La recomposición conservadora

El ciclo de gobiernos progresistas iniciado con el gobierno de Hugo Chávez en 1999 se encontró, una decáda y media después, con un intento más o menos sincronizado por parte de las derechas continentales por reagruparse. Estas derechas confeccionaron acciones que buscaron articular presión judicial, económica y mediática como un modo de desmontar la centralidad de Estados que habían recuperado sus capacidades técnico-políticas, altos niveles de popularidad de algunos dirigentes y distintas políticas en materia de soberanía. En suma: la creación de un inédito andamiaje de cooperación regional basado en una nueva geometría en materia de políticas de integración no neoliberales.
En la VII Cumbre de las Américas de 2015 (Panamá) el escenario regional empezaba a mostrar algunas fisuras que permitían caracterizar la etapa por delante y que ahora se confirma: la presencia de Cuba daba cuenta de una cumbre histórica; mientras Estados Unidos comenzba a considerar a Venezuela como una «amenaza a la seguridad norteamericana».  Esa acusación fue resistida por buena parte de los países allí presentes, aunque dio lugar al inicio de un nuevo ciclo injerencista por parte de la potencia del norte. En ese mismo tono aparecían el conflicto de Argentina con los fondos especulativos y el proceso de impeachment en Brasil. Más allá de los distintos modos en que esos gobiernos concluyeron su mandato, ambos temas fueron determinantes. De igual manera, el asedio sobre Venezuela se profundizó.
Como vemos actualmente, el escenario que se abrió para la región expuso la naturaleza de la disputa: las clases dominantes se mostraron dispuestas a retomar el poder político dando pocas concesiones a los gobiernos progresistas, aun cuando estos pudieran esgrimir voluntad de consensuar agendas más centristas.