismo (el propio PSDB hizo esa apuesta) y acabaron alentando la expresión de los sentimientos más viscerales contra el PT, la punta más radicalizada del combate al PT. En segundo lugar, sin darse cuenta, cada vez que la gran prensa le daba repercusión a sus declaraciones absurdas, bueno, así fue alimentando a ese monstruo.
–¿Qué responsabilidad le atribuye al PT en este derrape de la democracia brasileña de la que surgió un presidente ultraderechista, misógino y racista?
–Este proceso viene desde la elección de 2014. El fenómeno Bolsonaro no se creó en esta votación, es algo que viene de antes. En primer lugar, tenemos un conjunto de errores del PT, eso es innegable. Fue un poco verdugo de sí mismo, principalmente en el tratamiento de la agenda de la corrupción, donde no supo ver que necesitaba dar otro tratamiento a eso y que si no sería derrotado. Después tuvimos las grandes manifestaciones de 2013, a las que nadie les dio respuesta adecuada. Y llegamos a un proceso muy radicalizado en la elección de 2014, yo diría una reacción «udenista» (por la Unión Democrática Nacional, que apoyó al golpe de 1964) de oposición a la victoria de Dilma: fue cuestionada y desde el Congreso se aceleró el impeachment.
–Una decisión política que arrastró, en las presidenciales, al desastre electoral a partidos mayoritarios como el PMDB o el PSDB y a la derrota del candidato del PT, Fernando Haddad, con Lula proscripto.
–Tenemos a Brasil en una profunda crisis, en un caos económico e institucional y, por encima de todo eso, los desdoblamientos de la Operación Lava Jato derribaron al PT, pero se llevaron a todo el sistema político junto con él. Al centro también, con el PSDB y el PMDB. La oposición al PT no vio eso, que ella sería derribada por el «monstruo» que había creado.
–En alguno de sus análisis usted habla del voto contagio, ¿de qué se trata?
–No vamos a entender la elección de Bolsonaro si la gente la piensa en términos modernos, racionales, clásicos, donde tengo un proyecto sobre el país que se contrapone a otro en que la gente elige a partir de un personaje, de un programa, de un proceso de debate político y de disputa de la narrativa, como hemos vivido, por ejemplo, las elecciones que disputaron el PT y PSDB desde 1994. Lo que uno percibe ahora, en realidad, es un conjunto de sentimientos que fueron liderados por Bolsonaro. Una energía social antipolítica que fue contagiando e involucrando a más personas. Los ciudadanos comunes (y hay muchos) que se dispusieron a difundir fake news en su WhatsApp, no hicieron eso por una elección racional, y sí porque se contagiaron de un sentimiento destructivo, de una gran ira colectiva.
–¿Se impusieron los sentimientos sobre la racionalidad?
–Es correcto. La absoluta supremacía del sentimiento sobre la racionalidad. Entre quienes votaron a Bolsonaro, hay gente de ultraderecha, evangélicos, conservadores. Pero hay personas comunes que lo votaron a él a pesar de saber que Bolsonaro defiende la tortura, que su consecuencia en la presidencia puede ser el aumento extremo de la violencia contra las poblaciones negras en los grandes centros urbanos.
–¿Qué piensa del papel que cumplirá el juez Sergio Moro en el nuevo gabinete?
–El efecto inmediato de su nombramiento es que Bolsonaro aumentará su popularidad. Indica que quiere rodearse de ese elemento mitológico de Moro para imponerle una agenda a la fuerza al Congreso. Es una agenda que va a tener de un lado una pauta ultraliberal, de un profundo recorte de gastos, una pauta recesiva desde el punto de vista de la inversión pública y, del otro lado, una pauta de seguridad pública que es un arancel anti derechos humanos. Los gobernadores de Bolsonaro están hablando de instalar snipers, tiradores de élite en las favelas. Colocarlos y autorizarlos a abatir a alguien que ellos creen que tiene un fusil, en realidad es instituir algo que no existe en Brasil, que es la pena de muerte. Será un gobierno que tenderá a alimentarse de una lógica de conflicto. En el área económica, la afirmación del futuro ministro de Hacienda, Paulo Guedes, de que «vamos a salvar la industria, a pesar de los industriales» es una declaración bélica.